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Una posada de tantas |
Perdone, buenas tardes, busco una posada pero no sé si es ésta. Un señor gordo, muy anciano, desplegó con entusiasmo todos sus recursos publicitarios: ¡Está usted en la mejor posada del oriente, cinco estrellas, a precio de una! No, señor, no yo busco otra cosa. A ver, pues usted dirá. ¿Ustedes han acogido alguna vez heridos del camino? ¡Uy!, eso lo hacemos casi a diario. Este camino abunda en ladrones, y no crea que todos son muy pacíficos que digamos ¿Y le suena el caso de algún herido que haya llegado muy mal, en burro, traído por un samaritano? Pues mire usted, en mi ya larga trayectoria de posadero, le puedo decir que samaritanos que han pisado esta posada han sido tres: uno era un vendedor de baratijas; otro pasó aquí dos noches, y en la cena del segundo día nos echamos un diálogo ecuménico muy bueno sobre el Monte Garizim; y el tercer samaritano, sí, traía a un herido, más o menos como usted dice. | |||||
| ¡Por fin! |
Cuando escuché lo del herido, recobré ánimos, aunque todavía con cierto escepticismo le pregunté al buen posadero: A ver, cuénteme del herido, si no tiene inconveniente. Pues era uno de la Judea muy malherido. Los ladrones le habían robado todo. Con decirle que no le dejaron ni las sandalias. Y pues, ¡claro!, ¿cómo no?, me llamó mucho la atención que quien lo traía era un samaritano Casi me desmayo. ¡No podía creerlo! Se me olvidaron todos mis pesares, y, como nuevo, me lancé a mi oficio periodístico: Pero, ¿venía en un jumento? Usted perdonará mi ignorancia, pero ¿qué es eso? ¡Ah!, es un término más científico y diplomático para los burros Pues sí, venía sobre un junento, como usted dice. No, no junento, sino ju-men-to. Bueno, bueno, pues eso Un burrito, para que nos entendamos todos. Fíjese que no hay cosa mejor que hablarlo todo en cristiano Ya. ¡Claro! No sabe la alegría que me da. Llevaba semanas recorriendo posadas buscando ésta. Pues ya ve usted, y mire que no es por falta de publicidad Si viera lo que dedico de recursos para posicionar mi posada | |||||
| Una buena paliza |
Oiga, ¿pero está seguro de que hablamos del mismo caso? ¿Se acuerda si al llegar, en las heridas tenía aceite? ¡Sí, sí! Debe ser el mismo caso. Todas las heridas venían ungidas con abundante aceite. Es como si lo estuviera viendo, aunque hayan pasado tantos años. A mí, en persona, me tocó recibirles y atenderles. ¡Gracias, gracias! ¡No sabe cuánto significa para mí haberle encontrado! Siga, siga; sígame contando. Pues nada, era un día normal, nada extraordinario. Aquel día poca clientela había habido. A media tarde, oí un ruido muy cercano de burro rebuznando. ¿Notó algo extraño en aquel forastero? Nada, nada, samaritano sí, pero un viajero más Por estos caminos hay gente de todo. Aquel forastero era uno más, uno más. ¿Cuánto dinero le dejó? Pues mire usted, eso es secreto profesional. Siempre me ha gustado ser discreto en las cosas de dinero. Bueno, bueno, no insistiré. Lo que sí puedo decirle es que le pusimos en la mejor habitación. Venía muy maltrecho. Se veía que los ladrones le habían dado duro. Igual y es que se resistió mucho al asalto Venía lleno de moretes. El pelaje del burro estaba muy manchado de sangre. Tan manchado que me dio la impresión de que también el burro estaba herido, pero no. Estuvo inconsciente varias horas | |||||
| El misterioso samaritano |
¿El burro? ¡No, hombre! ¿Cómo va a estar inconsciente el burro? me dijo casi enfadado. Perdone, perdone, era broma. Bueno, bueno, no me tome el pelo, ¿eh? El caso es que luego despertó. El malherido, ¿eh?, no el burro Y me dijo: ¿qué hago aquí? Le explicamos todo veinte veces. Nos preguntó sobre el hombre que le había traído. Le dijimos lo que sabíamos, que era muy poco, y juntos tratamos de arrojar luz al asunto. Yo le pregunté: Pero, ¿qué?, ¿no será algún pariente? A lo que respondió el herido entre firme y sin fuerzas: ¿Cómo se le ocurre? ¿No me está diciendo usted que era un samaritano ? Me disculpé: Es verdad, usted sabe, es ya tarde y mis neuronas a veces se enfrían un poco Pero, ¿qué? ¿Algún amigo de su familia? Él siguió: No, no, imposible. ¡Vamos!, que el buen hombre no se la creía. Y ¿qué fue del samaritano? Pues fíjese que volvió. Sí, volvió a los pocos días. Era de noche. Pidió perdón. Preguntó cómo iba todo. El herido estaba dormido y no quiso despertarlo. Yo intenté preguntarle más cosas, detalles, su dirección, y ¡nada!, no conseguí nada. De hecho, no quise cobrarle tanto. O sea, que algún descuentillo le hice. Y, ¡claro!, le dejé mi tarjeta para lo que se le ofreciera. Jamás lo volví a ver. Un personaje muy misterioso | |||||
| El periodista satisfecho |
Con la mirada perdida el posadero se calló unos segundos. Luego me miró y dijo con firmeza: Oiga, y ¿usted quién es? Ya me ha preguntado bastantes cosas, ahora déjeme preguntarle yo. Sorprendido yo, por el repentino cambio de papeles le dije: Nadie, nadie, un periodista. Un peri ¿qué? Periodista. Sé que es difícil explicarlo. Todavía somos pocos. Pero para que se haga una idea, lo que hacemos es que vamos, vemos, volvemos y contamos. Oiga, eso suena bien, ¿y encima le pagan? Bueno, eso es otro capítulo Pues a ver si escribe un articulito sobre nuestra posada, que negocio nos hace falta A ver, sí, a ver Gracias por todo, estamos en contacto, le regalo este papiro. Me voy. Desenróllelo de aquí a dos horas. ¡Uy!, pero qué regalos tan misteriosos Bueno, bueno, le agradezco, vaya en paz buen hombre Gracias, gracias. Y me fui. El papiro contenía el capítulo 10 del evangelio de Lucas. | |||||
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