|
|
|
Obras
Completas
|
|
Santa
Teresa de Jesús
|
|
|
|
Creer
y amar con Benedicto XVI
|
|
José
Luis García labrado
|
|
|
|
Alexia:
alegría y heroísmo en la enfermedad
|
|
Miguel
Angel Monge
|
|
|
|
La
esencia del cristianismo
|
|
Romano
Guardini
|
|
|
|
La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
|
|
Pedro
Beteta
|
|
|
|
Práctica
del amor a Jesucristo
|
|
San
Alfonso María de Ligorio
|
|
|
|
La
escuela del Espiritu Santo
|
|
Jacques
Philippe
|
|
|
|
La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
|
|
|
|
|
|
Después
de esta vida (5ª ed.)
|
|
|
|
|
|
|
|
Queridos hermanos
y hermanas,
uno de los más
grandes maestros de la teología medieval es san Alberto Magno.
El título de grande (magnus), con el que ha pasado
a la historia, indica la vastedad y la profundidad de su doctrina, que
él asoció a la santidad de la vida. Pero ya sus contemporáneos
no dudaban en atribuirle títulos excelentes; un discípulo
suyo, Ulrico de Estrasburgo, lo definió "asombro y milagro
de nuestra época".
Nació en
Alemania a principio del siglo XIII, y aún muy joven se dirigió
a Italia, a Padua, sede de una de las más famosas universidades
de la Edad Media. Se dedicó al estudio de las llamadas artes
liberales: gramática, retórica, dialéctica,
aritmética, geometría, astronomía y música,
es decir, de la cultura general, manifestando ese típico interés
por las ciencias naturales, que se convertiría bien pronto en
el campo predilecto de su especialización. Durante su estancia
en Padua, frecuentó la iglesia de los Dominicos, a los cuales
se unió después con la profesión de los votos religiosos.
Las fuentes hagiográficas dan a entender que Alberto maduró
gradualmente esta decisión. La relación intensa con Dios,
el ejemplo de santidad de los Frailes dominicos, la escucha de los sermones
del beato Jordán de Sajonia, sucesor de santo Domingo en la guía
de la Orden de los Predicadores, fueron los factores decisivos que le
ayudaron a superar toda duda, venciendo también resistencias
familiares. A menudo, en los años de la juventud, Dios nos habla
y nos indica el proyecto de nuestra vida. Como para Alberto, también
para todos nosotros la oración personal nutrida por la Palabra
del Señor, la frecuencia de los sacramentos y la guía
espiritual de hombres iluminados son los medios para descubrir y seguir
la voz de Dios. Recibió el hábito religioso del beato
Jordán de Sajonia.
Tras la ordenación
sacerdotal, los Superiores lo destinaron a la enseñanza en varios
centros d estudios teológicos anexos a los conventos de los Padres
dominicos. Las brillantes cualidades intelectuales le permitieron perfeccionar
el estudio de la teología en la universidad más célebre
de la ´poca, la de París. Desde entonces san Alberto emprendió
esa extraordinaria actividad de escritor, que habría proseguido
durante toda la vida.
Le fueron asignadas
tareas prestigiosas. En 1248 fue encargado de abrir un estudio teológico
en Colonia, una de las capitales más importantes de Alemania,
donde vivió en muchas ocasiones y que se convirtió en
su ciudad de adopción. De París llevó consigo a
Colonia un alumno excepcional, Tomás de Aquino. Bastaría
sólo el mérito de haber sido maestro de santo Tomás,
para nutrir profunda admiración hacia san Alberto. Entre estos
dos teólogos se estableció una relación de estima
y amistad recíproca, actitudes humanas que ayudan mucho al desarrollo
de la ciencia. En 1254 Alberto fue elegido Provincial de la Provincia
Teutoniae teutónica de los Padres dominicos, que
comprendía comunidades difundidas en un vasto territorio del
Centro y del Norte de Europa. Se distinguió por el celo con el
que ejerció este ministerio, visitando las comunidades y recordando
constantemente a los hermanos la fidelidad a las enseñanzas y
al ejemplo de santo Domingo.
Sus dotes no se
le escaparon al papa de aquella época, Alejandro IV, que quiso
a Alberto durante un cierto tiempo junto a sí en Anagni
donde los papas residían con frecuencia en la misma Roma
y en Viterbo, para valerse de sus asesoramiento teológico. El
mismo Sumo Pontífice lo nombró obispo de Ratisbona, una
diócesis grande y famosa que se encontraba, sin embargo, en un
momento difícil. Entre 1260 y 1262 Alberto llevó a cabo
ese ministerio con dedicación incansable, consiguiendo llevar
paz y concordia a la ciudad, reorganizar parroquias y conventos, y dar
un nuevo impulso a las actividades caritativas.
En los años
1263-1264, Alberto predicaba en Alemania y en Bohemia, encargado por
el papa Urbano IV, para volver después a Colonia y retomar su
misión de profesor, de investigador y de escritor. Siendo hombre
de oración, de ciencia y de caridad, gozaba de gran autoridad
en sus intervenciones, en varias circunstancias de la Iglesia y de la
sociedad de la época: fue sobre todo hombre de reconciliación
y de paz en Colonia, donde el arzobispo había entrado en dura
confrontación con las instituciones ciudadanas; se prodigó
durante el desarrollo del Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el
papa Gregorio X para favorecer la unión entre la Iglesia latina
y la griega, tras la separación del gran cisma de Oriente de
1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había
sido objeto de objeciones e incluso de condenas del todo injustificadas.
Murió en
la celda de su convento de la Santa Cruz en Colonia en 1280, y bien
pronto fue venerado por sus hermanos. La Iglesia lo propuso al culto
de los fieles con la beatificación, en 1622, y con la canonización,
en 1931, cuando el papa Pío XI lo proclamó Doctor de la
Iglesia. Se trataba de un reconocimiento sin duda apropiado para este
gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades
de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber; de hecho,
echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas
obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso,
y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no
sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos,
sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la
física a la química, de la astronomía a la mineralogía,
de la botánica a la zoología. Por este motivo el papa
Pío XII lo nombró patrono de quienes cultivan las ciencias
naturales, y se le llama también Doctor universalis, precisamente
por la vastedad de sus intereses y de su saber.
Ciertamente, los
métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no
son los que se afirmarían en los siglos sucesivos. Su método
consistía simplemente en la observación, en la descripción
y en la clasificación de los fenómenos estudiados, pero
así abrió la puerta a trabajos futuros.
Él tiene
mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra
que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios
de incomprensión que se han registrado en la historia. Un hombre
de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar
serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento
del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia,
ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios. La Biblia
nos habla de la creación como del primer lenguaje a través
del cual Dios que es suma inteligencia, que es Logos nos
revela algo de sí mismo. El libro de la Sabiduría, por
ejemplo, afirma que los fenómenos de la naturaleza, dotados de
grandeza y de belleza, son como las obras de un artista, a través
de las cuales, por analogía, podemos conocer al Autor de la creación
(cfr Sb. 13,5). Con una similitud clásica en la Edad Media y
en el Renacimiento se puede comparar el mundo natural a un libro escrito
por Dios, que nosotros leemos en base a las diversas aproximaciones
de las ciencias (cfr Discurso a los participantes en la Plenaria de
la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 2008). ¡Cuántos
científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno,
han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y
la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes,
aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso!
El estudio científico se transforma entonces en un himno de alabanza.
Lo había comprendido bien un gran astrofísico de nuestros
tiempos, del que se ha iniciado la causa de beatificación, Enrico
Medi, el cual escribió: Oh, vosotras, misteriosas galaxias
..., yo os veo, os calculo, os entiendo, os estudio y os descubro, os
penetro y os recojo. De vosotras tomo la luz y hago ciencia de ella,
tomo el movimiento y lo hago sabiduría, tomo las chispas de colores
y las hago poesía; os tomo, estrellas, en mis manos, y temblando
en la unidad de mi ser os elevo sobre vosotras mismas, y en oración
os pongo ante el Creador, a quien sólo por mi medio vosotras
estrellas podéis adorar" (Le opere. Inno alla creazione).
San Alberto Magno
nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de
ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio
de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad.
Su extraordinaria
apertura de mente se revela también en una operación cultural
que él emprendió con éxito, es decir, en la acogida
y en la valoración del pensamiento de Aristóteles. En
los tiempos de san Alberto, de hecho, se estaba difundiendo el conocimiento
de numerosas obras de este gran filósofo griego vivido en el
siglo IV antes de Cristo, sobre todo en el ámbito de la ética
y de la metafísica. Estas demostraban la fuerza de la razón,
explicaban con lucidez y claridad el sentido y la estructura de la realidad,
su inteligibilidad, el valor y el fin de las acciones humanas. San Alberto
Magno abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía
de Aristóteles en la filosofía y teología medieval,
una recepción elaborada después de modo definitivo por
santo Tomás. Esta recepción de una filosofía, digamos,
pagana pre-cristiana fue una auténtica revolución cultural
para aquel tiempo. Y sin embargo, muchos pensadores cristianos temían
a la filosofía de Aristóteles, la filosofía no
cristiana, sobre todo porque ésta, presentada por sus comentaristas
árabes, había sido interpretada de modo que aparecía,
al menos en algunos puntos, como irreconciliable con la fe cristiana.
Se planteaba entonces un dilema: fe y razón, ¿se contradicen
entre ellas o no?
Aquí está
uno de los grandes méritos de san Alberto: con rigor científico
estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo
lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las
Sagradas Escrituras. En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó
así a la formación de una filosofía autónoma,
distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad
de la verdad. Así nació en el siglo XIII una clara distinción
entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando
entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica
vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad: es sobre
todo la teología, definida por san Alberto como ciencia
afectiva, la que indica al hombre su llamada a la alegría
eterna, una alegría que brota de la plena adhesión a la
verdad.
San Alberto Magno
fu capaz de comunicar estos conceptos de modo sencillo y comprensible.
Auténtico hijo de santo Domingo, predicaba de buen grado al pueblo
de Dios, que quedaba prendado de su palabra y del ejemplo de su vida.
Queridos hermanos
y hermanas, oremos al Señor para que no falten nunca en la santa
Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto
Magno y que nos ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula
de la santidad" que él siguió en su vida: Querer
todo lo que yo quiero para gloria de Dios, como Dios quiere para su
gloria todo lo que él quiere, es decir, conformarse siempre
a la voluntad de Dios para querer y hacer sólo y siempre para
su gloria.
|