Molestias planificadas
Fernando Pascual, L.C.
        
¿Quién educa a mi hijo?
Victoria Cardona

        La tensión había crecido hasta el límite máximo. Empezaron las palabras duras, los reproches llenos de rabia. Luego, se pasó a los golpes. Fue un momento terrible, doloroso, en la vida de aquellos esposos.

        Después de la tormenta, fue posible admitir la gravedad de lo que había sucedido. Cada uno miró su propio corazón para reconocer, humildemente, su parte de culpa. Cada uno tuvo la grandeza de alma para pedir perdón y para acoger al otro. Tras el fracaso de la violencia iniciaba una etapa de mayor acogida e, incluso, de amor más sincero y realista.

        Otras veces en la vida familiar inician batallas aparentemente inocuas, pero no por ello menos dañinas. No hay insultos, no hay golpes. Se trata simplemente de dejar que el corazón se llene de rabia hacia la otra parte para comenzar, fríamente, maliciosamente, una campaña de molestias planificadas.

        ¿Le gusta a ella o a él tener las revistas en aquel mueble? Pues a esconderlas en un armario. ¿Se siente inquieto si hay corrientes de aire por la casa? Pues a abrir ventanas para que el viento sople por todos lados. ¿Desea siempre un poco de orden en el cuarto de baño? Pues las cosas quedan totalmente fuera de sitio. ¿Se pone nervioso si el olor de la cocina invade el salón de estar? Pues entonces se abre la puerta para que la casa quede impregnada de “aromas” que tanto le molestan.

        Desde el punto de vista objetivo, es mucho más grave un insulto o un golpe que esconder el mando de la televisión o el libro favorito de la otra parte. Pero a veces unos gritos son simplemente el resultado de un momento de pasión incontrolada que puede curarse (esperamos) con facilidad, mientras que actos “inofensivos” de molestias planificadas envenenan, poco a poco, al otro hasta hacerle la vida imposible.

        Las molestias planificadas no son delito, no son actos graves. Pero la actitud desde la que nacen, con la frialdad de quien busca abrir heridas y crear incomodidades en el otro, es sumamente dañina para la convivencia familiar.

        Para quien empieza a sufrir un acoso continuo de molestias pequeñas, planeadas con habilidad casi diabólica, resulta difícil mantenerse sereno, conservar esa actitud de afecto tan importante en la vida matrimonial hacia la otra parte.

        A pesar de todo, en medio de molestias pequeñas que vienen de corazones mezquinos o de psicologías enfermizas, es posible también, con grandeza de alma, elevar la mirada y buscar cómo recomponer el amor, qué hace falta para que la otra parte cambie de actitud. Incluso a veces uno tiene que reconocer, con pena, que la guerrilla de las molestias pequeñas tuvo su inicio en algo que en el pasado fue culpa de quien ahora es víctima.

        Las molestias planificadas son vencidas desde el perdón, la magnanimidad, el deseo sincero de reconstruir, en lo que haga falta, la armonía familiar. Cuesta, ciertamente, sobre todo cuando uno es víctima. Pero es posible ir más allá de las pequeñas ofensas de cada día para tender puentes. Desde ellos un día será posible recomenzar en paz una vida de amor que es el sueño de todos los que aceptaron el matrimonio como camino de donación mutua, generosa, sincera y fiel.