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La
auténtica educación para la Ciudadanía
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La
elección de Dios: Benedicto
XVI y el futuro de la Iglesia
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El
torrente oculto
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Ronald
A. Knox
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Vencer
el miedo
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Magdi
Allam
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La
religión y el origen de la cultura occidental
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Christopher
Dawson
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San
Lorenzo y El Santo Grial
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Janice
Bennett
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Queridos hermanos
y hermanas:
En
la catequesis de hoy nos detendremos en las relaciones entre Adán
y Cristo, delineadas por san Pablo en la conocida página de la
Carta a los Romanos (5,12-21), en la que le entrega a la Iglesia las
líneas esenciales de la doctrina sobre el pecado original. En
verdad, ya en la primera Carta a los Corintios, tratando de la fe en
la resurrección, Pablo había introducido la relación
entre el primer padre y Cristo: "Pues del mismo modo que en Adán
mueren todos, así también todos revivirán en Cristo...
Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último
Adán, espíritu que da vida" (1 Cor 15,22.45). Con
Romanos 5,12-21 la confrontación entre Cristo y Adán se
hace más articulada e iluminadora: Pablo recorre la historia
de la salvación desde Adán a la Ley y de ésta a
Cristo. En el centro de la escena se encuentran tanto Adán, con
las consecuencias del pecado sobre la humanidad, como Jesús y
la gracia que, mediante él, ha sido derramada abundantemente
sobre la humanidad. La repetición del "cuanto más"
respecto a Cristo subraya cómo el don recibido en Él sobrepasa
totalmente al pecado de Adán y a las consecuencias de éste
en la humanidad, tanto que Pablo puede llegar a la conclusión:
"Pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia"
(Rm 5,20). Por tanto, la confrontación que Pablo traza entre
Adán y Cristo ilumina la inferioridad del primer hombre respecto
a la superioridad del segundo.
Por
otro lado, para poner en evidencia el inconmensurable don de la gracia,
en Cristo, Pablo insiste en el pecado de Adán: se diría
que si no hubiera sido para demostrar la centralidad de la gracia, él
no se habría entretenido en hablar del pecado que "a causa
de un solo hombre entró en el mundo y, con el pecado, la muerte"
(Rm 5,12). Si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del dogma
del pecado original, es porque éste está ligado inseparablemente
con otro dogma, el de la salvación y la libertad en Cristo. Como
consecuencia, nunca deberíamos hablar sobre el pecado de Adán
y de la humanidad separándolo del contexto de la salvación,
es decir, sin comprenderlo en el horizonte de la justificación
en Cristo.
Pero
como hombres de hoy, debemos preguntarnos: ¿qué es el
pecado original? ¿Qué enseñan Pablo y la Iglesia?
¿Es sostenible hoy aún esta doctrina? Muchos piensan que,
a la luz de la historia de la evolución, no habría ya
lugar para la doctrina de un primer pecado, que después se difundiría
en toda la historia de la humanidad. Y, en consecuencia, también
la cuestión de la Redención y del Redentor perdería
su fundamento. Por tanto: ¿existe el pecado original o no? Para
poder responder debemos distinguir dos aspectos de la doctrina sobre
el pecado original. Existe un aspecto empírico, es decir, una
realidad concreta, visible, diría yo, tangible para todos. Es
un aspecto misterioso, que afecta al fundamento ontológico de
este hecho. El dato empírico es que existe una contradicción
en nuestro ser. Por una parte el hombre sabe que debe hacer el bien
e íntimamente también lo quiere realizar. Pero, al mismo
tiempo, siente también otro impulso a hacer lo contrario, a seguir
el camino del egoísmo, de la violencia, a hacer sólo lo
que le apetece aun sabiendo que así actúa contra el bien,
contra Dios y contra el prójimo. San Pablo en su Carta a los
Romanos ha expresado esta contradicción en nuestro ser con estas
palabras: "querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo,
puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero"
(7, 18-19). Esta contradicción interior de nuestro ser no es
una teoría. Cada uno de nosotros la experimenta todos los días.
Y sobre todo vemos siempre en torno a nosotros la superioridad de esta
segunda voluntad. Basta pensar en las noticias diarias sobre injusticias,
violencia, mentira, lujuria. Cada día lo vemos: es un hecho.
Como
consecuencia de este poder del mal en nuestras almas, se ha desarrollado
en la historia un río sucio, que envenena la geografía
de la historia humana. El gran pensador francés Blaise Pascal
habló de una "segunda naturaleza", que se superpone
a nuestra naturaleza original, buena. Esta "segunda naturaleza"
presenta el mal como normal para el hombre. Así también
la típica expresión: "es humano" tiene un doble
significado. "Es humano" puede querer decir: este hombre es
bueno, realmente actúa como debería actuar un hombre.
Pero "es humano" puede también querer decir lo contrario:
el mal es normal, es humano. El mal parece haberse convertido en una
segunda naturaleza. Esta contradicción del ser humano, de nuestra
historia, debe provocar, y provoca también hoy, el deseo de redención.
En realidad, el deseo de que el mundo cambie y la promesa de que se
creará un mundo de justicia, de paz y de bien, está presente
en todas partes: en la política, por ejemplo, todos hablan de
la necesidad de cambiar el mundo, de crear un mundo más justo.
Y precisamente esto es expresión del deseo de que haya una liberación
de la contradicción que experimentamos en nosotros mismos.
Por
tanto el hecho del poder del mal en el corazón humano y en la
historia humana es innegable. La cuestión es: ¿cómo
se explica este mal? En la historia del pensamiento, prescindiendo de
la fe cristiana, existe un modelo principal de explicación, con
variaciones diversas. Este modelo dice: el ser mismo es contradictorio,
lleva en sí tanto el bien como el mal. En la antigüedad
esta idea implicaba la opinión de que existían dos principios
igualmente originarios: un principio bueno y un principio malo. Este
dualismo sería insuperable: los dos principios están al
mismo nivel, y por ello existirá siempre, desde el origen del
ser, esta contradicción. La contradicción de nuestro ser,
por tanto, reflejaría solo la contrariedad de los dos principios
divinos, por así decirlo. En la versión evolucionista,
atea, del mundo, vuelve de nuevo una visión semejante. Aunque,
en esta concepción, la visión del ser es monista, se supone
que el ser como tal desde el principio lleva en sí el bien y
el mal. El ser mismo no es simplemente bueno, sino abierto al bien y
al mal. El mal es tan originario como el bien. Y la historia humana
repetiría solamente el modelo ya presente en toda la evolución
precedente. Lo que los cristianos llaman pecado original sería
en realidad sólo el carácter mixto del ser, una mezcla
de bien y mal que, según esta teoría, pertenecería
a la misma materia del ser. Es una visión en el fondo desesperada:
si es así, el mal es invencible. Al final solo cuenta el propio
interés. Y todo progreso habría que pagarlo necesariamente
con un río de mal, y quien quisiera servir al progreso debería
aceptar pagar este precio. La política, en el fondo, se basa
sobre estas premisas: y vemos los efectos de ellas. Este pensamiento
moderno, al final, sólo puede traer tristeza y cinismo.
Y
así preguntamos de nuevo: ¿qué dice la fe, atestiguada
por san Pablo? Como primer punto, ésta confirma el hecho de la
competición entre ambas naturalezas, el hecho de este mal cuya
sombra pesa sobre toda la creación. Hemos escuchado el capítulo
7 de la Carta a los Romanos, pero podríamos añadir el
capítulo 8. El mal existe, sencillamente. Como explicación,
en contraste con los dualismos y los monismos que hemos considerado
brevemente y encontrado desoladores, la fe nos dice: existen dos misterios
de luz y un misterio de noche, que, sin embargo, está rodeado
de los misterios de la luz. El primer misterio de la luz es éste:
la fe nos dice que no hay dos principios, uno bueno y uno malo, sino
que hay un solo principio, el Dios creador, y este principio es bueno,
sólo bueno, sin sombra de mal. Y por ello también el ser
no es una mezcla de bien y de mal; el ser como tal es bueno y por ello
es bueno existir, es bueno vivir. Éste es el alegre anuncio de
la fe: sólo hay una fuente buena, el Creador. Y por esto vivir
es un bien, es algo bueno ser un hombre, una mujer, es buena la vida.
Después sigue un misterio de oscuridad, de noche. El mal no viene
de la fuente del mismo ser, no es igualmente originario. El mal viene
de una libertad creada, de una libertad abusada.
¿Cómo
ha sido posible, cómo ha sucedido? Esto permanece oscuro. El
mal no es lógico. Sólo Dios y el bien son lógicos,
son luz. El mal permanece misterioso. Se le representa con grandes imágenes,
como hace el capítulo 3 del Génesis, con aquella visión
de los dos árboles, de la serpiente, del hombre pecador. Una
gran imagen que nos hace adivinar, pero que no puede explicar lo que
es en sí mismo ilógico. Podemos adivinar, no explicar;
ni siquiera podemos narrarlo como un hecho junto a otro, porque es una
realidad más profunda. Queda como un misterio oscuro, de noche.
Pero se le añade inmediatamente un misterio de luz. El mal viene
de una fuente subordinada. Dios con su luz es más fuerte. Y por
eso, el mal puede ser superado. Por eso la criatura, el hombre, es curable.
Las visiones dualistas, también el monismo del evolucionismo,
no pueden decir que el hombre sea curable; pero si el mal procede solo
de una fuente subordinada, es cierto que el hombre puede curarse. Y
el libro de la Sabiduría dice: "las criaturas del mundo
son saludables" (1, 14). Y finalmente, el último punto,
el hombre no sólo se puede curar, está curado de hecho.
Dios ha introducido la curación. Ha entrado personalmente en
la historia. A la permanente fuente del mal ha opuesto una fuente de
puro bien. Cristo crucificado y resucitado, nuevo Adán, opone
al río sucio del mal un río de luz. Y este río
está presente en la historia: vemos a los santos, los grandes
santos pero también los santos humildes, los simples fieles.
Vemos que el río de luz que procede de Cristo está presente,
es fuerte.
Hermanos
y hermanas, es tiempo de Adviento. En el lenguaje de la Iglesia la palabra
Adviento tiene dos significados: presencia y espera. Presencia: la luz
está presente, Cristo es el nuevo Adán, está con
nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y debemos abrir los
ojos del corazón para verla y para introducirnos en el río
de la luz. Sobre todo, estar agradecidos al hecho de que Dios mismo
ha entrado en la historia como nueva fuente de bien. Pero Adviento quiere
decir también espera. La noche oscura del mal es aún fuerte.
Y por ello rezamos en Adviento con el antiguo pueblo de Dios: "Rorate
caeli desuper". Y oramos con insistencia: ven Jesús; ven,
da fuerza a la luz y al bien; ven donde domina la mentira, la ignorancia
de Dios, la violencia, la injusticia; ven, Señor Jesús,
da fuerza al bien en el mundo y ayudanos a ser portadores de tu luz,
operadores de la paz, testigos de la verdad. ¡Ven Señor
Jesús!
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