Recristianización: “¿Yo qué debo y puedo hacer?” ( y III )

Federico Gómez Pardo
www.PiensaunPoco.com

Primero cada uno

        La descristianización de occidente, no es tanto un problema de fuerzas ocultas que desde fuera atacan a la Iglesia y a la religión, como de falta de respuesta adecuada de los que nos consideramos católicos. De ahí que lo primero sea la necesidad de coherencia personal. Exigirnos más a nosotros mismos, tratando de hacer operativa nuestra fe, con frecuencia de sacramentos, mejorando la cantidad y calidad de nuestra oración y procurando formarnos bien para ser capaces de responder con doctrina y argumentos a los retos que nos plantea el laicismo militante y el materialismo teórico.

        Aquí vale también aquello de que lo peligroso no son los enemigos de fuera sino los de dentro; y en concreto la falta de unidad de los católicos. Por ello más que nunca es necesario que estemos unidos con el Papa y los Obispos, en fidelidad al Magisterio de la Iglesia y dejando de mirarnos el ombligo con localismos de ave de corral. Lo cual no es óbice para saber asumir como carismas las diferentes sensibilidades, métodos y prácticas de vivir la fe. Hemos de vivir la unidad con aceptación y respeto de la diversidad de caminos. Así mismo hemos de aceptar el pluralismo en cuestiones opinables, respetando la libertad de los demás y sin instrumentalizar a la Iglesia en virtud de posiciones políticas concretas.

Evangelizar es de todos

        Todos somos Iglesia y hemos de asumir como propia su misión: la evangelización y recristianización de la sociedad, haciendo operativa esta misión mediante el apostolado personal y viviendo las exigencias sociales de la fe, siguiendo en ello la Doctrina Social de la Iglesia que hemos de conocer muy bien.

        Como la descristianización comienza en la escuela, hemos de defender “a capa y espada” la libertad de enseñanza; el que puedan existir y subsistir centros educativos que eduquen en un sentido cristiano de la vida. Y también exigir que, quienes lo deseen, puedan recibir clases de Religión “según la doctrina de la Iglesia” en todos los centros públicos. Esto es tarea primordial de los padres cristianos. Han de mojarse y saber reclamar sin complejos sus derechos. Y por supuesto ser coherentes con la educación que se desea para los hijos, yendo por delante y siendo el mejor referente para ellos en la manera de vivir la fe.

Con la palabra y con las obras         Todos hemos de contribuir y participar en la creación de la opinión pública. Cada cual según sus talentos y posibilidades: hablando, escribiendo cartas a los periódicos, participando en tertulias y debates, llamando a emisoras de radio, haciendo partícipes a los políticos de aquello que pensamos y queremos o reclamando aquello por lo que les votamos. No podemos ser ovejas mudas y sordas. El silencio y la omisión solo comportan desorientación y la creencia de que todo está muy mal y no hay nada que hacer. Aunque dispongan de medios poderosos realmente son pocos; los católicos aún somos la minoría mayoritaria en este país. Y si de verdad fuéramos coherentes se habría solucionado el problema. Pero hay que enfrentarse cuando haga falta; con el razonamiento, porque no vamos contra las personas sino contra las ideas. Por ello hay que saber escuchar, dialogar, estudiar, analizar, reflexionar..., pero también debatir, juzgar, proponer, movilizar y sobre todo actuar.
La política y los medios

        La política no es mala por desprestigiada que esté. Es buena y necesaria. Por ello quien tenga cualidades y posibilidad, debería dedicarse a estas actividades con libertad y responsabilidad personal. No se trata, ni mucho menos de formar un partido católico o cristiano; pero sí de actuar anteponiendo las convicciones profundas a la disciplina del voto en la defensa de la verdad y en la búsqueda del bien común. Y algo similar se podría decir de los medios de información y de los periodistas.

        Por último: no seamos masoquistas leyendo periódicos escuchando emisoras o viendo programas de TV en los que sabemos que se ataca y ridiculiza a la Iglesia, a su jerarquía o los principios cristianos, dándoles encima a ganar dinero. Procuremos en cambio apoyar –también económicamente si hace falta– los medios de información en papel, radio, TV, o en Internet, que sabemos que actúan con criterios rectos y son respetuosos con la verdad y con la religión.