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Obras
Completas
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Santa
Teresa de Jesús
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Creer
y amar con Benedicto XVI
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José
Luis García labrado
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Alexia:
alegría y heroísmo en la enfermedad
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Miguel
Angel Monge
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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La
vida de Jesucristo en la predicacion de Juan Pablo II
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Pedro
Beteta
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Práctica
del amor a Jesucristo
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San
Alfonso María de Ligorio
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La
escuela del Espiritu Santo
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Jacques
Philippe
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La
Virgen Nuestra Señora (26ª ed.)
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Después
de esta vida (5ª ed.)
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Queridos hermanos
y hermanas:
El
santo al que hoy nos acercamos se llama Beda y nació en el Nordeste
de Inglaterra, exactamente en Northumbria, entre el año 672 y
673. Él mismo cuenta que sus parientes, a la edad de siete años,
lo confiaron al abad del monasterio benedictino cercano para que fuese
educado: "En este monasterio -recuerda- desde entonces he vivido
siempre, dedicándome intensamente al estudio de la Sagrada Escritura
y, mientras observaba la disciplina de la Regla y la tarea diaria de
cantar en la Iglesia, me fue siempre dulce aprender, enseñar
o escribir" (Historia ecclesiastica gentis Anglorum, V, 24). De
hecho, Beda llegó a ser una de las más insignes figuras
de erudito de la Alta Edad Media, pudiendo acceder a los muchos manuscritos
preciosos que sus abades, volviendo de sus frecuentes viajes al continente
y a Roma, le traían. La enseñanza y la fama de los escritos
le procuraron muchas amistades con las principales personalidades de
su tiempo, que le animaban a proseguir en su trabajo, del que tantos
sacaban beneficio. Enfermo, no dejó de trabajar, conservando
siempre una alegría interior que se expresaba en la oración
y en el canto. Concluía su obra más importante, la Historia
ecclesiastica gentis Anglorum con esta invocación: "Te ruego,
oh buen Jesús, que benévolamente me has permitido extraer
las dulces palabras de tu sabiduría, concédeme, benigno,
llegar un día hasta ti, fuente de toda sabiduría, y estar
siempre ante tu rostro". La muerte le alcanzó el 26 de mayo
del 735: era el día de la Ascensión.
Las
Sagradas Escrituras son la fuente constante de la reflexión teológica
de Beda. A partir de un cuidadoso estudio crítico del texto (nos
ha llegado la copia del monumental Codex Amiatinus de la Vulgata, sobre
el que Beda trabajó), comenta la Biblia, leyéndola en
clave cristológica, es decir, reúne dos cosas: por una
parte escucha lo que dice el texto, quiere realmente escuchar, comprender
el texto mismo; por otra parte, está convencido de que la clave
para entender la Sagrada Escritura como única Palabra de Dios
es Cristo, y con Cristo, a su luz, se entiende el Antiguo y el Nuevo
Testamento como "una" Sagrada Escritura. Las circunstancias
del Antiguo y del Nuevo Testamento van juntas, son camino hacia Cristo,
aunque expresadas en signos e instituciones diversas (lo que él
llama concordia sacramentorum). Por ejemplo, la tienda de la Alianza
que Moisés levantó en el desierto y el primer y segundo
templo de Jerusalén son imágenes de la Iglesia, nuevo
templo edificado sobre Cristo y sobre los Apóstoles con piedras
vivas, cimentadas por la caridad del Espíritu. Y como a la construcción
del antiguo templo contribuyeron también los pueblos paganos,
poniendo a disposición materiales preciosos y la experiencia
técnica de sus maestros de obras, así a la edificación
de la Iglesia contribuyen apóstoles y maestros procedentes no
sólo de las antiguas estirpes hebrea, griega y latina, sino también
de los nuevos pueblos, entre los cuales Beda se complace en nombrar
a los celtas irlandeses y los anglosajones. San Beda ve crecer la universalidad
de la Iglesia que no está restringida a una cultura determinada,
sino que se compone de todas las culturas del mundo, que deben abrirse
a Cristo y encontrar en Él su punto de llegada.
Otro
tema querido por Beda es la historia de la Iglesia. Tras haberse interesado
por la época descrita en los Hechos de los Apóstoles,
recorre la historia de los padres y de los concilios, convencido de
que la Obra del Espíritu Santo continúa en la historia.
En las Chronica Maiora, Beda traza una cronología que se convertirá
en la base del Calendario universal "ab incarnatione Domini"
[desde la encarnación del Señor, nde.]. Por entonces se
calculaba el tiempo desde la fundación de la ciudad de Roma.
Beda, viendo que el verdadero punto de referencia, el centro de la historia
es el nacimiento de Cristo, nos ha dado este calendario que interpreta
la historia partiendo de la Encarnación del Señor. Registra
los primeros seis concilios ecuménicos y sus desarrollos, presentando
fielmente la doctrina cristológica, mariológica y soteriológica,
y denunciando las herejías monofisita y monotelita, iconoclasta
y neo-pelagiana. Finalmente escribió con rigor documental y pericia
literaria la ya mencionada Historia eclesiástica de los pueblos
ingleses, por la que se le ha reconocido como "el padre de la historiografía
inglesa". Las características de la Iglesia que Beda quiso
poner de manifiesto son: a) la catolicidad como fidelidad a la tradición
y al mismo tiempo apertura a los cambios históricos, y como búsqueda
de la unidad en la multiplicidad, en la diversidad de la historia y
de las culturas, según las directivas que el Papa Gregorio Magno
había dado al apóstol de Inglaterra, Agustín de
Canterbury; b) la apostolicidad y la romanidad: en este sentido considera
de primordial importancia convencer a todas las iglesias irlandesas
celtas y de los pictos (una de las cuatro etnias que poblaban Escocia,
de origen celta, n.d.t.) a celebrar unitariamente la Pascua según
el calendario romano. El Computo que él elaboró científicamente
para establecer la fecha exacta de la celebración pascual, y
por tanto de todo el ciclo del año litúrgico, se ha convertido
en el texto de referencia para toda la Iglesia católica.
Beda
fue también un insigne maestro de teología litúrgica.
En las homilías de los evangelios dominicales y festivos, desarrolló
una verdadera mistagogía, educando a los fieles a celebrar gozosamente
los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida,
en la espera de su plena manifestación a la vuelta de Cristo,
cuando, con nuestros cuerpos glorificados, seremos admitidos a la procesión
oferente en la eterna liturgia de Dios en el cielo. Siguiendo el "realismo"
de las catequesis de Cirilo, Ambrosio y Agustín, Beda enseña
que los sacramentos de la iniciación cristiana hacen a cada fiel,
"no sólo cristiano sino Cristo". Cada vez que un alma
fiel acoge y custodia con amor la Palabra de Dios, imitando a María,
concibe y engendra nuevamente a Cristo. Y cada vez que un grupo de neófitos
recibe los sacramentos pascuales, la Iglesia se "auto-genera",
o con una expresión aún más audaz, la Iglesia se
convierte en "madre de Dios", participando en la generación
de sus hijos, por obra del Espíritu Santo.
Gracias
a esta forma suya de hacer teología, entremezclando Biblia,liturgia
e historia, Beda tiene un mensaje actual para los distintos "estados
de vida": a) a los estudiosos (doctores ac doctrices) recuerda
dos tareas esenciales: escrutar las maravillas de la Palabra de Dios
para presentarlas de forma atrayente a los fieles; exponer las verdades
dogmáticas evitando las complejidades heréticas y ciñéndose
a la "sencillez católica", con la actitud de los pequeños
y humildes a quienes Dios se complace en revelar los misterios del Reino;
b) los pastores, por su parte, deben dar prioridad a la predicación,
no sólo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino
valorando también los iconos, procesiones y peregrinaciones.
A éstos, Beda les recomienda el uso de la lengua vulgar, como
él mismo hace, explicando en northumbro el "Padre Nuestro",
el "Credo" y llevando adelante hasta el último día
de su vida el comentario en lengua vulgar al Evangelio de Juan; c) a
las personas consagradas que se dedican al Oficio divino, viviendo la
alegría de la comunión fraterna y progresando en la vida
espiritual mediante la ascesis y la contemplación, Beda recomienda
cuidar el apostolado --nadie tiene el Evangelio sólo para sí
mismo, sino que debe sentirlo como un don también para los demás--
ya sea colaborando con los obispos en las actividades pastorales de
diverso tipo a favor de las jóvenes comunidades cristianas, ya
sea estando disponibles a la misión evangelizadora entre los
paganos, fuera del propio país, como "peregrini pro amore
Dei".
Desde
esta perspectiva, en el comentario al Cantar de los Cantares, Beda presenta
a la Sinagoga y la Iglesia como colaboradoras en la difusión
de la Palabra de Dios. Cristo Esposo quiere una Iglesia industriosa,
"bronceada por las fatigas de la evangelización"- señalando
claramente a la palabra del Cantar de los Cantares (1,5), donde la esposa
dice: "Nigra sum sed formosa" ("Negra soy, pero graciosa")-,
dedicada a labrar otros campos o viñas y establecer entre las
nuevas poblaciones "no una tienda sino una morada estable",
es decir, a insertar el Evangelio en el tejido social y en las instituciones
culturales. Desde esta perspectiva el santo doctor exhorta a los fieles
laicos a ser asiduos a la educación religiosa, imitando aquellas
"insaciables multitudes evangélicas, que no dejaban a los
apóstoles tiempo siquiera de tomar un bocado". Les enseña
a rezar continuamente, "reproduciendo en la vida lo que celebran
en la liturgia", ofreciendo todos sus actos como sacrificio espiritual
en unión con Cristo. A los padres les explica que también
en su pequeño ámbito doméstico pueden ejercer "el
oficio sacerdotal de pastores y guías", formando cristianamente
a los hijos, y afirma conocer a muchos fieles (hombres y mujeres, casados
o célibes) "capaces de una conducta irreprensible que, oportunamente
acompañados, podrían acercarse diariamente a la comunión
eucarística" (Epist. ad Ecgberctum, ed. Plummer, p. 419)
La
fama de santidad y sabiduría de que Beda gozó ya en vida
le validó el título de "venerable". Lo llama
así también el Papa Sergio I, cuando en el 701 escribió
a su abad pidiendo que le hiciera venir temporalmente a Roma para consultarle
cuestiones de interés universal. Tras la muerte sus escritos
se difundieron extensamente en su patria y en el continente europeo.
El gran misionero de Alemania, el obispo san Bonifacio (+ 754), pidió
en muchas ocasiones al arzobispo de York y al abad de Wearmouth que
hicieran transcribir algunas de sus obras y que se las mandaran de modo
que también él y sus compañeros pudieran gozar
de la luz espiritual que emanaban. Un siglo más tarde, Notkero
Galbulo, abad de San Gallo (+ 912), atestiguando la extraordinaria influencia
de Beda, lo comparó con un nuevo sol que Dios había hecho
surgir no desde Oriente, sino desde Occidente, para iluminar al mundo.
Además del énfasis retórico, es un hecho el que
con sus obras, Beda contribuyó eficazmente a la construcción
de una Europa cristiana, en la que los diversos pueblos y las culturas
se amalgamaron entre sí, confiriéndole una fisonomía
unitaria, inspirada en la fe cristiana. Oremos para que también
hoy haya personalidades a la altura de Beda, para mantener unido a todo
el continente; oremos para que todos nosotros estemos dispuestos a redescubrir
nuestras raíces comunes, para ser constructores de una Europa
profundamente humana y auténticamente cristiana.
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