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Obras
Completas
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Santa
Teresa de Jesús
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Creer
y amar con Benedicto XVI
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José
Luis García labrado
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Alexia:
alegría y heroísmo en la enfermedad
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Miguel
Angel Monge
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
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Pedro
Beteta
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Práctica
del amor a Jesucristo
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San
Alfonso María de Ligorio
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La
escuela del Espiritu Santo
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Jacques
Philippe
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La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
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Después
de esta vida (5ª ed.)
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Queridos hermanos
y hermanas
Estamos en el centro
de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, una
iniciativa ecuménica, que se ha ido estructurando desde hace
ya más de un siglo, y que atrae cada año la atención
sobre un tema, el de la unidad visible entre los cristianos, que implica
a la conciencia y estimula al compromiso de cuantos creen en Cristo.
Y lo hace ante todo con la invitación a la oración, a
imitación del propio Jesús, que pide al Padre por sus
discípulos: Que sean uno, para que el mundo crea
(Jn 17,21). La llamada perseverante a la oración por la plena
comunión entre los seguidores del Señor manifiesta la
orientación más auténtica y más profunda
de toda la búsqueda ecuménica, porque la unidad, antes
que nada, es don de Dios. De hecho, como afirma el Concilio Vaticano
Segundo: "el santo propósito de reconciliar a todos los
cristianos en la única Iglesia de Cristo, una y única,
supera todas las fuerzas humanas" (Unitatis Redintegratio, 24).
Por tanto, más allá de nuestro esfuerzo de llevar a cabo
relaciones fraternas y de promover el diálogo para aclarar y
resolver las divergencias que separan a las Iglesias y Comunidades eclesiales,
es necesaria la invocación confiada y concorde al Señor.
El tema de este
año está tomado del Evangelio de san Lucas, de las últimas
palabras del Resucitado a sus discípulos: Vosotros sois
testigos de esto (Lc 24,48). La propuesta del tema ha sido pedida
por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos, de acuerdo con la Comisión Fe y Constitución
del Consejo Ecuménico de las Iglesias, a un grupo ecuménico
de Escocia. Hace un siglo, la Conferencia Mundial para la consideración
de los problemas en referencia al mundo no cristiano tuvo lugar precisamente
en Edimburgo, in Escocia, entre el 13 y el 24 de junio de 1910. Entre
los problemas entonces discutidos estuvo el de la dificultad objetiva
de proponer con credibilidad el anuncio evangélico al mundo no
cristiano por parte de cristianos divididos entre sí. Si a un
mundo que no conoce a Cristo o que se ha alejado de Él, o que
se muestra indiferente al Evangelio, los cristianos se presentan desunidos,
al contrario, a menudo contrapuestos, ¿será creíble
el anuncio de Cristo como único Salvador del mundo y nuestra
paz? La relación entre unidad y misión desde aquel momento
ha representado una dimensión esencial de toda la acción
ecuménica y su punto de partida. Y es por esta aportación
específica por lo que esa Conferencia de Edimburgo permanece
como uno de los puntos firmes del ecumenismo moderno. La Iglesia católica,
en el Concilio Vaticano II, retomó y reafirmó con vigor
esta perspectiva, afirmando que la división entre los discípulos
de Jesús no solo contradice abiertamente a la voluntad
de Cristo, sino que es escándalo para el mundo y daña
la santísima causa de la predicación del Evangelio a toda
criatura (Unitatis Redintegratio, 1).
En este contexto
teológico y espiritual se sitúa el tema propuesto en esta
Semana para la meditación y la oración: la exigencia de
un testimonio común de Cristo. El breve texto propuesto como
tema, Vosotros sois testigos de esto, hay que leerlo en
el contexto de todo el capítulo 24 del Evangelio según
Lucas. Recordemos brevemente el contenido de este capítulo. Primero
las mujeres se acercan al sepulcro, ven los signos de la Resurrección
de Jesús y anuncian cuanto han visto a los Apóstoles y
a los otros discípulos (v. 8); después el mismo Resucitado
aparece a los discípulos de Emaús a lo largo del camino,
se aparece a Simón Pedro y, sucesivamente, a los Once y a los
demás que estaban con ellos" (v. 33). Él abre la
mente a la comprensión de las Escrituras sobre su Muerte redentora
y su Resurrección, afirmando que en su nombre se predicará
a todas las gentes la conversión y el perdón de los pecados"
(v. 47). A los discípulos que se encuentran reunidos
juntos y que han sido testigos de su misión, el Señor
Resucitado les promete el don del Espíritu Santo (cfr v. 49),
para que juntos den testimonio de él a todos los pueblos. De
este imperativo - De todo esto, de esto vosotros sois testigos
(cfr Lc 24,48) , que es el tema de esta Semana por la unidad de
los cristianos, nacen para nosotros dos preguntas. La primera: ¿qué
es todo esto? La segunda: ¿cómo podemos nosotros
ser testigos de todo esto?
Si vemos el contexto
del capítulo, "todos esto" quiere decir ante todo la
Cruz y la Resurrección: los discípulos han visto la crucifixión
del Señor, ven al Resucitado y así empiezan a entender
todas las Escrituras que hablan del misterio de la Pasión y del
don de la Resurrección. Todo esto por tanto es el
misterio de Cristo, del Hijo de Dios hecho hombre, muerto por nosotros
y resucitado, vivo para siempre y así garantía de nuestra
vida eterna.
Pero conociendo
a Cristo este es el punto esencial conocemos el rostro
de Dios. Cristo es sobre todo la revelación de Dios. En todos
los tiempos, los hombres perciben la existencia de Dios, un Dios único,
pero que está lejos y no se muestra. En Cristo este Dios se muestra,
el Dios lejano se convierte en cercano. Todo esto es por
tanto, sobre todo con el misterio de Cristo, que Dios se ha hecho cercano
a nosotros. Esto implica otra dimensión: Cristo nunca está
solo; Él vino en medio de nosotros, murió solo, pero resucitó
para atraer a todos hacia sí. Cristo, como dice la Escritura,
se crea un cuerpo, reúne a toda la humanidad en su realidad de
la vida inmortal. Y así, en Cristo que reúne a la humanidad,
conocemos el futuro de la humanidad: la vida eterna. Todo esto, por
tanto, es muy sencillo, en última instancia: conocemos a Dios
conociendo a Cristo, su cuerpo, el misterio de la Iglesia y la promesa
de la vida eterna.
Venimos ahora a
la segunda pregunta: ¿Cómo podemos nosotros ser testigos
de todo esto? Podemos ser testigos sólo conociendo
a Cristo y, conociendo a Cristo, también conociendo a Dios. Pero
conocer a Cristo implica ciertamente una dimensión intelectual
aprender lo que conocemos de Cristo pero es siempre mucho
más que un proceso intelectual: es un proceso existencial, es
un proceso de la apertura de mi yo, de mi transformación por
la presencia y por la fuerza de Cristo, y así es también
un proceso de apertura a todos los demás, que deben ser cuerpo
de Cristo. De esta forma, es evidente que conocer a Cristo, como proceso
intelectual y sobre todo existencial, es un proceso que nos hace testigos.
En otras palabras, podemos ser testigos sólo si a Cristo lo conocemos
de primera mano, y no sólo a través de otros, desde nuestra
propia vida, de nuestro encuentro personal con Cristo. Encontrándole
realmente en nuestra vida de fe, nos convertimos en testigos y podemos
contribuir a la novedad del mundo, a la vida eterna. El Catecismo de
la Iglesia católica nos da una indicación también
para el contenido de este todo esto. La Iglesia ha reunido
y resumido lo esencial de cuanto el Señor nos ha dad en la Revelación,
en el "Símbolo llamado niceno-costantinopolitano, el cual
trae su gran autoridad del hecho de ser fruto de los dos primeros Concilios
Ecuménicos (325 e 381)" (CCC, n. 195). El Catecismo precisa
que este Símbolo "es aún hoy común a todas
las grandes Iglesias de Oriente y de Occidente (Ibid.). En este
Símbolo por tanto se encuentran las verdades de la fe que los
cristianos pueden profesar y testimoniar juntos, para que el mundo crea,
manifestando, con el deseo y el compromiso por superar las divergencias
existentes, la voluntad de caminar hacia la comunión plena, la
unidad del Cuerpo de Cristo.
La celebración
de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos lleva
a considerar otros aspectos importantes para el ecumenismo. Ante todo,
el gran progreso realizado en las relaciones entre Iglesias y Comunidades
Eclesiales tras la Conferencia de Edimburgo de hace un siglo. El movimiento
ecuménico moderno se ha desarrollado de forma tan significativa
que se ha convertido, en el último siglo, en un elemento importante
en la vida de la Iglesia, recordando el problema de la unidad entre
todos los cristianos y sosteniendo también el crecimiento de
la comunión entre ellos. Éste no sólo favorece
las relaciones fraternas entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales
en respuesta al mandamiento del amor, sino que estimula también
la investigación teológica. Además, implica a la
vida concreta de las Iglesias y de las Comunidades eclesiales con temáticas
que tocan la pastoral y la vida sacramental, como por ejemplo el mutuo
reconocimiento del Bautismo, las cuestiones relativas a los matrimonios
mixtos, los casos parciales de comunicatio in sacris en situaciones
particulares bien definidas. En el surco de este espíritu ecuménico,
los contactos han ido ensanchándose también a movimientos
pentecostales, evangélicos y carismáticos, para un mayor
conocimiento recíproco, aunque no falten problemas graves en
este sector.
La Iglesia católica,
desde el Concilio Vaticano II en adelante, ha entrado en relaciones
fraternas con todas las Iglesias de Oriente y las Comunidades eclesiales
de Occidente, organizando, en particular, con la mayor parte de ellas,
diálogos teológicos bilaterales, que han llevado a encontrar
convergencias o incluso consenso en diversos puntos, profundizando así
los vínculos de comunión. En el año apenas transcurrido,
los diálogos han registrado pasos positivos. Con las Iglesias
ortodoxas la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo
Teológico ha comenzado, en la XI Sesión plenaria celebrada
en Paphos (Chipre) en octubre de 2009, el estudio de un tema crucial
en el diálogo entre católicos y ortodoxos: El papel del
obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio,
es decir, en el tiempo en el que los cristianos de Oriente y Occidente
vivían en la comunión plena. Este estudio se extenderá
a continuación al segundo milenio. Ya he pedido muchas veces
la oración de los católicos por este diálogo delicado
y esencial para todo el movimiento ecuménico. También
con las Antiguas Iglesias ortodoxas de Oriente (copta, etíope,
siria, armenia) la análoga Comisión Mixta se reunió
del 26 al 20 de enero del año pasado. Estas importantes iniciativas
atestiguan que existe actualmente un diálogo profundo y rico
de esperanzas con todas las Iglesias de Oriente no en plena comunión
con Roma, en su propria especificidad.
Durante el año
pasado, con las Comunidades eclesiales de Occidente se han examinado
los resultados alcanzados en los diversos diálogos en estos cuarenta
años, deteniéndose, el particular, en los mantenidos con
la Comunión Anglicana, con la Federación Luterana Mundial,
con la Alianza Reformada Mundial y con el Consejo Mundial Metodista.
Al respecto, el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad
de los Cristianos realizó un estudio para evidenciar los puntos
de convergencia a los que se ha llegado en los relativos diálogos
bilaterales, y señalar, al mismo tiempo, los problemas abiertos
sobre los que habrá que iniciar una nueva fase de confrontación.
Entre los recientes
acontecimientos, quisiera mencionar la conmemoración del décimo
aniversario de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la
justificación, celebrado por católicos y luteranos juntos
el 31 de octubre de 2009, para estimular la prosecución del diálogo,
como también la visita a Roma del arzobispo de Canterbury, el
doctor Rowan Williams, el cual ha mantenido también coloquios
sobre la particular situación en que se encuentra la Comunión
Anglicana. El compromiso común de continuar las relaciones y
el diálogo son un signo positivo, que manifiesta cuán
intenso es el deseo de unidad, a pesar de todos los problemas que se
oponen. Así vemos que hay una dimensión de nuestra responsabilidad
en hacer todo lo posible para llegar realmente a la unidad, pero que
hay otra dimensión, la de la acción divina, porque solo
Dios puede dar unidad a la Iglesia. Una unidad autohecha
sería humana, pero nosotros deseamos la Iglesia de Dios, hecha
por Dios, el cual cuando quiera y cuando nosotros estemos preparados,
creará la unidad. Debemos tener presente también los progresos
reales que se han alcanzado en la colaboración y en la fraternidad
en todos estos años, en estos últimos cincuenta años.
Al mismo tiempo, debemos saber que el trabajo ecuménico no es
un proceso lineal. De hecho, problemas viejos, nacidos en el contexto
de otra época, pierden su peso, mientras que en el contexto actual
nacen problemas nuevos y nuevas dificultades. Por tanto, debemos estar
siempre disponibles para un proceso de purificación, en el cual
el Señor nos haga capaces de estar unidos.
Queridos hermanos
y hermanas, por la compleja realidad ecuménica, por la promoción
del diálogo, como también para que los cristianos de nuestro
tiempo puedan dar un nuevo testimonio común de fidelidad a Cristo
ante este nuestro mundo, pido la oración de todos. Que el Señor
escuche la invocación nuestra y de todos los cristianos, que
en esta semana se eleva a Él con particular intensidad.
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