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Obras
Completas
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Santa
Teresa de Jesús
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Creer
y amar con Benedicto XVI
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José
Luis García labrado
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Alexia:
alegría y heroísmo en la enfermedad
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Miguel
Angel Monge
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
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Pedro
Beteta
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Práctica
del amor a Jesucristo
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San
Alfonso María de Ligorio
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La
escuela del Espiritu Santo
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Jacques
Philippe
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La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
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Después
de esta vida (5ª ed.)
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Queridos hermanos
y hermanas:
La
Iglesia vive en las personas, y quien quiere conocer a la Iglesia, comprender
su misterio, debe considerar a las personas que han vivido y viven su
mensaje, su misterio. Por ello hablo desde hace tanto tiempo, en las
catequesis del miércoles, de personas de las que podemos aprender
qué es la Iglesia. Hemos comenzado con los Apóstoles y
los Padres de la Iglesia, y hemos llegado poco a poco hasta el siglo
VIII, el periodo de Carlomagno. Hoy quisiera hablar de Ambrosio Auperto,
un autor más bien desconocido: sus obras de hecho se habían
atribuido en gran parte a otros personajes más conocidos, desde
san Ambrosio de Milán a san Ildefonso, sin hablar de aquellas
que los monjes de Montecassino han considerado deber reivindicar a la
pluma de un abad suyo del mismo nombre, que vivió casi un siglo
más tarde. Prescindiendo de alguna breve nota autobiográfica
inserta en su gran comentario del Apocalipsis, tenemos pocas noticias
ciertas sobre su vida. La atenta lectura de las obras de las que poco
a poco la crítica ha ido reconociendo su paternidad permite sin
embargo descubrir en su enseñanza un tesoro teológico
y espiritual precioso también para nuestros tiempos.
Nacido en Provenza
de una familia distinguida, Ambrosio Auperto -según su tardío
biógrafo Juan- fue a la corte del rey franco Pipino el Breve
donde, además del cargo de oficial, desarrolló de alguna
forma también el de preceptor del futuro emperador Carlomagno.
Probablemente en el séquito del Papa Esteban II, que en el 753-54
había acudido a la corte franca, Auperto llegó a Italia
y pudo visitar la famosa abadía benedictina de san Vicente, en
las fuentes del Volturno, en el ducado de Benevento. Fundada a principios
de aquel siglo por los tres frailes beneventinos Paldo, Tato y Taso,
la abadía era conocida como oasis de cultura clásica y
cristiana. Poco después de su visita, Ambrosio Auperto decidió
abrazar la vida religiosa y entró en aquel monasterio, donde
pudo formarse de modo adecuado, sobre todo en el campo de la teología
y la espiritualidad, según la tradición de los Padres.
Hacia el año 761 fue ordenado sacerdote y el 4 de octubre del
777 fue elegido abad con el apoyo de los monjes francos, mientras que
le eran contrarios los longobardos, favorables al longobardo Poton.
La tensión de trasfondo nacionalista no se calmó en los
meses sucesivos, con la consecuencia de que Auperto el año después,
en el 778, pensó en dimitir y marcharse con algunos monjes francos
a Spoleto, donde podía contar con la protección de Carlomagno.
Con ello, con todo, las disensiones en el monasterio de san Vicente
no cesaron, y algún año después, cuando a la muerte
del abad que sucedió a Auperto fue elegido precisamente Poton
(hacia el 782), el conflicto volvió a encenderse y se llegó
a la denuncia del nuevo abad ante Carlomagno. Éste envió
a los contendientes al tribunal del Pont´fiice, el cual los convocó
en Roma. Llamó también como testigo a Auperto, que sin
embargo durante el viaje murió repentinamente, quizás
asesinado, el 30 de enero del 784.
Ambrosio Auperto
fue monje y abad en una época marcada por fuertes tensiones políticas,
que repercutían también en la vida interna de los monasterios.
De ello tenemos frecuentes y preocupados ecos en sus escritos. Él
denuncia, por ejemplo, la contradicción entre la apariencia espléndida
de los monasterios y la tibieza de los monjes: seguramente con esta
crítica tenía en mente su propia abadía. Para ella
escribió la Vida de los tres fundadores, con la clara intención
de ofrecer a la nueva generación de monjes un término
de referencia con el que confrontarse. Un objetivo similar perseguía
también el pequeño tratado ascético Conflictus
vitiorum et virtutum ("Conflicto entre los vicios y las virtudes"),
que tuvo gran éxito en la Edad Media y que fue publicado en 1473
en Utrecht bajo el nombre de Gregorio Magno, y un año después
en Estrasburgo bajo el nombre de san Agustín. En él Ambrosio
Auperto pretendía amaestrar a los monjes de modo concreto sobre
cómo afrontar el combate espiritual día a día.
De modo significativo aplica la afirmación de 2 Timoteo 3,12:
"Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús,
sufrirán persecuciones", ya no a la persecución externa,
sino al asalto que el cristiano debe afrontar dentro de sí por
parte de las fuerzas del mal. Se presentan en una especie de disputa
24 parejas de combatientes: cada vicio intenta atraer al alma con sutiles
razonamientos, mientras la virtud respectiva rebate estas insinuaciones
siurviéndose sobre todo de palabras de la Escritura.
En este tratado
sobre el conflicto entre vicios y virtudes, Auperto contrapone a la
cupiditas (la codicia) el contemptus mundi (el desprecio del mundo),
que se convierte en una figura importante en la espiritualidad de los
monjes. Este desprecio del mundo no es un desprecio de la creación,
de la belleza y de la bondad de la creación y del Creador, sino
un desprecio de la falsa visión del mundo presentada e insinuada
por la codicia. Ésta insinúa que el "tener"
sería el sumo valor de nuestro ser, de nuestro vivir en el mundo
pareciendo importantes. Y así falsifica la creación del
mundo y destruye el mundo. Auperto observa también que la avidez
de ganancias de los ricos y de los poderosos de la sociedad de su tiempo
existe también dentro de las almas de los monjes, y escribió
por ello un tratado titulado De cupiditate, en el que, con el apóstol
Pablo, denuncia desde el principio la codicia como la raíz de
todos los males. Escribe: "Desde el suelo de la tierra diversas
espinas agudas brotan de varias raíces; en el corazón
del hombre, en cambio, los pinchazos de todos los vicios proceden de
una única raíz, la codicia" (De cupiditate 1: CCCM
27B, p. 963). Relieve este que, a la luz de la presente crisis económica
mundial, revela toda su actualidad. Vemos que precisamente desde esta
raíz de la codicia ha nacido esta crisis. Ambrosio imagina la
objeción que los ricos y los poderosos podrían aducir
diciendo: pero nosotros no somos monjes, para nosotros no valen ciertas
exigencias ascéticas. Y él responde: "Es verdad lo
que decís, pero también para vosotros, a la manera de
vuestra vida y en la medida de vuestras fuerzas, vale el camino angosto
y estrecho, porque el Señor ha propuesto sólo dos puertas
y dos vías (es decir, la puerta estrecha y la ancha, la vía
angosta y la cómoda); no ha indicado una tercera puerta o una
tercera vía" (l. c., p. 978). Él ve claramente que
los modos de vivir son muy distintos. Pero también para el hombre
de este mundo, también para el rico vale el deber de combatir
contra la codicia, contra el deseo de poseer, de aparecer, contra el
falso concepto de libertad como facultad de disponer de todo según
el propio arbitrio. También el rico debe encontrar el auténtico
camino de la verdad, del amor y así de la vida recta. Pooor tanto
Auperto, como prudente pastor de almas, sabe al final decir, al final
de su predicación penitencial, una palabra de consuelo: "He
hablado no contra los ávidos, sino contra la avidez, no contra
la naturaleza, sino contra el vicio" (l. c., p. 981).
La obra más
importante de Ambrosio Auperto es seguramente su comentario en diez
libros al Apocalipsis: éste constituye, después de siglos,
el primer comentario amplio en el mundo latino al último libro
de la Sagrada Escritura. Esta obra fue fruto de un trabajo de muchos
años, desarrollado en dos etapas entre el 758 y el 767, por tanto
antes de su elección como abad. En el prólogo, indica
con precisión sus fuentes, cosa que no era normal en absoluto
en la Edad Media. A través de su fuente quizás más
significativa, el comentario del obispo Primasio Adrumetano, redactado
hacia la mitad del siglo VI, Auperto entra en contacto con la interpretación
del Apocalipsis que había dejado el africano Ticonio, que había
vivido una generación antes de san Agustín. No era católico:
pertenecía a la Iglesia cismática donatista; era sin embargo
un gran teólogo. En este comentario suyo vio sobre todo reflejado
en el Apocalipsis el misterio de la Iglesia. Ticonio había llegado
a la convicción de que la Iglesia era un cuerpo partido en dos:
una parte, dice él, pertenece a Cristo, pero hay otra parte de
la Iglesia que pertenece al diablo. Agustín leyó este
comentario y sacó provecho de él, pero subrayó
fuertemente que la Iglesia está en las manos de Cristo, sigue
siendo su Cuerpo, formando con Él un solo sujeto, partícipe
de la mediación de la gracia. Subraya por tanto que la Iglesia
no puede ser nunca separada de Jesucristo. En su lectura del Apocalipsis,
similar a la de Ticonio, Auperto no se interesa tanto por la segunda
venida de Cristo al final de los tiempos, sino a las consecuencias que
se derivan de su primera venida para la Iglesia del presente, la encarnación
en el seno de la Virgen María. Y nos dice una palabra muy importante:
en realidad Cristo "debe en nosotros, que somos su Cuerpo, cotidianamente
nacer, morir y resucitar" (In Apoc. III: CCCM 27, p. 205). En el
contexto de la dimensión mística que pertenece a todo
cristiano, él mira a María como modelo de la Iglesia,
modelo para todos nosotros, porque también en nosotros y entre
nosotros debe nacer Cristo. Siguiendo a los Padres que veían
en la "mujer vestida de sol" del Ap 12,1 la imagen de la Iglesia,
Auperto argumenta: "La beata y pía Virgen.... a diario da
a luz nuevos pueblos, de los cuales se forma el Cuerpo general del Mediador.
No es por tanto sorprendente si ella, en cuyo bendito seno la Iglesia
misma mereció ser unida a su Cabeza, representa el tipo de la
Iglesia". En este sentido Auperto ve un papel decisivo en la Virgen
María en la obra de la Redención (cfr también en
sus homilías In purificatione s. Mariae y In adsumptione s. Mariae).
Su gran veneración y su profundo amor por la Madre de Dios le
inspiran a veces formulaciones que de alguna forma anticipan las de
san Bernardo y de la mística franciscana, sin desviarse sin embargo
a formas discutibles de sentimentalismo, porque él no separa
nunca a María del misterio de la Iglesia. Con buena razón
por tanto Ambrosio Auperto es considerado el primer gran mariólogo
de Occidente. A la piedad que, según él, debe liberar
al alma del apego a los placeres terrenos y transitorios, él
considera que debe unirse el profundo estudio de las ciencias sagradas,
sobre todo la meditación de las Sagradas Escrituras, a las que
califica de "cielo profundo, abismo insondable" (In Apoc.
IX). En la hermosa oración con la que concluye su comentario
al Apocalipsis subrayando la prioridad que en toda búsqueda teológica
de la verdad corresponde al amor, se dirige a Dios con estas palabras:
"Cuando eres escrutado intelectualmente por nosotros, no eres descubierto
como eres verdaderamente; cuando eres amado, eres alcanzado".
Podemos ver hoy
en Ambrosio Auperto una personalidad vivida en un tiempo de fuerte manipulación
política de la Iglesia, en la que el nacionalismo y el tribalismo
habían desfigurado el rostro de la Iglesia. Pero él, en
medio de todas estas dificultades que conocemos también nosotros,
supo descubrir el verdadero rostro de la Iglesia en María, en
los Santos. Y supo así entender qué quiere decir ser católico,
ser cristiano, vivir de la Palabra de Dios, entrar en este abismo y
así vivir el misterio de la Madre de Dios: dar de nuevo vida
a la Palabra de Dios, ofrecer a la Palabra de Dios la propia carne en
el tiempo presente. Y con todo su conocimiento teológico, la
profundidad de su ciencia, Auperto supo entender que con la simple búsqueda
teológica Dios no puede ser conocido realmente como es. Sólo
el amor lo alcanza. Escuchemos este mensaje y oremos al Señor
para que nos ayude a vivir el misterio de la Iglesia hoy, en este nuestro
tiempo.
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