Prevenir la violencia intrafamiliar
Fernando Pascual, L.C.
¿Quién educa a mi hijo?
Victoria Cardona

        Causa dolor leer noticias sobre violencia en el seno de la familia. Causa dolor porque uno esperaría un clima de amor y de concordia en el hogar, entre quienes viven no sólo bajo un mismo techo, sino unidos por el matrimonio y por los lazos indisolubles de la sangre.

        Pero también en el hogar surgen problemas, conflictos, incluso violencia. Algunos casos extremos aparecen en la prensa. Los casos “cotidianos” no llegan seguramente a la sangre, pero sí dejan en los corazones heridas que pueden durar meses o incluso años.

        Hablar de prevención de la violencia intrafamiliar no es fácil, porque existen muchos tipos de violencia y las causas son diferentes.

        Hay violencias originadas por problemas psicológicos más o menos graves. La actuación en esos casos corresponde a los expertos, que buscarán la mejor manera de curar al enfermo y de evitar que ciertas formas de violencia puedan dañar a los otros miembros de la familia. Otras violencias se originan por conflictos profundos, surgidos en plena sanidad mental: peleas por el dinero, por la disposición de los muebles en el hogar, por infidelidades, por el trato que el padre quiere dar a los hijos y que es muy distinto de lo que piensa la madre, por injerencias continuas y graves de la familia del esposo o de la esposa...

        Otras veces se trata de conflictos pequeños, cotidianos. Uno ocupa demasiado tiempo el cuarto de baño y otros se enfadan. O alguien arrastra las sillas hasta dañar el suelo. O hay quien cocina con demasiada sal. O simplemente no hay acuerdo sobre el uso de la televisión o sobre el horario para ocupar la computadora.

        La diversidad de problemáticas exige una diversidad de soluciones y mecanismos preventivos diferentes. Pero podemos encontrar una causa que se presenta como común denominador para muchas situaciones que desembocan en violencia intrafamiliar: el egocentrismo.

        El egocentrismo lleva a dar una prioridad casi absoluta a los propios gustos, deseos, ambiciones, proyectos. Suele estar acompañado por el menosprecio hacia lo que los otros desean o piden dentro del hogar. El egocéntrico considera que su punto de vista debe prevalecer sobre lo que piensen o sientan los demás, y busca entonces imponerse a cualquier precio, incluso con la violencia.

        Si el egocentrismo es la fuente de numerosos conflictos en la familia, incluso de formas más o menos serias de violencia, la mejor terapia, la prevención más eficaz, consiste en situarse en una perspectiva diferente, “alocéntrica” o “heterocéntrica”. En esa perspectiva el otro es el importante, ocupa el lugar principal. La persona alocéntrica busca prevalentemente el bien de los otros, y deja de lado proyectos personales de menor importancia (habrá principios a los que uno nunca debería renunciar porque se refieren a su propia dignidad o a valores profundos y centrales en la vida humana).

        La perspectiva heterocéntrica se aprende desde la infancia. Los padres pueden ayudar mucho a sus hijos a no verse a sí mismos como el centro de todo, ni a exigir cuidados, privilegios, regalos, cariño “en exclusiva”. Unos buenos padres de familia llevan a cada nio a abrirse a los demás: a sus hermanos o primos, a los abuelos, a los tíos, a los amigos.

        Quien aprende a vivir así no escapa al peligro (que nos amenaza a todos) de orientarse en algunas etapas de su vida hacia el egocentrismo. Ningún sistema educativo llega a controlar al educando, porque cuando uno crece la libertad orienta las decisiones más profundas, para el bien o para el mal. Pero una buena ayuda en el hogar facilita el descubrimiento de la belleza de la visión heterocéntrica, de ese vivir más para los demás que para uno mismo.

        Mientras se preparan para constituir una nueva familia, los novios están llamados a crecer y a madurar en el conocimiento mutuo y en el amor sincero. Eso significa, nuevamente, buscar caminos para abrirse, para descubrir los intereses de la otra parte, para orientar el corazón no hacia el egoísmo, sino hacia la donación. No hay mejor manera de casarse que la que arranca con una actitud abierta y generosa. No hay matrimonio peor orientado que el que inicia con un pacto entre dos egoísmos que desean conquistar desde el inicio una posicin “de fuerza” para imponerse sobre el otro.

        El noviazgo vivido en profundidad y de modo alocéntrico permite, por lo tanto, la formación de una familia serena, pacífica, alegre. Es cierto que en el noviazgo, y luego de un modo más radical en el matrimonio, se dan momentos de dificultad y tensión ante algunas opciones sobre las que existen ideas diferentes. Pero si los dos aprenden a prescindir del propio punto de vista para crecer en el amor, para contentar, en aquellos requerimiento sanos, a la otra parte, entonces la pareja avanza por el camino que lleva a crear un hogar armonioso.

        Conviene no perder de vista que los esposos, al aceptarse mutuamente en el matrimonio, conservan su libertad. Esto significa que incluso un noviazgo bien llevado no garantiza al 100 % el que no puedan darse situaciones de tensión después de varios años (a veces después de pocos meses) de la boda.

        Las posibilidades son muchas. Basta la actitud de uno de los esposos para enrarecer el ambiente familiar. O porque toma una actitud egocéntrica. O porque empieza a realizar exigencias deshonestas u ofensivas hacia la otra parte. O porque se obsesiona por el dinero y ya no se preocupa del amor. O por celos o infidelidades.

        Otras veces son las dos partes las que, por motivos diversos, avanzan simultáneamente hacia la tensión que degenera, en los casos más dramáticos, en violencia intrafamiliar.

        Como no es fácil controlar a un adolescente en su maduración personal, tampoco es posible eliminar completamente los problemas en familia (entre los esposos, entre los padres y los hijos). El mejor camino, volvemos a la misma idea, radica en la actitud alocéntrica.

        Si ante un conflicto cada quien se encierra en sus derechos y pide la rendición completa del otro, hemos iniciado el camino que lleva a la violencia. Quizá no llegue a hechos dramáticos, pero sí causará ese daño profundo que aparece en un hogar cuando el odio, la indiferencia, el desprecio, los insultos y las represalias sutiles se convierten en algo casi cotidiano.

        En cambio, si en los roces de cada día, ante un diferente punto de vista, frente a un problema serio, al menos uno de los esposos toma la actitud heterocéntrica y busca el camino del amor, la concordia, la escucha, la espera, la mano tendida, el perdón, incluso la renuncia a algo legítimo por el bien de la familia, es posible evitar el choque. Sobre todo, es posible que la otra parte, en la medida en que pueda tener culpa o haber tomado una actitud egocéntrica, reconozca la belleza de un gesto amable del otro y baje la espada para, al menos, escuchar un poco más y comprender que la vida familiar es, verdaderamente, un cielo, cuando uno vive para hacer felices a los demás.

        Prevenir la violencia intrafamiliar es mucho más asequible de lo que muchos piensan. Porque, en verdad, todos tienen un fondo bueno que no siempre sale a la luz. Basta con regar el corazón con un amor generoso y mirar al otro con ojos serenos para que la familia cree un ambiente que parece antesala de cielo, y que permite a todos vivir de un modo alegre y enamorado.