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La
auténtica educación para la Ciudadanía
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Un
regalo del cielo
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Pedro
Antonio Urbina
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El
fin del bienestar
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Josep
Miró i Ardèvol
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La
anunciación a María
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Paul
Claudel
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Dicen
que ha resucitado
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Vittorio
Messori
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El
último cruzado
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Louis
de Wohl
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La
gran estafa
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Alicia
Delibes
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Dentro
de cinco horas veré a Jesús
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Jacques
Fesch
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La
esencia del cristianismo
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Romano
Guardini
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El
torrente oculto
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Ronald
A. Knox
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Vencer
el miedo
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Magdi
Allam
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Queridos hermanos
y hermanas:
Siguiendo a san
Pablo hemos visto en la catequesis del miércoles pasado dos cosas.
La primera es que nuestra historia humana desde el principio está
contaminada por el abuso de la libertad creada, que pretende emanciparse
de la Voluntad divina. Y así no se encuentra la verdadera libertad,
sino que se opone a la verdad y falsifica, en consecuencia, nuestras
realidades humanas. Falsifica sobre todo las relaciones fundamentales:
la relación con Dios, la relación entre hombre y mujer,
y la relación entre el hombre y la tierra. Hemos dicho que esta
contaminación de nuestra historia se difunde en todo su tejido,
y que este defecto heredado ha ido aumentando y es ahora visible en
todas partes. Esto es lo primero. Lo segundo es esto: por san Pablo
hemos aprendido que existe un nuevo comienzo en la historia y de la
historia en Jesucristo, aquel que es hombre y Dios. Con Jesús,
que viene de Dios, comienza una nueva historia formada por su sí
al Padre, y por ello ya no fundada en la soberbia de una emancipación
falsa, sino en el amor y la verdad.
Pero ahora se plantea
la cuestión: ¿cómo podemos entrar nosotros en este
nuevo comienzo, en esta nueva historia? ¿Cómo llega a
mí esta historia? Con la primera historia contaminada estamos
unidos inevitablemente por nuestra descendencia biológica, al
pertenecer todos al único cuerpo de la humanidad. Pero la comunión
con Jesús, el nuevo nacimiento para entrar a formar parte de
la nueva humanidad, ¿cómo se realiza? ¿Cómo
llega Jesús a mi vida, a mi ser? La respuesta fundamental de
san Pablo, de todo el nuevo Testamento, es: llega por obra del Espíritu
Santo. Si la primera historia se pone en marcha, por así decirlo,
con la biología, la segunda lo hace en el Espíritu Santo,
el Espíritu de Cristo Resucitado. Este Espíritu ha creado
en Pentecostés el inicio de una nueva humanidad, de la nueva
comunidad, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.
Pero tenemos que
ser aún más concretos: este Espíritu de Cristo,
el Espíritu Santo, ¿cómo puede llegar a ser mi
Espíritu? La respuesta es que esto sucede de tres formas, íntimamente
conectadas unas con otras. La primera es ésta: el Espíritu
de Cristo llama a las puertas de mi corazón, me toca interiormente.
Pero ya que la nueva humanidad debe ser un verdadero cuerpo, ya que
el Espíritu debe reunirnos y crear verdaderamente una comunidad,
ya que lo característico del nuevo comienzo es la superación
de las divisiones y la creación de la agregación de los
dispersados, este Espíritu de Cristo se sirve de dos elementos
de agregación visibles: de la Palabra y de los Sacramentos, particularmente
del Bautismo y de la Eucaristía. En la Carta a los Romanos, dice
san Pablo: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor
y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los
muertos, serás salvo" (10, 9), entrarás así
en la nueva historia de vida y no de muerte. Después san Pablo
continua: "Pero ¿cómo invocarán a aquél
en quien no han creído? ¿Cómo creerán en
aquél a quien no han oído? ¿Cómo oirán
sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si
no son enviados?" (Rm 10, 14-15). En un versículo posterior
dice de nuevo: "La fe viene de la predicación" (Rm
10,17). La fe no es producto de nuestro pensamiento, de nuestra reflexión,
es algo nuevo que no podemos inventar, sino sólo recibir como
un don, como una novedad producida por Dios. Y la fe no viene de la
lectura, sino de la escucha. No es una cosa solamente interior, sino
una relación con Alguien. Supone un encuentro con el anuncio,
supone la existencia del otro que anuncia y crea comunión.
Y finalmente el
anuncio: aquel que anuncia no habla por sí mismo, sino como enviado.
Está dentro de una estructura de misión que comienza con
Jesús enviado por el padre, pasa a los apóstoles --la
palabra "apóstol" significa "enviado"-- y
continua en el ministerio, en las misiones transmitidas por los apóstoles.
El nuevo tejido de la historia aparece en esta estructura de las misiones,
en la que sentimos, en último término, hablar a Dios mismo,
su palabra personal, el Hijo que habla con nosotros, llega hasta nosotros.
La Palabra se ha hecho carne, Jesús, para crear realmente una
nueva humanidad. Por ello la palabra del anuncio se convierte en sacramento
del bautismo, que es renacimiento por el agua y el Espíritu,
como dirá san Juan. En el sexto capítulo de la Carta a
los Romanos san Pablo habla de un modo muy profundo del Bautismo. Hemos
escuchado el texto. Pero quizás sea útil repetirlo: "¿O
es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús,
fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados
por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue
resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así
también nosotros vivamos una vida nueva" (6,3-4).
En esta catequesis,
naturalmente, no puedo entrar en una interpretación detallada
de este texto difícil. Quisiera destacar brevemente sólo
tres cosas. La primera: "hemos sido bautizados" es un pasivo.
Nadie puede bautizarse a sí mismo, tiene necesidad del otro.
Nadie puede hacerse cristiano por sí mismo. Ser cristiano es
un proceso pasivo. Sólo podemos hacernos cristianos por medio
de otro. Y este "otro" que nos hace cristianos, que nos da
el don de la fe, es en primera instancia la comunidad de los creyentes,
la Iglesia. Recibimos la fe, el Bautismo, de la Iglesia. Sin dejarnos
formar por esta comunidad no podemos ser cristianos. Un cristianismo
autónomo, autoproducido, es una contradicción en sí
mismo. En primera instancia, este "otro" es la comunidad de
creyentes, la Iglesia, pero en segunda instancia, tampoco esta comunidad
actúa por sí misma, según sus propias ideas o deseos.
También la comunidad vive en el mismo sentido pasivo: sólo
Cristo puede constituir la Iglesia. Cristo es el verdadero dador de
los sacramentos. Éste es el primer punto: nadie se bautiza a
sí mismo, nadie se hace a sí mismo cristiano. Nos convertimos
en cristianos.
La segunda es esta:
el Bautismo es algo más que un lavatorio. Es muerte y resurrección.
Pablo mismo, hablando en la Carta a los Gálatas del cambio en
su vida a través del encuentro con Cristo resucitado, la describe
así: he muerto. Empieza en ese momento realmente una nueva vida.
Ser cristiano es más que una operación estética,
que añadiría algo bonito a una existencia ya más
o menos completa. Es un nuevo comienzo, es renacimiento: muerte y resurrección.
Obviamente, en la resurrección vuelve a emerger lo que era bueno
en la existencia anterior.
El tercer elemento
es este: la materia forma parte del sacramento. El cristianismo no es
una realidad puramente espiritual. Implica al cuerpo. Implica al cosmos.
Se extiende hacia la nueva tierra y los nuevos cielos. Volvamos a la
última palabra del texto de san Pablo: así --dice-- podemos
"vivir una nueva vida". Elemento de un examen de conciencia
para todos nosotros: vivir una nueva vida. Esto por el Bautismo.
Vamos ahora al
Sacramento de la Eucaristía. Ya he mostrado en otras catequesis
con qué profundo respeto san Pablo transmitía verbalmente
la tradición sobre la Eucaristía recibida de los mismos
testigos de la última noche. Trasmite estas palabras como un
precioso tesoro confiado a si fidelidad. Y así escuchamos en
estas palabras realmente a los testigos de la última noche. Escuchamos
las palabras del Apóstol: "Por que yo recibí del
Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús,
la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y después
de dar gracias, lo partió y dijo: 'Este es mi cuerpo que se da
por vosotros; haced esto en recuerdo mío'. Asimismo también
la copa después de cenar diciendo: 'Esta copa es la Nueva Alianza
en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío'"
(1 Cor 11,23-25). Es un texto inagotable. También aquí,
en esta catequesis, sólo haré dos breves observaciones.
Pablo transmite las palabras del Señor sobre el cáliz
así: este cáliz es "la nueva alianza en mi sangre".
En estas palabras se esconde una referencia a dos textos fundamentales
del Antiguo Testamento. La primera referencia es a la promesa de una
nueva alianza en el Libro del profeta Jeremías. Jesús
dice a los discípulos y nos dice a nosotros: ahora, en esta hora,
conmigo y con mi muerte se realiza la nueva alianza; con mi sangre comienza
en el mundo esta nueva historia de la humanidad. Pero está presente,
en estas palabras, también una referencia al momento de la alianza
en el Sinaí, donde Moisés había dicho: "Esta
es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros,
según todas estas palabras" (Ex 24,8). Allí se trataba
de sangre de animales. La sangre de los animales podía ser sólo
expresión de un deseo, la esperanza del nuevo sacrificio, del
verdadero culto. Con el don del cáliz el Señor nos da
el verdadero sacrificio. El único verdadero sacrifico es el amor
del Hijo. Con el don de este amor, amor eterno, el mundo entra en la
nueva alianza. Celebrar la Eucaristía significa que Cristo se
nos da a sí mismo, su amor, para conformarnos a sí mismo
y para crear así el mundo nuevo.
El segundo aspecto
importante de la doctrina sobre la Eucaristía aparece en la misma
primera Carta a los Corintios, donde san Pablo dice: "La copa de
bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión
con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión
con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo, pan
y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan"
(10, 16-17). En estas palabras aparece igualmente el carácter
personal y el carácter social del Sacramento de la Eucaristía.
Cristo se une personalmente a cada uno de nosotros, pero el mismo Cristo
nos une también con el hombre y con la mujer que están
a mi lado. Y el pan es para mí y también para el otro.
Así Cristo nos une a todos consigo y nos une entre nosotros,
uno con otro. Recibimos en la comunión a Cristo. Pero Cristo
se une igualmente en mi prójimo: Cristo y el prójimo son
inseparables en la Eucaristía. Y así todos somos un solo
pan, un solo cuerpo. Una Eucaristía sin solidaridad con los demás
es un abuso de la Eucaristía. Y aquí estamos en la raíz
y al mismo tiempo en el centro de la doctrina de la Iglesia como Cuerpo
de Cristo, del Cristo resucitado.
Vemos también
todo el realismo de esta doctrina. Cristo nos da su cuerpo en la Eucaristía,
se da a sí mismo en su cuerpo y así nos hace cuerpo suyo,
nos une a su cuerpo resucitado. Si el hombre come pan normal, este pan
en el proceso de la digestión se convierte en parte de su cuerpo,
transformado en sustancia de vida humana. Pero en la Santa Comunión
se realiza el proceso inverso. Cristo, el Señor, nos asimila
a sí, nos introduce en su Cuerpo glorioso y así todos
juntos nos convertimos en su Cuerpo. Quien lee solo el capítulo
12 de la primera Carta a los Corintios y el capítulo 12 de la
Carta a los Romanos podría pensar que la palabra sobre el Cuerpo
de Cristo como organismo de los carismas sea solo una especie de parábola
sociológico-teológica. Realmente en la politología
romana esta palabra del cuerpo con los diversos miembros que forman
una unidad se utilizaba por el mismo Estado, para decir que el Estado
es un organismo en el que cada uno tiene su función, la multiplicidad
y diversidad de las funciones forman un curpo y cada uno tiene su sitio.
Leyendo solo el capítulo 12 de la primera Carta a los Corintios
podría pensarse que Pablo se limitaba a transferir esto a la
Iglesia, que aquí solo se trataba de una sociología de
la Iglesia. Pero teniendo presente este capítulo décimo
vemos que el realismo de la Iglesia es bien distinto, mucho más
profundo y verdadero que el de un Estado-organismo. Porque realmente
Cristo nos da su cuerpo y nos hace su cuerpo. Nos unimos realmente con
el cuerpo resucitado de Cristo, así nos unimos uno a otro. La
Iglesia no es sólo una corporación como el Estado, es
un cuerpo. No es simplemente una organización sino un verdadero
organismo.
Finalmente, sólo
dirigiré una brevísima palabra sobre el Sacramento del
matrimonio. En la Carta a los Corintios se encuentran solo algunos apuntes,
mientras que en la Carta a los Efesios ha realmente desarrollado una
profunda teología del Matrimonio. Pablo define aquí el
Matrimonio como "gran misterio". Lo dice "en referencia
a Cristo y a su Iglesia" (5, 32). Se pone de relieve en este pasaje
una reciprocidad que se configura en un dimensión vertical. La
sumisión mutua debe adoptar el lenguaje del amor, que tiene su
modelo en el amor de Cristo hacia su Iglesia. Esta relación Cristo-Iglesia
convierte en primario el aspecto teologal del amor matrimonial, exalta
la relación afectiva entre los esposos. Un auténtico matrimonio
será bien vivido si en el crecimiento constante humano y afectivo
hay un esfuerzo por permanecer ligado a la eficacia de la Palabra y
al significado del Bautismo. Cristo ha santificado a la Iglesia, purificándola
por medio del baño del agua, acompañado por al Palabra.
La participación en el cuerpo y la sangre del Señor no
hace otra cosa que cimentar, además de hacer visible, una unión
indisoluble por la gracia.
Y finalmente escuchamos
la palabra de san Pablo a los Filipenses: "El Señor está
cerca" (Fl 4,5). Me parece que hemos comprendido que, mediante
la Palabra y los Sacramentos, en toda nuestra vida el Señor está
cerca. Pidámosle que podamos ser tocados cada vez más
en lo íntimo de nuestro ser por esta cercanía suya, para
que nazca la alegría - esa alegría que nace cuando Jesús
está realmente cerca.
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