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La
elección de Dios: Benedicto
XVI y el futuro de la Iglesia
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Cuentos
y leyendas cristianos
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Rossana
Guarnieri
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El
Evangelio en imágenes
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Jean-François
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Dicen
que ha resucitado
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Vittorio
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El
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Dentro
de cinco horas veré a Jesús
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Jacques
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La
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Romano
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El
torrente oculto
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Ronald
A. Knox
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Vencer
el miedo
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Magdi
Allam
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Queridos hermanos
y hermanas:
En
las últimas catequesis sobre san Pablo hablé de su encuentro
con Cristo resucitado, que cambió profundamente su vida, y después
de su relación con los Doce apóstoles llamados por Jesús
particularmente con Santiago, Pedro y Juan y de su relación
con la Iglesia de Jerusalén. Queda ahora la cuestión de
qué sabía san Pablo del Jesús terreno, de su vida,
de sus enseñanzas, de su pasión. Antes de entrar en esta
cuestión puede ser útil tener presente que el mismo san
Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús y, más
en general, dos maneras de conocer a una persona. Escribe en la Segunda
Carta a los Corintios: Así que en adelante, ya no conocemos
a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según
la carne, ya no le conocemos así (5, 16). Conocer según
la carne, de forma carnal, quiere decir conocer sólo exteriormente,
con criterios externos: se puede haber visto a una persona muchas veces,
conocer sus facciones y los diversos detalles de su comportamiento:
cómo habla, cómo se mueve, etc. Y sin embargo, aun conociendo
a alguien de esta forma, no se le conoce realmente, no se conoce el
núcleo de la persona. Solo con el corazón se conoce verdaderamente
a una persona. De hecho los fariseos, los saduceos, conocieron a Jesús
externamente, escucharon su enseñanza, muchos detalles de él,
pero no le conocieron en su verdad. Hay una distinción análoga
en unas palabras de Jesús. Después de la Transfiguración,
él pregunta a los apóstoles: ¿Quién
dice la gente que soy yo? y ¿quién decís
vosotros que soy yo?. La gente le conoce, pero superficialmente;
saben muchas cosas de él, pero no le han conocido realmente.
En cambio los Doce, gracias a la amistad, al menos habían entendido
sustancialmente y empezaban a saber quién era Jesús. También
hoy existe esta forma distinta de conocer: hay personas doctas que conocen
a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no
conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad: el corazón
habla al corazón. Y Pablo quiere decir esencialmente que
conoce a Jesús así, con el corazón, y que conoce
así esencialmente a la persona en su verdad; y después,
en un segundo momento, que conoce los detalles.
Dicho
esto queda aún la cuestión: ¿qué supo san
Pablo sobre la vida concreta, las palabras, la pasión, los milagros
de Jesús? Parece seguro que nunca lo encontró durante
su vida terrena. A través de los Apóstoles y la Iglesia
naciente, conoció seguramente los detalles de la vida terrena
de Jesús. En sus Cartas encontramos tres formas de referencia
al Jesús pre-pascual. En primer lugar, hay referencias explícitas
y directas. Pablo habla de la descendencia davídica de Jesús
(cfr Rm 1,3), conoce la existencia de sus hermanos o consanguíneos
(1 Cor 9,5; Ga 1, 19), conoce el desarrollo de la Última Cena
(cfr 1 Cor 11,23), conoce otras palabras de Jesús, por ejemplo
sobre la indisolubilidad del matrimonio (cfr 1 Cor 7, 10 con Mc 10,
11-12), sobre la necesidad de que quien anuncia el Evangelio sea sostenido
por la comunidad en cuanto que el obrero merece su salario (cfr 1 Cor
9, 14 con Lc 10, 7); Pablo conoce las palabras pronunciadas por Jesús
en la Última Cena (cfr 1 Cor 11, 24-25 co Lc 22, 19-20) y conoce
también la cruz de Jesús. Estas son referencias directas
a palabras y hechos de la vida de Jesús.
En
segundo lugar, podemos entrever en algunas frases de las cartas paulinas
varias alusiones a la tradición confirmada en los Evangelios
Sinópticos. Por ejemplo, las palabras que leemos en la primera
Carta a los Tesalonicenses, según la cual el Día
del Señor vendrá como un ladrón en la noche
(5,2), no se explicarían remitiéndonos a las profecías
veterotestamentarias, porque la comparación con el ladrón
nocturno sólo se encuentra en el Evangelio de Mateo y de Lucas,
por tanto está tomado de la tradición sinóptica.
Así, cuando leemos que Dios ha escogido más bien
lo necio del mundo (1 Cor 1, 27-28) se nota el eco fiel de las
enseñanzas de Jesús sobre los sencillos y los pobres (cfr
Mt 5,3; 11, 25; 19, 30). Están también las palabras pronunciadas
por Jesús en el júbilo mesiánico: Te bendigo
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas
cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños.
Pablo sabe es su experiencia misionera que estas palabras
son ciertas, que precisamente los sencillos tienen el corazón
abierto al conocimiento de Jesús. También la alusión
a la obediencia de Jesús hasta la muerte, que se
lee en Fil 2,8, no puede dejar de señalar a la total disponibilidad
del Jesús terreno a cumplir la voluntad de su Padre (cfr Mc 3,
35; Jn 4, 34). Pablo por tanto conoce la pasión de Jesús,
su cruz, el modo en que vivió los últimos momentos de
su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho
de la cruz está en el centro del kerygma paulino. Otro pilar
de la vida de Jesús conocido por san Pablo era el Discurso de
la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente,
cuando escribe a los Romanos: Amaos unos a otros... Bendecid a
los que os persiguen... vivid en paz con todos... Venced al mal con
el bien... Por tanto en sus cartas hay un reflejo fiel del Discurso
de la Montaña (cfr Mt 5-7).
Finalmente,
es posible hallar un tercer modo de presencia de las palabras de Jessús
en las Cartas de Pablo: es cuando realiza una forma de transposición
de la tradición pre pascual a la situación después
de la Pascua. Un caso típico es el tema del Reino de Dios. Éste
está seguramente en el centro de la predicación del Jesús
histórico (cfr Mt 3,2; Mc 1,15; Lc 4, 43). En Pablo se revela
una transposición de este tema, pues tras la resurrección
es evidente que Jesús en persona, el Resucitado, es el Reino
de Dios. El reino por tanto llega allí a donde llega Jesús.
Y así necesariamente el tema del Reino de Dios, en que se había
anticipado el misterio de Jesús, se transforma en cristología.
Y sin embargo las mismas disposiciones exigidas por Jesús para
entrar en el Reino de Dios valen para Pablo a propósito de la
justificación por la fe: tanto la entrada en el Reino como la
justificación requieren una actitud de gran humildad y disponibilidad,
libre de presunciones, para acoger la gracia de Dios. Por ejemplo, la
parábola del fariseo y del publicano (cfr Lc 18, 9-14) imparte
una enseñanza que se encuentra tal cual en san Pablo, cuando
insiste en que nadie debe gloriarse en presencia de Dios. También
las frases de Jesús sobre los publicanos y las prostitutas, más
dispuestos que los fariseos a acoger el Evangelio (cfr Mt 21,31; Lc
7, 36-50) y sus elecciones de compartir la mesa con ellos (cfr Mt 9,
10-13; Lc 15, 1-2) encuentran pleno seguimiento en la doctrina de Pablo
sobre el amor misericordioso de Dios hacia los pecadores (cfr Rm 5,
8-10); y también Ef 2, 3-5). Así el tema del reino de
Dios se propone de una forma nueva, pero siempre llena de fidelidad
a la tradición del Jesús histórico.
Otro
ejemplo de transformación fiel del núcleo doctrinal de
Jesús se encuentra en los títulos referidos
a él. Antes de Pascua él mismo se califica como Hijo del
hombre; tras la Pascua se hace evidente que el Hijo del hombre es también
el Hijo de Dios. Por tanto, el título preferido por Pablo para
calificar a Jesús es Kyrios, Señor (cfr Fil
2, 9-11) que indica la divinidad de Jesús. El Señor Jesús,
con este título, aparece en la plena luz de la resurrección.
En el Monte de los Olivos, en el momento de la extrema angustia de Jesús
(cfr Mc 14,36), los discípulos antes de dormirse habían
oído cómo hablaba con el Padre y le llamaba Abbà-Padre.
Es una palabra muy familiar equivalente a nuestro papá,
usada solo por los niños en comunión con su padre. Hasta
aquel momento era impensable que un hebreo utilizase una palabra semejante
para dirigirse a Dios; pero Jesús, siendo verdadero hijo, en
esta hora de intimidad habla así y dice Abbà, Padre.
En las Cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas sorprendentemente
esta palabra Abbà, que expresa la exclusividad de
la filiación de Jesús, aparece en la boca de los bautizados
(cfr Rm 8,15; Ga 4,6), porque han recibido el Espíritu
del Hijo y ahora llevan en ellos este Espíritu y pueden
hablar como Jesús y con Jesús como verdaderos hijos a
su Padre, pueden decir Abbà porque se han convertido
en hijos en el Hijo.
Y
finalmente quisiera señalar la dimensión salvífica
de la muerte de Jesús, como la encontramos en el dicho evangélico
según el cual el Hijo del hombre no ha venido para ser
servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos
(Mc 10, 45; Mt 20,28). El reflejo fiel de esta palabra de Jesús
aparece en la doctrina paulina sobre la muerte de Jesús como
rescate (cfr 1 Cor 6,20), como redención (cfr Rm 3,24), como
liberación (cfr Ga 5,1) y como reconciliación (cfr Rm
5,10; 2 Cor 5,18-20). Aquí está el centro de la teología
paulina, que se basa en estas palabras de Jesús.
En
conclusión, san Pablo no pensaba en Jesús como algo histórico,
como una persona del pasado. Conoce ciertamente la gran tradición
sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús,
pero no los trata como algo del pasado; lo propone como realidad del
Jesús vivo. Las palabras y las acciones de Jesús para
Pablo no pertenecen al tiempo histórico, al pasado. Jesús
vive ahora y habla ahora con nosotros y vive para nosotros. Esta es
la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición
sobre él. Debemos también nosotros aprender a conocer
a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado,
sino como nuestro Señor y Hermano, que hoy está con nosotros
y nos muestra cómo vivir y como morir.
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