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Creer
y amar con Benedicto XVI
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José
Luis García labrado
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Alexia:
alegría y heroísmo en la enfermedad
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Miguel
Angel Monge
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
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Pedro
Beteta
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Práctica
del amor a Jesucristo
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San
Alfonso María de Ligorio
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La
escuela del Espiritu Santo
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Jacques
Philippe
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La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
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Después
de esta vida (5ª ed.)
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Queridos hermanos y hermanas
hoy conoceremos
a otro monje benedictino del siglo doce. Su nombre es Ruperto de Deutz,
una ciudad cercana a Colonia, sede de un famoso monasterio. Ruperto
mismo habla de su propia vida en una de sus obras más importantes,
titulada La gloria y el honor del Hijo del hombre, que es un comentario
parcial al Evangelio de Mateo. Aún niño, fue acogido como
oblato en el monasterio benedictino de San Lorenzo en Lieja,
según la costumbre de la época de confiar a uno de los
hijos a la educación de los monjes, pretendiendo hacer un don
a Dios. Ruperto amó siempre la vida monástica. Aprendió
bien pronto la lengua latina para estudiar la Biblia y para gozar de
las celebraciones litúrgicas. Se distinguió por su integrísima
rectitud moral y por el fuerte apego a la Sede de san Pedro.
Su tiempo estuvo
marcado por los enfrentamientos entre el Papado y el Imperio, a causa
de la llamada lucha de las investiduras, con la que
como he señalado en otras catequesis el Papado quería
impedir que el nombramiento de los obispos y el ejercicio de su jurisdicción
dependieran de las autoridades civiles, que estaban guiadas ante todo
por motivaciones políticas y económicas, y no ciertamente
pastorales. El obispo de Lieja, Otberto, se resistía a las directrices
del Papa, y mandó al exilio a Berengario, abad del monasterio
de San Lorenzo, precisamente por su fidelidad al Pontífice. En
este monasterio vivía Ruperto, que no dudó en seguir a
su abad al exilio, y sólo cuando el obispo Otberto volvió
a entrar en comunión con el Papa volvió a Lieja y aceptó
convertirse en sacerdote. Hasta aquel momento, de hecho, había
evitado recibir la ordenación de un obispo en disensión
con el Papa. Ruperto nos enseña que cuando surgen controversias
en la Iglesia, la referencia al ministerio petrino garantiza la fidelidad
a la sana doctrina y da serenidad y libertad interior. Tras la disputa
con Otberto, tuvo que abandonar su monasterio dos veces más.
En 1116 los adversarios querían incluso procesarle. Aunque absuelto
de toda acusación, Ruperto prefirió dirigirse por un tiempo
a Siegburg, pero dado que las polémicas no habían cesado
cuando volvió al monasterio de Lieja, decidió establecerse
definitivamente en Alemania. Nombrado abad de Deutz en 1120, permaneció
allí hasta 1129, año de su muerte. Se alejó de
allí sólo para una peregrinación a Roma, en 1124.
Escritor fecundo,
Ruperto ha dejado numerosísimas obras, aún hoy de gran
interés, también porque participó en varias importantes
discusiones teológicas de su tiempo. Por ejemplo, intervino con
determinación en la controversia eucarística, que en 1077
había llevado a la condena de Berengario de Tours. Este había
dado una interpretación reduccionista de la presencia de Cristo
en el Sacramento de la Eucaristía, definiendola como sólo
simbólica. En el lenguaje de la Iglesia no había entrado
aún el término transustanciación, pero
Ruperto, utilizando a veces expresiones audaces, se hizo decidido defensor
del realismo eucarístico y, sobre todo en una obra titulada De
divinis officiis (Los oficios divinos), afirmó con decisión
la continuidad entre el Cuerpo del Verbo encarnado de Cristo y el presente
en las Especies eucarísticas del pan y del vino. Queridos hermanos
y hermanas, me parece que en este punto debemos también pensar
en nuestro tiempo; también hoy existe el peligro de redimensionar
el realismo eucarístico, es decir, de considerar la Eucaristía
casi como solo un rito de comunión, de socialización,
olvidando muy fácilmente que en la Eucaristía está
presente realmente Cristo resucitado - con su cuerpo resucitado
que se pone en nuestras manos para hacernos salir de nosotros mismos,
incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos así a la vida nueva.
¡Ese gran misterio de que el Señor esta presente en toda
su realidad en las especies eucarísticas es un misterio que hay
que adorar y amar siempre de nuevo! Quisiera citar aquí las palabras
del Catecismo de la Iglesia Católica que traerán en sí
el fruto de la meditación de la fe y de la reflexión teológica
de dos mil años: Jesucristo está presente en la
Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente
de hecho de modo cierto, real, sustancial: con su Cuerpo y su Sangre,
con su Alma y su Divinidad. En ella está por tanto presente de
forma sacramental, es decir, bajo las Especies eucarísticas del
pan y del vino. Cristo todo entero: Dios y hombre (CCC, 1374).
También Ruperto contribuyó, con sus reflexiones, a esta
precisa formulación.
Otra controversia,
en la que el abad de Deutz se vio envuelto, tiene que ver con el tema
de la conciliación de la bondad y la omnipotencia de Dios con
la existencia del mal. Si Dios es omnipotente y bueno, ¿cómo
se explica la realidad del mal? Ruperto reaccionó contra la postura
asumida por los maestros de la escuela teológica de Laon, que
con una serie de razonamientos filosóficos distinguían
en la voluntad de Dios el aprobar y el permitir,
concluyendo que Dios permite el mal sin aprobarlo y, por tanto, sin
quererlo. Ruperto, en cambio, renuncia al uso de la filosofía,
que considera inadecuada frente a un problema tan grande, y permanece
sencillamente fiel a la narración bíblica. Parte de la
bondad de Dios, de la verdad de que Dios es sumamente bueno y no puede
sino querer el bien. Así identifica el origen del mal en el mismo
hombre y en el uso equivocado de la libertad humana. Cuando Ruperto
afronta este argumento, escribe páginas llenas de inspiración
religiosa para alabar la misericordia infinita del Padre, la paciencia
y la benevolencia de Dios hacia el hombre pecador.
Como otros teólogos
del Medioevo, también Ruperto se preguntaba: ¿por qué
el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, se hizo hombre? Algunos, muchos,
respondían explicando la encarnación del Verbo con la
urgencia de reparar el pecado del hombre. Ruperto, en cambio, con una
visión cristocéntrica de la historia de la salvación,
ensancha la perspectiva, y en una obra suya titulada La glorificación
de la Trinidad sostiene la postura de que la Encarnación, acontecimiento
central de toda la historia, había sido prevista desde la eternidad,
aún independientemente del pecado del hombre, para que toda la
creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única
familia reunida en torno a Cristo, el Hijo de Dios. Él ve entonces
en la mujer encinta del Apocalipsis toda la historia de la humanidad,
que está orientada a Cristo, así como la concepción
está orientada al parto, una perspectiva que ha sido desarrollada
por otros pensadores y valorada también por la teología
contemporánea, la cual afirma que toda la historia del hombre
y de la humanidad es concepción orientada al parto de Cristo.
Cristo está siempre en el centro de las explicaciones exegéticas
proporcionadas por Ruperto en sus comentarios a los Libros de la Biblia,
a los que se dedicó con gran diligencia y pasión. Encuentra
así una unidad admirable en todos los acontecimientos de la historia
de la salvación, desde la creación hasta la consumación
final de los tiempos: Toda la Escritura, afirma, es
un solo libro, que tiende al mismo fin [el Verbo divino]; que viene
de un solo Dios y que ha sido escrito por un solo Espíritu
(De glorificatione Trinitatis et processione Sancti Spiritus I,V, PL
169, 18).
En la interpretación
de la Biblia, Ruperto no se limita a repetir la enseñanza de
los Padres, sino que muestra su originalidad. Él, por ejemplo,
es el primer escritor que ha identificado a la esposa del Cantar de
los Cantares con María santísima. Así su comentario
a este libro de la Escritura se revela como una especie de summa mariológica,
en la que se presentan los privilegios y las excelentes virtudes de
María. En uno de los pasajes más inspirados de su comentario
escribe Ruperto: "Oh predilectísima entre las predilectas,
Virgen de las vírgenes, ¿qué alaba en ti tu Hijo
predilecto, que exalta el entero coro de los ángeles? Se alaban
la sencillez, la pureza, la inocencia, la doctrina, el pudor, la humildad,
la integridad de la mente y de la carne, es decir, la virginidad incorrupta"
(In Canticum Canticorum 4,1-6, CCL 26, pp. 69-70). La interpretación
mariana del Cantar de Ruperto es un feliz ejemplo de la sintonía
entre liturgia y teología. De hecho, varios pasajes de este Libro
bíblico eran ya usados en las celebraciones litúrgicas
de las fiestas marianas.
Ruperto, además,
procura insertar su doctrina mariológica en la eclesiológica.
En otras palabras, él ve en María santísima la
parte más santa de la Iglesia entera. De ahí que mi venerado
predecesor, el papa Pablo VI, en el discurso de clausura de la tercera
sesión del Concilio Vaticano II, proclamando solemnemente a María
Madre de la Iglesia, citó precisamente una proposición
tomada de las obras de Ruperto, que define a María como portio
maxima, portio optima la parte más excelsa, la parte mejor
de la Iglesia (cfr In Apocalypsem 1.7, PL 169,1043).
Queridos amigos,
de estas rápidas pinceladas nos damos cuenta de que Ruperto fue
un teólogo fervoroso, dotado de gran profundidad. Como todos
los representantes de la teología monástica, supo conjugar
el estudio racional de los misterios de la fe con la oración
y con la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento
de Dios. Él mismo habla alguna vez de sus experiencias místicas,
como cuando confía la inefable alegría de haber percibido
la presencia del Señor: En ese breve momento afirma
experimenté qué verdadero es eso que él
mismo dice: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón
(De gloria et honore Filii hominis. Super Matthaeum 12, PL 168, 1601).
También nosotros podemos, cada uno de su propia forma, encontrar
al Señor Jesús, que incesantemente acompaña nuestro
camino, se hace presente en el pan eucarístico y en su Palabra
para nuestra salvación.
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