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Obras
Completas
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Santa
Teresa de Jesús
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
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Pedro
Beteta
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Práctica
del amor a Jesucristo
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San
Alfonso María de Ligorio
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La
escuela del Espiritu Santo
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Jacques
Philippe
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La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
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Después
de esta vida (5ª ed.)
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Queridos hermanos
y hermanas,
En las catequesis
de las semanas pasadas presenté algunos aspectos de la teología
medieval. Pero la fe cristiana, profundamente enraizada en los hombres
y en las mujeres de aquellos siglos, no dio solo origen a obras maestras
de la literatura teológica, del pensamiento y de la fe. Inspiró
también una de las creaciones artísticas más elevadas
de la civilización universal: las catedrales, verdadera gloria
de la Edad Media cristiana. De hecho, durante casi tres siglos, a partir
del siglo XI, se asistió en Europa a un fervor artístico
extraordinario. Un antiguo cronista describe así el entusiasmo
y la laboriosidad de aquel tiempo: Sucedió que todo el
mundo, pero especialmente en Italia y en la Galias, se comenzó
a reconstruir las iglesias, si bien muchas, al estar aún en buenas
condiciones, no tuvieron necesidad de esta restauración. Era
como una competición entre un pueblo y otro; se hubiese creído
que el mundo, sacudiéndose de encima los viejos trapos, quisiera
revestirse por todas partes de la vestidura blanca de nuevas iglesias.
En suma, casi todas las iglesias catedrales, un gran número de
iglesias monásticas, e incluso capillas de pueblo, fueron entonces
restauradas por los fieles (Rodolfo el Glabro, Historiarum 3,4).
Varios factores
contribuyeron a este renacimiento de la arquitectura religiosa. Ante
todo, condiciones históricas más favorables, como una
mayor seguridad política, acompañada por un constante
aumento de la población y por el progresivo desarrollo de las
ciudades, de los intercambios y de la riqueza. Además, los arquitectos
encontraban soluciones técnicas cada vez más elaboradas
para aumentar la dimensión de los edificios, asegurando al mismo
tiempo su firmeza y la majestuosidad. Con todo fue principalmente gracias
al ardor y al celo espiritual del monaquismo en plena expansión
que se levantaron iglesias abaciales, donde la liturgia pudiera ser
celebrada con dignidad y solemnidad, y los fieles pudiesen permanecer
en oración, atraídos por la veneración de las reliquias
de los santos, meta de incesantes peregrinaciones. Nacieron así
las iglesias y las catedrales románicas, caracterizadas por su
desarrollo longitudinal, a lo largo, de las naves para acoger a numerosos
fieles; iglesias muy sólidas, con muros espesos, bóvedas
de piedra y líneas sencillas y esenciales. Una novedad la representa
la introducción de esculturas. Siendo las iglesias románicas
el lugar de la oración monástica y del culto de los fieles,
los escultores, más que preocuparse por la perfección
técnica, cuidaron sobre todo la finalidad educativa. Era necesario
suscitar en las almas impresiones fuertes, sentimientos que pudiesen
incitar a huir del vicio, del mal, y practicar la virtud, el bien, el
tema recurrente era la representación de Cristo como juez universal,
rodeado de los personajes del Apocalipsis. Son en general las portadas
románicas las que ofrecen esta representación, para subrayar
que Cristo es la Puerta que conduce al Cielo. Los fieles, atravesando
el umbral del edificio sagrado, entran en un tiempo y en un espacio
diferentes de los de la vida ordinaria. Más allá del portal
de la iglesia, los creyentes en Cristo, soberano, justo y misericordioso,
en la intención de los artistas, podían gustar un anticipo
de la felicidad eterna en la celebración de la liturgia y en
los actos de piedad llevados a cabo dentro del edificio sacro.
En los siglos XII
y XIII, a partir del norte de Francia, se difundió otro tipo
de arquitectura en la construcción de los edificios sagrados,
la gótica, con dos características nuevas respecto al
románico, y son el impulso vertical y la luminosidad. Las catedrales
góticas mostraban una síntesis de fe y de arte armoniosamente
expresada a través del lenguaje universal y fascinante de la
belleza, que aún hoy suscita estupor. Gracias a la introducción
de las bóvedas ojivales, que se apoyaban sobre robustos pilares,
fue posible subir notablemente su altura. El impulso hacia lo alto quería
invitar a la oración y era él mismo una oración.
La catedral gótica quería traducir así, en sus
líneas arquitectónicas, el anhelo de las almas hacia Dios.
Además, con las nuevas soluciones técnicas adoptadas,
los muros perimetrales podían ser calados y embellecidos por
vidrieras policromadas. En otras palabras, las ventanas se convertían
así en grandes figuras luminosas. Muy adaptadas para instruir
al pueblo en la fe. En ellas escena a escena se narraban
la vida de un santo, una parábola u otros acontecimientos bíblicos.
De las vidrieras pintadas se derramaba una cascada de luz sobre los
fieles para narrarles la historia de la salvación e implicarles
en esta historia.
Otro mérito
de las catedrales góticas lo constituye el hecho de que en su
construcción y decoración, de modo diferente pero coordinado,
participaba toda la comunidad cristiana y civil; participaban los humildes
y los poderosos, los analfabetos y los doctos, porque en esta casa común
todos los creyentes eran instruidos en la fe. La escultura gótica
hizo de las catedrales una Biblia de piedra, representando
los episodios del Evangelio e ilustrando los contenidos del Año
Litúrgico, desde la Natividad hasta la Glorificación del
Señor. En aquellos siglos, además, se difundía
cada vez más la percepción de la humanidad del Señor,
y los sufrimientos de su Pasión eran representados de forma realista:
el Cristo sufriente (Christus patiens) se convirtió en una imagen
amada por todos, y capaz de inspirar piedad y arrepentimiento por los
pecados. No faltaban los personajes del Antiguo Testamento, cuya historia
se convirtió en familiar a los fieles de tal modo que frecuentaban
las catedrales como parte de la única, común historia
de la salvación. Con sus rostros llenos de belleza, de dulzura,
de inteligencia, la escultura gótica del siglo XIII revela una
piedad feliz y serena, que se complace en emanar una devoción
sentida y filial hacia la Madre de Dios, vista a veces como una joven
mujer, sonriente y maternal, y principalmente representada como la soberana
del cielo y de la tierra, potente y misericordiosa. Los fieles que llenaban
las catedrales góticas querían encontrar en ellas también
expresiones artísticas que recordaran a los santos, modelos de
vida cristiana e intercesores ante Dios. Y no faltaban las manifestaciones
laicas de la existencia; de ahí que aparecieran,
aquí y allí, representaciones del trabajo en los campos,
de las ciencias y de las artes. Todo estaba orientado y ofrecido a Dios
en el lugar donde se celebraba la liturgia. Podemos comprender mejor
el sentido que se atribuía a una catedral gótica, considerando
el texto de la inscripción escrita sobre la puerta principal
de Saint-Denis, en París: "Transeúnte, que quieres
alabar la belleza de estas puertas, no te dejes deslumbrar ni por el
oro ni por la magnificencia, sino por el trabajo fatigoso. Aquí
brilla una obra famosa, pero quiera el cielo que esta obra famosa que
brilla haga resplandecer los espíritus, para que con las verdades
luminosas se encaminen hacia la luz verdadera, donde Cristo es la verdadera
puerta".
Queridos hermanos
y hermanas, quiero ahora subrayar dos elementos del arte románico
y gótico útiles también para nosotros. El primero:
las obras de arte nacidas en Europa en los siglos pasados son incomprensibles
si no se tiene en cuenta el alma religiosa que los ha inspirado. Un
artista, que ha dado siempre testimonio del encuentro entre estética
y fe, Marc Chagall, escribió que los pintores durante siglos
han teñido su pincel en ese alfabeto coloreado que era la Biblia".
Cuando la fe, de modo particular celebrada en la liturgia, se encuentra
con el arte, se crea una sintonía profunda, porque ambas pueden
y quieren hablar de Dios, haciendo visible lo Invisible. Quisiera compartir
esto en el encuentro con los artistas del 21 de noviembre, renovándoles
esa propuesta de amistad entre la espiritualidad cristiana y el arte,
augurada por mis venerados predecesores, en particular por los Siervos
de Dios Pablo VI y Juan Pablo II. El segundo elemento: la fuerzas del
estilo románico y el esplendor de las catedrales góticas
nos recuerdan que la via pulchritudinis, la vía de la belleza,
es un recorrido privilegiado y fascinante para acercarse al Misterio
de Dios. ¿Qué es la belleza, que escritores, poetas, músicos,
artistas contemplan y traducen en su lenguaje, si no el reflejo del
esplendor del Verbo eterno hecho carne? Afirma san Agustín: "Interroga
a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga
a la belleza del aire amplio y difuso. Interroga a la belleza del cielo,
interroga al orden de las estrellas, interroga al sol, que con su esplendor
aclara el día; interroga a la luna, que con su claridad modera
las tinieblas de la noche. Interroga a las fieras que se mueven en el
agua, que caminan sobre la tierra, que vuelan en el aire: almas que
se esconden, cuerpos que se muestran; visible que se deja guiar, invisible
que guía. ¡Interrógales! Todos te responderán:
¡Míranos: somos bellos! Su belleza les da a li fa conocer.
Esta belleza mudable ¿quién la ha creado, sino la Belleza
Inmutable?" (Sermo CCXLI, 2: PL 38, 1134).
Queridos hermanos
y hermanas, que el Señor nos ayude a redescubrir el camino de
la belleza como uno de los caminos, quizás el más atrayente
y fascinante, para llegar a encontrar y amar a Dios.
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