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Obras
Completas
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Santa
Teresa de Jesús
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Creer
y amar con Benedicto XVI
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José
Luis García labrado
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Alexia:
alegría y heroísmo en la enfermedad
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Miguel
Angel Monge
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
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Pedro
Beteta
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Práctica
del amor a Jesucristo
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San
Alfonso María de Ligorio
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La
escuela del Espiritu Santo
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Jacques
Philippe
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La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
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Después
de esta vida (5ª ed.)
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Queridos hermanos
y hermanas,
la semana pasada
presenté la luminosa figura de Francisco de Asís, hoy
quisiera hablaros de otro santo que, en la misma época, dio una
contribución fundamental a la renovación de la Iglesia
de su tiempo. Se trata de santo Domingo, el fundador de la Orden de
los Predicadores, conocidos también como Frailes Dominicos.
Su sucesor en la
guía de la Orden, el beato Jordán de Sajonia, ofrece un
retrato completo de santo Domingo en el texto de una famosa oración:
Inflamado del celo de Dios y de ardor sobrenatural, por su caridad
sin fin y el fervor del espíritu vehemente te consagraste todo
entero, con el voto de pobreza perpetua, a la observancia apostólica
y a la predicación evangélica". Es precisamente este
rasgo fundamental del testimonio de Domingo que hay que subrayar: hablaba
siempre con Dios y de Dios. En la vida de los santos, el amor por el
Señor y por el prójimo, la búsqueda de la gloria
de Dios y de la salvación de las almas caminan siempre juntas.
Domingo nació
en España, en Caleruega, en torno al 1170. Pertenecía
a una noble familia de la Vieja Castilla y, apoyado por un tío
sacerdote, se formó en una celebre escuela de Palencia. Se distinguió
en seguida por el interés en el estudio de la Sagrada Escritura
y por el amor hacia los pobres, hasta el punto de vender los libros,
que en su tiempo constituían un bien de gran valor, para socorrer,
con lo ganado, a las víctimas de una carestía.
Ordenado sacerdote,
fue elegido canónigo del capítulo de la catedral de su
diócesis de origen, Osma. Aunque este nombramiento podía
representar para él algún motivo de prestigio en la Iglesia
y en la sociedad, él no la interpretó como un privilegio
personal, ni como el principio de una brillante carrera eclesiástica,
sino como un servicio que hacer con dedicación y humildad. ¿No
es quizás una tentación la de la carrera, del poder, una
tentación de la que ni siquiera están inmunes aquellos
que tienen un papel de animación y de gobierno en la Iglesia?
Lo recordaba hace algunos meses, durante la consagración de algunos
obispos: No buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos.
Sabemos cómo las cosas en la sociedad civil, y no pocas veces
en la Iglesia, sufren por el hecho de que muchos de aquellos a los que
se les ha conferido una responsabilidad trabajan para sí mismos
y no para la comunidad" (Homilía. Capilla Papal para la
Ordenación episcopal de cinco Ecc Prelados, 12 de septiembre
de 2009).
El obispo de Osma,
que se llamaba Diego, un pastor celoso y verdadero, notó bien
pronto las cualidades espirituales de Domingo, y quiso valerse de su
colaboración. Juntos se dirigieron al norte de Europa, para realizar
misiones diplomáticas confiadas por el rey de Castilla. Viajando,
Domingo se dio cuenta de dos enormes desafíos para la Iglesia
de su tiempo: la existencia de pueblos aún sin evangelizar, en
los confines septentrionales del continente europeo, y la laceración
religiosa que debilitaba la vida cristiana en el sur de Francia, donde
la acción de algunos grupos herejes creaba desorden y alejamiento
de la verdad de la fe. La acción misionera hacia quien no conoce
la luz del Evangelio, y la obra de reevangelización de las comunidades
cristianas, se convirtieron así en las metas apostólicas
que Domingo se propuso perseguir. Fue el Papa, ante quien el obispo
Diego y Domingo se dirigieron para pedir consejo, quien pidió
a este último que se dedicara a la predicación a los Albigenses,
un grupo hereje que sostenía una concepción dualista de
la realidad, es decir, con dos principios creadores igualmente poderosos,
el Bien y el Mal. Este grupo, en consecuencia, despreciaba la materia
como procedente del principio del mal, rechazando incluso el matrimonio,
hasta negar la encarnación de Cristo, los sacramentos en los
que el Señor nos toca a través de la materia,
y la resurrección de los cuerpos. Los Albigenses estimaban la
vida pobre y austera en este sentido eran incluso ejemplares
y criticaban la riqueza del clero de aquel tiempo. Domingo aceptó
con entusiasmo esta misión, que llevó a cabo precisamente
con el ejemplo de su existencia pobre y austera, con la predicación
del Evangelio y con los debates públicos. A esta misión
de predicar la Buena Noticia dedicó el resto de su vida. Sus
hijos habrían realizado también los demás sueños
de Santo Domingo: la misión ad gentes, es decir, a aquellos que
aún no conocían a Jesús, y la misión a aquellos
que vivían en las ciudades, sobre todo las universitarias, donde
las nuevas tendencias intelectuales eran un desafío para la fe
de los cultos.
Este gran santo
nos recuerda que en el corazón de la Iglesia debe arder siempre
un fuego misionero, que empuja incesantemente a llevar el primer anuncio
del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva evangelización:
¡es Cristo, de hecho, el bien más precioso que los hombres
y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen el derecho de conocer
y amar! Y es consolador ver como también en la Iglesia de hoy
son tantos pastores y fieles laicos, miembros de antiguas órdenes
religiosas y de nuevos movimientos eclesiales que con alegría
gastan su vida por este ideal supremo: anunciar y dar testimonio del
Evangelio.
A Domingo de Guzmán
se asociaron después otros hombres, atraídos por la misma
aspiración. De esta forma, progresivamente, desde la primera
fundación en Tolosa, tuvo su origen la Orden de los Predicadores.
Domingo, de hecho, en plena obediencia a las directivas de los Papas
de su tiempo, Inocencio III y Honorio III, adoptó la antigua
Regla de san Agustín, adaptándola a las exigencias de
la vida apostólica, que le llevaban a él y a sus compañeros
a predicar trasladándose de un lugar a otro, pero volviendo después
a sus propios conventos, lugares de estudio, oración y vida comunitaria.
De modo particular. Domingo quiso dar relevancia a dos valores considerados
indispensables para el éxito de la misión evangelizadora:
la vida comunitaria en la pobreza y el estudio.
Ante todo, Domingo
y los Frailes Predicadores se presentaban como mendicantes, es decir,
sin vastas propiedades de terrenos que administrar. Este elemento les
hacía más disponibles al estudio y a la predicación
itinerante y constituía un testimonio concreto para la gente.
El gobierno interno de los conventos y de las provincias dominicas se
estructuró sobre el sistema de capítulos, que elegían
a sus propios Superiores, confirmados después por los Superiores
mayores; una organización, por tanto, que estimulaba la vida
fraterna y la responsabilidad de todos los miembros de la comunidad,
exigiendo fuertes convicciones personales. La elección de este
sistema nacía precisamente del hecho de que los Dominicos, como
predicadores de la verdad de Dios, debían ser coherentes con
lo que anunciaban. La verdad estudiada y compartida en la caridad con
los hermanos es el fundamento más profundo de la alegría.
El beato Jordán de Sajonia dice de santo Domingo: Acogía
a cada hombre en el gran seno de la caridad, y, como amaba a todos,
todos le amaban. Se había hecho una ley personal de alegrarse
con las personas felices y de llorar con aquellos que lloraban"
(Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum autore IordanoIordano
de Saxonia, ed. H.C. Scheeben, [Monumenta Historica Sancti Patris Nostri
Dominici, Romae, 1935]).
En segundo lugar,
Domingo, con un gesto valiente, quiso que sus seguidores adquiriesen
una sólida formación teológica, y no dudó
en enviarles a las universidades de la época, aunque no pocos
eclesiásticos miraban con desconfianza a estas instituciones
culturales. Las Constituciones de la Orden de los Predicadores dan mucha
importancia al estudio como preparación al apostolado. Domingo
quiso que sus frailes se dedicasen a él sin reserva, con diligencia
y piedad; un estudio fundado en el alma de cada saber teológico,
es decir, en la Sagrada Escritura, y respetuoso con las preguntas planteadas
por la razón. El desarrollo de la cultura impone a aquellos que
realizan el ministerio de la Palabra, a los distintos niveles, de estar
bien preparados. Exhorto por tanto a todos, pastores y laicos, a cultivar
esta "dimensión cultural" de la fe, para que la belleza
de la vida cristiana pueda ser mejor comprendida y la fe pueda ser verdaderamente
nutrida, reforzada y también defendida. En este Año Sacerdotal,
invito a los seminaristas y a los sacerdotes a estimar el valor espiritual
del estudio. La calidad del ministerio sacerdotal depende también
de la generosidad con que se aplica al estudio de las verdades reveladas.
Domingo, que quiso
fundar una Orden religiosa de predicadores-teólogos, nos recuerda
que la teología tiene una dimensión espiritual y pastoral,
que enriquece el alma y la vida. Los sacerdotes, los consagrados y también
todos los fieles pueden encontrar una profunda alegría
interior al contemplar la belleza de la verdad que viene de Dios,
verdad siempre actual y siempre viva. El lema de los Frailes Predicadores
contemplata aliis tradere nos ayuda a descubrir, además,
un anhelo pastoral en el estudio contemplativo de estas verdades, por
la exigencia de comunicar a los demás el fruto de la propia contemplación.
Cuando Domingo
murió en 1221, en Bolonia, la ciudad que lo declaró su
patrón, su obra había tenido ya gran éxito. La
Orden de los Predicadores, con el apoyo de la Santa Sede, se había
difundido en muchos países de Europa en beneficio de la Iglesia
entera. Domingo fue canonizado en 1234, y es él mismo el que,
con su santidad, nos indica dos medios indispensables para que la acción
apostólica sea penetrante. Ante todo, la devoción mariana,
que él cultivó con ternura y que dejó como herencia
preciosa a sus hijos espirituales, los cuales en la historia de la Iglesia
tuvieron el gran mérito de difundir la oración del santo
Rosario, tan querida al pueblo cristiano y tan rica de valores evangélicos,
una verdadera escuela de fe y de piedad. En segundo lugar, Domingo,
que se encargó de algunos monasterios femeninos en Francia y
en Roma, creyó hasta el fondo en el valor de la oración
de intercesión por el éxito del trabajo apostólico.
¡Sólo en el Paraíso comprenderemos cuánto
la oración de las monjas de clausura ha acompañado eficazmente
la acción apostólica! A cada una de ellas dirijo mi pensamiento
agradecido y afectuoso.
Queridos hermanos
y hermanas, que la vida de Domingo de Guzmán nos empuje a todos
a ser fervientes en la oración, valientes en vivir la fe, profundamente
enamorados de Jesucristo. Por su intercesión, pidamos a Dios
que enriquezca siempre a la Iglesia con auténticos predicadores
del Evangelio.
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