La sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre el crucifijo en las aulas
Josep Miró i Ardèvol
Jesucristo en el cine
Alfonso Méndiz

 

 

De la obsesión al ridículo

        Este es un comentario provisional a reserva de conocer el texto de las sentencia. Escribo por tanto, guiado únicamente por las informaciones abundantes surgidas en los medios de comunicación. Una vez más, parece que se produce una confusión deliberada entre el significado religioso y la dimensión cultural de uno de los símbolos por excelencia de nuestra civilización, el crucifico.

        La sentencia considera que el Gobierno italiano, al no retirar lo crucifijos de las escuelas públicas, comete una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones. Este planteamiento, si no incorpora más matizaciones, señala algo trágico: la justicia del Tribunal de Estrasburgo no considera, para nada, la importancia de las fuentes culturales y morales, la de la tradición a la que está adscrita nuestra cultura.

        La cruz llena el espacio público europeo más allá de él, el espacio institucional en toda Europa. Aparece en banderas de los Estados, en monedas, en documentos, sin que ello equivalga a confesionalidad. Los suizos, noruegos, finlandeses, británicos y otros más, que viven, y en algunas ocasiones mueren, al servicio de una bandera cruzada, ¿están sujetos a un Estado que viola los derechos humanos? Es evidente que no. Están sirviendo, viviendo en una tradición concreta, más allá de su significado confesional o religioso.

        Si un musulmán británico adscrito al ejército se negara a luchar por considerar que la bandera lo discriminaba, ¿qué sucedería? ¿Le daría la razón el Tribunal de Estrasburgo y decretaría el cambio de la bandera del Reino Unido? La respuesta es evidente. Y si la cruz puede estar en la bandera, que es el símbolo de todo lo que significa un Estado, una nación, una patria, la tierra de los padres, si puede estar en las monedas, expresión máxima del poder institucional, no se entiende si no es por prejuicio ideológico que no pueda estar en la modesta pared de una escuela.