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Éste es el primer libro que escribo, cuando ya he cumplido 70 años. Un amigo japonés, director de una editorial, me dijo: Fernando, tú que llevas aquí más de cuarenta años, ¿por qué no me escribes un libro de bolsillo con tus recuerdos e impresiones del Japón? Acepté intentarlo. Empecé a teclear en un ordenador japonés y, con las correcciones de Toshihiro Sakai, este libro se publicó en 2003. A mí me ha servido para revivir tantos sucesos y personas entrañables. Lo que no estoy seguro es si le servirá de algo al lector. Y menos aún al lector de esta traducción, porque el original lo escribí en japonés, pensando sólo en el lector japonés. Al traducirlo al castellano tengo que introducir algunos cambios en el original para explicar costumbres y términos japoneses. ...¡Pero no necesito permiso del autor! San Josemaría Escrivá (1902-1975), en su juventud pensó en venir a evangelizar en el Japón (Forja, n. 88). Pero en 1928 Dios Nuestro Señor le hizo ver el Opus Dei y su vocación de Fundador, y aunque conservó siempre su deseo de venir al Japón no le fue posible realizar su sueño. Era voluntad de Dios extender el Opus Dei por todo el mundo, y en 1958, accediendo a los ruegos de Mons. Taguchi, cardenal de Osaka, decidió enviar al Japón los primeros fieles del Opus Dei. A mí me llegó la noticia de esta decisión cuando me encontraba en Boston, recién emigrado a los Estados Unidos. Enseguida escribí a Mons. Escrivá, con el que había convivido en Roma, y le dije que podía contar conmigo para el Japón. Pronto me mandó recado de que aceptaba mi propuesta. Según los planes originales yo debería haber llegado al Japón antes de las Navidades de 1958, para celebrarlas con don José Ramón Madurga, español como yo y diez años mayor, que había llegado al Japón en noviembre. Pero justo el día que empezaba mi viaje, a principios de diciembre, se me produjo un neumotórax, tuve que hospitalizarme, y no pude llegar a Tokio hasta el 18 de enero de 1959. José Ramón vino desde Osaka a recibirme en Tokio. Hacía tanto frío que hasta los fosos del Palacio Imperial tenían una gruesa capa de hielo. José Ramón acababa de apalabrar una pequeña casa en Osaka que podríamos ocupar el primero de febrero. Hasta esa fecha nos alojamos en Tokio en una residencia para sacerdotes junto a las oficinas de la Conferencia Episcopal. Esta residencia no tenía ninguna calefacción, como no solían tenerla la casi totalidad de las casas. Allí se alojaban media docena de sacerdotes americanos recién llegados al Japón que acudían a clases de japonés. En la cena me sorprendió que algunos de ellos estuvieran en mangas de camisa mientras yo tiritaba de frío. Uno de ellos me dijo: Padre Acaso, ¿por qué no toma el ofuro? ¿El qué? Y me explicó que se trataba del baño japonés. Un arca de madera, en la que sólo se cabe en cuclillas, con agua muy caliente. El agua es la misma para todos, o sea que hay que lavarse antes cogiendo agua del baño con una palangana. Meterse en el arca de madera es sólo por la temperatura. Éste fue mi primer ofuro. No sólo dejé de tiritar, sino que, hasta que me metí en la cama un par de horas después, me pareció estar en el paraíso. José Ramón y yo pasamos casi dos semanas en Tokio. Visitamos al Nuncio y a muchas otras personas. El Nuncio estuvo muy cariñoso y paternal con nosotros. Nos transmitió un dicho muy extendido entre los extranjeros que viven en este país: Japan is soft on your feet but hard on your nose (El Japón es blando para tus pies, pero severo para tus narices). Lo de la blandura para los pies ya lo había experimentado. Excepto en edificios públicos, como tiendas u oficinas, aquí uno se quita los zapatos y se pone zapatillas nada más entrar en cualquier casa. En cuanto a los olores, ya me había advertido José Ramón que gran parte de Tokio no tenía todavía alcantarillado. Los excrementos caían en un pozo y, una vez al mes, venía un camión cisterna para absorberlos. Los extranjeros le llamaban con buen humor the honey truck (el camión de la miel). Más tarde pude experimentar que, según la dirección del viento, era posible adivinar su presencia a cientos de metros. Por fin, el 30 de enero por la mañana cogimos el tren hacia Osaka. Cerca del mediodía pasó por el pasillo un vendedor de cajitas de madera con comida. José Ramón compró dos cajas para cada uno y dos jarritas con té. Fernando, hoy vas a saborear la comida japonesa por primera vez. Quizá no te hayas dado cuenta, pero en Tokio sólo hemos tomado comida occidental. José Ramón abrió una de las cajas de madera. Éste es el arroz que los japoneses comen todos los días. Es arroz puro, cocido sin ningún aditamento. A nosotros extranjeros, cuando lo comemos por primera vez, no nos sabe a nada. Se podría decir que sabe a materia prima, aquello que estudiamos en la Cosmología. Pero esto no quiere decir que no sepa a nada; lo que comen a diario más de cien millones de japoneses tiene que ser muy rico ¿verdad? Dentro de una semana tu paladar será capaz de captar el sabor de este arroz, ya verás. Me quedé totalmente convencido. Entonces José Ramón abrió la segunda caja. Había trocitos de pescado, carne, legumbres y un trozo de rábano de color amarillo chillón que emanaba un olor nada agradable. Este rábano amarillo puede olernos mal al principio, pero dentro de una semana ya verás qué rico sabe junto con el arroz. Hice un nuevo acto de fe en José Ramón, que me servía el té. Éste es el té japonés. Al principio nos sabe como a agua sucia. Pero es que los extranjeros no estamos acostumbrados a este delicado sabor. Y para terminar añadió: En fin, ten paciencia y ofréceselo a Dios por la conversión de este país. En estos 44 años que llevo en Japón me he encontrado con muchos extranjeros que viven aquí y no se han acostumbrado a la comida japonesa. Yo, gracias a José Ramón, me acostumbré en una semana, y he aprendido de él muchísimas cosas. José Ramón murió el 29 de junio de 2002 con 79 años de edad. Ha sido para mí más que un hermano mayor, más que un padre, y me consta que me sigue ayudando desde el Cielo. ...Pero me he quedado sin saber quién enseñó a José Ramón aquellos razonamientos que me hizo sobre la comida japonesa en aquel tren camino de Osaka. Llegó al Japón sólo dos meses antes que yo. Al terminar la segunda guerra mundial el Opus Dei empezó a extenderse por muchos países de casi todos los continentes, y para abrir brecha en Japón no podíamos contar con ayuda económica. Teníamos que ganarnos el pan de cada día para aprender japonés, evangelizar a nuestro alrededor y buscar vocaciones de japoneses para el Opus Dei. Para ganarnos la vida, José Ramón ya tenía planeado dar clases de inglés, y había apalabrado varios alumnos a los que empezamos a dar clases nada más instalarnos en la casa que alquiló. José Ramón había hecho el doctorado de ingeniería en la Universidad de Dublín y había trabajado varios años en la compañía estatal irlandesa de electricidad. Después de ordenado sacerdote y de obtener un doctorado en Roma, fue Consiliario del Opus Dei en los Estados Unidos durante cuatro años. Estaba por tanto más que capacitado para enseñar inglés. Pero yo viví en Boston menos de tres años, y tenía que preparar mis clases con esmero. Casi todos los días nos venían unos pocos universitarios y profesionales jóvenes. Su interés por aprender inglés era un buen estímulo para enseñarles lo mejor posible. Y además del interés por el inglés se les veía felices de poder tratar a occidentales, y aprender la cultura occidental de primera mano. Era muy fácil hacerse amigos. Muchos domingos íbamos de excursión con ellos, y no faltaron ocasiones de hablarles del cristianismo. En Japón había verdadera hambre por aprender a hablar inglés. En los colegios sólo se enseñaba inglés a partir de la enseñanza secundaria, y sólo enseñaban a traducir con la ayuda del diccionario. Los japoneses pensaban que para aprender a hablar inglés había que aprenderlo de extranjeros. Para enseñarlo no era necesario ser nativos de un país de habla inglesa; bastaba con tener cara de occidental. Suponían que todos los occidentales hablaban el inglés. En aquel entonces la mayoría de los sacerdotes en Japón eran occidentales, y casi todos enseñaban inglés, como medio de atraer a los japoneses a la Iglesia, aunque no lo enseñaran muy bien. José Ramón ya había averiguado los libros de texto que más se usaban. Pronto nos dimos cuenta que estaban escritos para nativos del francés o del español, pero los japoneses necesitaban aprender y ejercitarse en el uso de los artículos (the, a, an) y del singular y plural, que no existen en el japonés. Esto nos llevó a soñar con llegar a editar libros de texto a medida de las necesidades de los japoneses. Pero esto suponía empezar por un estudio serio de lingüística comparada. En otras palabras: montar un instituto de idiomas modernos. Y este sueño no se nos iba de la cabeza. Al contrario, cada día le encontrábamos más alicientes. No sólo contribuiríamos a mejorar la enseñanza del inglés en Japón, sino que podíamos ayudar a los misioneros que enseñaban inglés. A los pocos meses empezamos a dar los primeros pasos para convertir el sueño en realidad. Me adelanto en el orden cronológico de este relato, pero vale la pena seguir con este tema de las clases de inglés. José Ramón y yo conocimos en los Estados Unidos a un inglés, laico del Opus Dei, que acababa de terminar su doctorado. Le contamos por carta nuestro sueño y vino al Japón, después de estudiar enseñanza de idiomas extranjeros con un famoso lingüista. También vinieron tres americanos y en 1965 abrió sus puertas Seido Language Institute. Nuestro sueño se hizo realidad... sólo en parte, porque se trataba de elevar el nivel nacional de la enseñanza del inglés y conseguir que se enseñara desde la escuela primaria. Sólo ahora, cuando escribo estas líneas, el Ministerio de Educación ha empezado a tomarse en serio esta tarea, y a este cambio del Ministerio han contribuido muchas otras personas y entidades. Ya antes de venir al Japón procuré informarme sobre mi nuevo país, especialmente sobre la historia de la Iglesia Católica en estas tierras. Me había impresionado el encuentro en Nagasaki de los católicos que conservaron la fe durante 250 años de persecución sin ningún sacerdote con el Padre Petitjean. Desde nuestra llegada al Japón ansiábamos con ir de romería a Nagasaki. Quizá valga la pena hacer un inciso aquí sobre este histórico encuentro en Nagasaki del Padre Petitjean con los supervivientes de los católicos del siglo XVI y XVII. Desde la llegada de San Francisco Javier en 1549 aunque sólo estuvo dos años la Iglesia echó raíces profundas. En menos de un siglo llegó a haber tantos cristianos como en la actualidad (400.000), aunque la población era un tercera parte de la actual (120.000.000). Pero por una serie de razones el miedo a convertirse en una colonia occidental, preservar la frágil paz interna, etc. se desencadenó una sangrienta persecución que causó más mártires quizá que en Europa durante los tres primeros siglos de nuestra era. En menos de cien años, desde la llegada de San Francisco, no quedó en Japón un sólo sacerdote, pero muchos cristianos se las arreglaron para vivir la fe en secreto y transmitirla a sus hijos, mientras rezaban sin cesar para que llegaran sacerdotes para poder confesarse y recibir la Sagrada Eucaristía. A mediados del siglo XIX, el gobierno japonés se vio forzado a abrir el muro con que se habían aislado de otros países, y concedieron a las potencias occidentales terrenos para consulados; también en Nagasaki. Los sacerdotes de la Misión de la Diócesis de París esperaban esta oportunidad, porque había rumores en Europa de que los católicos de Nagasaki seguían practicando su fe. En el terreno del consulado francés construyeron una iglesia muy llamativa, pero los católicos no aparecían. El 17 de marzo de 1865 se presentaron una docena de mujeres que querían ver la iglesia. El P. Petitjean les abrió la puerta, se arrodilló ante el sagrario y como consignó en una carta esa misma noche pidió al Señor en su corazón elocuencia para catequizar a esos paganos. Una de las mujeres le dio unos golpecitos en el hombro y le dijo que su corazón y el de ellas era el mismo. No lo entendió bien, y la mujer le preguntó dónde estaba Santa María. Esta fue la palabra clave que le permitió encontrarse con católicos japoneses. Y ésta es la fecha que en el calendario litúrgico del Japón se titula Memoria de Santa María del encuentro con los fieles japoneses. Estas mujeres contaron emocionadas este encuentro a los demás cristianos, pero muchos no les creyeron. Habían pasado siete generaciones y los protestantes se habían establecido también en la ciudad. Pocos días después un cristiano entró en la residencia del P. Petitjean fingiendo vender pescado y preguntó por la esposa del P. Petitjean. Comprobó que éste era célibe y también de que le mandaba el Papa de Roma. Estos sacerdotes veneran a Santa María, son célibes y les ha mandado el Papa, luego estos son los nuestros. En pocos meses decenas de miles de católicos pudieron volver a confesarse y a recibir la Comunión. Aprovechando un puente de nuestro primer mes de mayo en Japón, José Ramón y yo hicimos planes detallados para un viaje de tres días a Nagasaki. Por tren y ferry llegamos a la isla de Shikoku, donde un amigo sacerdote esperaba nuestra visita y cenamos con él. A medianoche nos llevó al puerto donde hacía escala el barco de la travesía nocturna desde Osaka a Kyushu, la isla donde está Nagasaki. Nada más entrar en el barco nos quitamos los zapatos, y nos llevamos una sorpresa inolvidable. ¡Pero si esto parece el Arca de Noé! Es que en vez de camarotes, había una sola cámara inmensa de tatamis que ocupaba todo el fondo del barco. Estaba llena de gente en ropa interior que, medio envueltas en mantas alquiladas, dormitaban desde su salida de Osaka. Sorprendidos por los dos extranjeros de negro riguroso que descendían hacia ellos, se fueron despertando y nos miraban con una curiosidad irrefrenable, sin percatarse que los sorprendidos éramos nosotros. Nos sentamos en un rincón intentando digerir lo que acabábamos de ver. Desde nuestra llegada al Japón ya habíamos observado que, en los viajes largos en tren, algunos hombres se quitaban los pantalones, los doblaban cuidadosamente, y se quedaban en unos calzoncillos que cubren hasta debajo de las rodillas: algo así como los que se usan para el judo, pero más finos. Y, después de extender un periódico en el suelo, se quitan los zapatos. Esto último ya había empezado yo a imitarlo. Pero el espectáculo de este barco fue todo un shock cultural. La mañana siguiente desembarcamos en Beppu, dijimos Misa y desayunamos con el párroco italiano. Un tren a vapor nos introdujo por las montañas a través de un valle estrecho y tortuoso de singular belleza. En Tosu, nudo de los ferrocarriles de Kyushu, cambiamos de tren y dimos con el andén donde pararía el tren con destino a Nagasaki. En ese mismo andén había un tren larguísimo lleno de alumnos de secundaria que hacían el viaje de estudios. José Ramón y yo éramos los únicos que transitábamos por el andén, y, según íbamos pasando, por cada ventana de aquel tren se asomaban una decena de cabezas peladas con el uniforme negro del colegio, y gritaban: ¡Americanos! ¡Americanos! Después de la sorpresa inicial comprendimos que estos buenos chicos veían un occidental seguramente por primera vez. Ya de noche llegamos a Nagasaki y nos fuimos en taxi al hotel en el que habíamos reservado habitación. La mañana siguiente fuimos a la catedral y dijimos Misa. Para enseñarnos Nagasaki habíamos conseguido, por medio de un amigo de Osaka, que el Prof. Yakichi Kataoka, ferviente católico y renombrado historiador fuera nuestro cicerón en inglés. A la hora convenida nos estaba esperando junto a la imagen de Santa María Madre del Japón, frente a la entrada de la catedral. Aquel día llovía en Nagasaki. En vez de paraguas, traíamos unos impermeables de plástico que habíamos comprado por un precio irrisorio antes del viaje. Envueltos en los impermeables nos felicitamos por nuestra buena idea. Pero cuando nos paramos a comer caímos en cuenta que estábamos más mojados por dentro que por fuera. Ésta fue nuestra primera experiencia de la humedad del Japón. Desde entonces no he vuelto a usar impermeables de plástico. Japón es el país de los paraguas: alguien calculó que hay cinco paraguas por cada japonés. En el lugar donde crucificaron a los primeros 26 Santos Mártires del Japón hoy se levanta un magnífico monumento, un museo y una iglesia. Pero en aquellas fechas sólo había un solar cercado. El Prof. Kataoka nos contó con detalle el martirio, y pedimos emocionados por la conversión del Japón. Ese mismo día cogimos un tren y, después de 24 horas de trasbordos y peripecias, recomenzamos las clases de inglés en nuestra casita de Osaka. Por consejo del Prof. Kataoka compramos dos réplicas de los fumie: que literalmente significa imágenes para pisar. Eran dos medallones de la Virgen de Guadalupe que, durante la persecución, la policía usaba todos los años para obligar a pisarlos a los sospechosos de ser cristianos. Los colocamos en el retablo de nuestro oratorio. En el día más caluroso de agosto de 1959 llegó al Japón don José Antonio Armisén, procedente de los Estados Unidos. Ocupó la tercera habitación de la casa, y los tres continuamos estudiando japonés y enseñando inglés. Estaba empezando a terminar la canícula húmeda del Japón cuando, el 26 de septiembre, el histórico Tifón de la Bahía de Ise asoló gran parte del Japón. Para los tres era el primer tifón de nuestras vidas. También hay tifones en Estados Unidos, pero ninguno se había cruzado con nosotros. El día 25, como todos los días, nos pusimos a estudiar japonés cada uno por su cuenta. A media mañana nos extrañó oír martillazos en los jardines de las casas vecinas. Nos asomamos y vimos que estaban clavando tiras de madera encima de las contraventanas. Les preguntamos con nuestro rudo japonés qué pasaba y nos dijeron que se acercaba un tifón. Encendimos la radio pero no entendimos nada. Además, no se había instalado todavía el radar en lo alto del Monte Fuji, y los pronósticos eran ambiguos. Menos mal que José Ramón, que sabía algo sobre los tifones, preguntó a un conocido del barrio, y comenzamos los preparativos para el tifón. Mientras José Antonio y yo llenábamos las ollas de la cocina y la bañera con agua, y cerrábamos las persianas con clavos, José Ramón fue a comprar velas y latas de comida. El cielo se cubrió de nubes y empezó un viento fuerte acompañado de aguaceros. Aquella noche no dormimos. Pensamos que el viento se llevaba el techo de la casa. De madrugada el viento amainó y paró de llover. Excepto por la lluvia que se metió entre las tejas en un armario empotrado, habíamos salido ilesos. Conseguimos conectar la radio con una estación en inglés de las fuerzas americanas, y nos fuimos enterando de los daños causados. A los pocos días se supo que habían muerto 5.918 personas, casi todos en una zona alejada de la nuestra. Voy a añadir un recuerdo algo pintoresco de aquel tifón. Aquella casa alquilada estaba rodeada de un minúsculo jardín con un sólo árbol de caquis enfrente de la terraza. A principios de agosto empezaron a madurar varias decenas de caquis que pensábamos comernos en octubre. Pero cuando salimos al jardín después de aquella aciaga noche comprobamos que todos estaban en el suelo aún verdes. Cuando hicimos la limpieza del jardín los tiramos con cierta nostalgia: nos quedamos sin saborear aquellos caquis.
Pocas semanas después de llegar yo al Japón conocimos al Prof. Kunisawa, decano de la Facultad de Español de la Universidad de Osaka de Estudios Extranjeros. Era un ferviente protestante y nos rogó que empezáramos Clases de Biblia semanales en inglés y español en su universidad. Él se encargó de importar la edición del Nuevo Testamento que le indicamos, y de hacer propaganda de estas clases entre los alumnos. Se trataba por supuesto de una actividad extracurricular. Se apuntaron y pagaron por los libros una veintena de estudiantes para cada clase. Nos sorprendió su interés, y no había barrera del idioma porque hablaban español o inglés. Algunos domingos venían por casa, nos hicimos amigos, y varios años después cinco de ellos se hicieron católicos. De estos cinco, cuatro llegaron a ser profesores de universidad, y el quinto entró en el cuerpo diplomático. Para llegar a hacernos amigos fuimos con frecuencia de excursión. Con los de español cantamos muchas canciones. Me llevaron a un tipo de café, que se estilaba entonces, donde todos los que entraban cantaban canciones juntos. En cada mesa había unos libritos para cada uno con las letras. En el escenario, un semiprofesional, con la ayuda de la guitarra, dirigía las canciones que coreábamos más de un centenar de personas. Uno de aquellos estudiantes me invitó a pasar una noche en casa de sus padres. Era una casa de campesinos, con más de cien años, muy alejada de cualquier ciudad. Aquel par de días aprendí muchas cosas que los libros no enseñan. No se me olvidará la cena, sentados todos en el tatami rodeando el irori, el hogar incrustado en el suelo. Ni tampoco cuando al amanecer tuve que salir fuera a lavarme junto al pozo. El Japón fue, hasta hace relativamente poco, un país pobre, comparado con Europa. El trato con aquellos estudiantes me enseñó muchas cosas del Japón y me ofreció ocasión de empezar mi labor de evangelización. Con dos estudiantes católicos subí por primera vez al Fuji en julio de 1959. En aquellos tiempos sólo se podía decir Misa por la mañana. Nos alojamos en el único pueblo en la falda de la montaña que tenía iglesia. Después de decir la Misa muy temprano, un autobús, muy pequeño pero potente, nos subió hasta cerca de los dos mil metros sobre el nivel del mar por un camino de rocas con curvas continuas. Fue algo así como subirse a un tobogán en un parque de atracciones, pero duró casi dos horas, y el autobús no tenía raíles. Varias veces pensé que íbamos a caer por algún barranco. Al bajarnos del autobús empezamos a caminar por un camino tortuoso cada vez más empinado, junto con muchos otros excursionistas que nos precedían o nos seguían. Pronto desaparecieron los matorrales. La punta del Fuji es como un montón inmenso de escoria rojiza de carbón. Al atardecer, cerca de los tres mil metros, entramos en un albergue muy primitivo, para pasar la noche. Toda la superficie de la única habitación tenía suelo de tatami y allí nos colocamos unas cuarenta personas como sardinas en lata. Nunca he experimentado nada tan cercano al sentido literal de esta expresión, excepto que se trataba de personas humanas y no de sardinas. No pegué ojo. Hacia las tres de la mañana nos pusimos todos en camino con linternas en fila india, porque todos queríamos ver salir el sol desde la cumbre. El paisaje, mientras subíamos hacia el refugio la tarde anterior, era impresionante. El Fuji, con sus 3.776 metros de altura, el monte más alto del Japón, está cerca del mar, y no tiene ninguna montaña a su alrededor. Era como las vistas desde un avión. Se veía el pueblo donde pasamos la noche anterior y, al anochecer, a menos de cien kilómetros, brillaba Tokio y la franja de mar donde se concentra gran parte de la población del Japón. Llegamos a la cumbre poco después del amanecer y esperamos tiritando de frío a que saliera el sol. No me siento capaz de describir aquella salida de sol. Únicamente reseñaré que entendí el por qué de la bandera nacional japonesa. Desde tiempos inmemorables una gran parte de los japoneses han vivido contemplando el Fuji, y todos los veranos suben decenas de miles. Hay relatos de estas subidas de hace ochocientos años. Incluso ahora por las noches, desde la falda, es posible ver regueros de luces, como gusanos de luz, de los que trepan hacia la cima. Después de la salida del sol, dimos una vuelta al cráter, un paisaje lunar pero con nieve. El dar la vuelta a aquel cráter es algo que no se olvida. Para bajar del monte empezamos por la senda zigzagueante por la que subimos. Pero muy pronto los que nos precedían se metieron por una hendidura llena de arena rojiza. Más que andar era como patinar. Con cada paso avanzábamos casi diez metros. Y nos vino muy bien porque tenía que decir la Misa antes del mediodía. ...Y desde la medianoche, para poder comulgar, sólo pudimos beber agua. He vuelto a subir al Fuji más de diez veces. Cuando vivía en Kyoto empezó a funcionar El Tren Bala y desde la estación más cercana al Fuji suben autobuses sobre carreteras asfaltadas hasta los dos mil metros. Y para colmo de lujos se podía decir Misa por las tardes y comer hasta tres horas antes de la Comunión. Según un dicho japonés El que sube dos veces al Fuji está loco. Yo debo estar loco porque me encanta subir al Fuji. La verdad es que me hubiera gustado más ir a los Alpes japoneses, pero al Fuji podía ir sin dejar de decir Misa ningún día. En una de aquellas excursiones nos tocó subir metidos en una extraña nube y empezaron a dispararse relámpagos mudos que rebotaban en los bordes de la nube en que nos habíamos metido. Deberíamos haber sentido miedo porque cada varios años mueren algunas personas electrocutadas en estas laderas. No sentimos miedo porque no lo sabíamos y porque estábamos embelesados por aquel espectáculo que rebosaba nuestra imaginación. En otra de aquellas excursiones subimos con tan buen paso que, en vez de pararnos en el albergue antediluviano, seguimos hasta la cumbre donde los refugios son más amplios. Antes de entrar en el refugio pudimos ver el espectáculo singular del cráter entrando en la noche. La nieve parecía no querer oscurecerse. En el refugio nos asignaron una especie de cueva del tamaño justo para los cinco que íbamos. En plena euforia nos dispusimos a cenar, pero antes de probar bocado nos entraron ganas de vomitar y, con un dolor de cabeza muy agudo, nos tendimos en el suelo. Esto era el mal de montaña, del que habíamos oído hablar. Fue un error subir de un tirón. La última vez que subí al Fuji fue a finales de agosto, justo el día antes que cerraran los refugios. Esta vez paramos en un refugio cerca de donde se acaba la carretera porque empezó a llover. El día siguiente había dejado de llover, vimos la salida del sol desde la puerta del refugio, y decidimos subir a la cumbre. Cuando nos acercábamos nos encontramos con una blanda capa de nieve de unos cinco centímetros. El día siguiente, todos los periódicos anunciaban la primera nevada en el Fuji, más temprana que nunca. A los dos meses las autoridades de la meteorología desmentían la noticia y anunciaron que fue la última nevada de la primavera anterior. En septiembre de 1959 decidimos mudarnos a una casa grande que sirviera como residencia de universitarios y academia de idiomas. Como no teníamos dinero para comprar una casa buscamos una en alquiler. Después de muchas pesquisas, en octubre la encontramos en la pequeña ciudad de Ashiya, justo entre Osaka y Kobe. Era una casa de dos pisos, de factura tradicional japonesa. Casi todas las habitaciones eran de tatami y no eran necesarias camas ni casi ningún mobiliario. Un amigo, profesor de la Universidad de Osaka, nos aconsejó llamarla Seido Juku, y poner este rótulo en el portón de entrada al jardín. Nos explicó que Seido es el antiguo nombre de la ciudad, y juku significa algo así como academia-residencia. Ashiya está muy bien comunicada. Tres líneas de trenes urbanos pasan por esta ciudad. Dos habitaciones las convertimos en dos aulas para doce alumnos cada una. Tuvimos que poner cubiertas de plástico duro sobre los tatamis para no dañarlos, y compramos sillas plegables con una pequeña superficie para poner algún libro y poder tomar notas. El distribuidor de periódicos de aquella zona, nos insertó unas hojas anunciando las clases y nos vinieron muchos alumnos. También nos vinieron residentes a través de nuestros amigos. La academia de idiomas fue creciendo hasta independizarse con el nombre de Seido Language Institute, en edificio aparte y como una sociedad civil. Pero ya desde el principio, tanto la academia como la residencia fue ocasión de muchas conversiones. En 1960 llegaron las primeras mujeres del Opus Dei y abrieron una residencia de estudiantes desde el principio. Cuando los residentes y alumnos mostraban deseos de bautizarse, después de estudiar el Catecismo, los presentábamos al párroco más cercano a su residencia, y recibían el bautismo en la parroquia, o en nuestros oratorios, si su familia vivía lejos. También nos llegaron vocaciones al Opus Dei, tanto de célibes como de casados. Llegó un momento en que los sacerdotes de la Prelatura redujimos las clases de idiomas para dedicarnos a nuestra misión de atender pastoralmente a los fieles del Opus Dei y a los catecúmenos. En Seido Language Institute, a aquellos primeros profesores ingleses y americanos se unieron otros especialistas, japoneses y extranjeros, católicos y no cristianos, y elaboraron libros de texto y casetes, que tuvieron muy buena acogida en muchas escuelas y universidades de todo el país. También los usan sacerdotes y religiosas. Cuando escribo estas líneas aquel boom del inglés está en declive; en parte porque ya se enseña mejor en las escuelas estatales, y porque son cada vez más los japoneses que han nacido y vivido en países extranjeros. Al principio de los años cincuenta José Ramón y yo estudiamos Derecho Canónico en la Universidad de Santo Tomás en Roma. José Ramón hizo amistad con un sacerdote americano que, cuando llegamos a Osaka, era Canciller de la diócesis de Kyoto. Después de visitarle un par de veces, el obispo nos pidió poner un centro en Kyoto para la labor con estudiantes. En 1963 se inauguró Yoshida Student Center, academia-residencia, en el centro de las muchas facultades de la ex imperial Universidad de Kyoto. Nos fuimos a vivir allí Antonio Mélich, periodista, David Sell y yo. David Sell es uno de aquellos americanos que he mencionado antes. Hizo sus estudios en la Universidad de Kyoto y llegó a obtener un doctorado en lingüística. A mí me contrataron para dar clases de español un par de días por semana en la Universidad de Kyoto de Estudios Extranjeros y ayudé en varias labores diocesanas. De la labor de Yoshida Student Center salieron numerosas conversiones y vocaciones. Muchos de estos estudiantes, al acabar la universidad, se trasladan a Tokio para empezar su labor profesional. Para continuar el trato con los que se habían bautizado y los que estaban cercanos al bautismo, durante dos o tres años viajé a Tokio casi todos los meses. Allí me acogió con gran afecto el P. Sawada, consiliario de la Federación Nacional de Estudiantes Católicos, y usaba su capilla. Como es natural, en toda labor de evangelización, junto con la enseñanza del cristianismo hay que impartir formación en las virtudes humanas. Tanto a los catecúmenos, como a los católicos, hay que ayudarles a que cojan el hábito de levantarse a la hora en punto, y también a que hagan un breve examen de conciencia por la noche preguntándose qué han hecho bien y qué han hecho mal ese día, y qué pueden hacer mejor el día siguiente. Este párrafo es una introducción para contar un sucedido en Tokio. Hablaba con un muchacho que acababa de entrar en el cuerpo diplomático. Me contaba sus esfuerzos para vivir la vida de fe recién adquirida, y me dijo. Don Fernando, perdóneme porque este mes he sido bonzo de tres días. Es una expresión muy frecuente en Japón para indicar inconsistencia en los buenos propósitos. No te preocupes, todos los humanos somos bonzo de tres días. Lo importante es poner en práctica lo de caer siete veces y levantarse ocho. Caer siete veces y levantarse ocho es una antiquísima expresión japonesa que casi coincide con la de la Biblia de que El justo cae siete veces y otras tantas se levanta. Ya tendré ocasión de referirme a este tipo de coincidencias que me han llevado a pensar que, a pesar de las diferencias culturales e históricas, todos los humanos somos asombrosamente iguales. Cuando el mes siguiente volví a ver a este joven diplomático me llevó a su habitación en una residencia del Ministerio para oficiales solteros. En la pared encima de la cama había un papelón escrito por él mismo con un rotulador, en el que se leía en grandes letras: Tengo que ser todos los meses diez veces bonzo de tres días. Tres por diez, treinta. Don Fernando, y ¿si un mes tiene 31 días? Me pareció un poco escrupuloso y le dije. Pues ese día de más te tumbas a la bartola, y no te preocupes.
En estos viajes mensuales a Tokio, también atendía la labor de las mujeres del Opus Dei. A ellas y a sus amigas les predicaba y les confesaba. En una de estas ocasiones una señora me pidió que me pusiese en contacto con su hijo. Éste había vuelto a Japón después de hacer estudios de graduado en Inglaterra, acababa de casarse y quería ser novelista. Mientras ayudaba a un novelista famoso, enseñaba inglés en una universidad. Su madre no pudo bautizarle cuando nació porque su marido no cristiano se opuso. Nunca dejó de rezar por él, y pocos días antes su hijo le había dicho que quería bautizarse. Le llamé por teléfono esa misma tarde, y el día siguiente fui a verle a su casa. Don Fernando, para escribir novelas tengo que ser capaz de penetrar en el corazón del hombre. Pero antes tengo que ser capaz de penetrar en el mío. Y esto no es nada fácil. Ser sincero con uno mismo es dificilísimo. Cuando lo intento, enseguida encuentro excusas y me engaño a mí mismo. Yo no hacía más que asentir a todo lo me decía, y prosiguió: Los católicos, en la Confesión, se acusan de sus pecados al sacerdote ¿verdad? Si lo que yo encuentro en mi conciencia se lo digo al sacerdote, me daré cuenta si me engaño o no. Mi madre ha intentado siempre que me hiciera católico, pero este razonamiento que le acabo de contar me ha hecho decidirme a recibir el bautismo. ¿Le parece suficiente? ¿Qué he de hacer? Le di las señas de un sacerdote amigo de Tokio, y le llamé por teléfono para ponerle en antecedentes del joven profesor que iría a visitarle. Por diversas rezones, mis contactos con este catecúmeno se limitaron a un breve encuentro cada varios meses, y al cabo de un año seguía sin bautizarse. Nos escribíamos por Año Nuevo, y cuando dejé de ir por Tokio, a los tres o cuatro años de aquel primer encuentro, me comunicó que se había bautizado con su mujer y su niño. Nunca se me olvidará lo que aprendí de este catecúmeno: que gracias al Sacramento de la Confesión, no sólo se nos perdonan los pecados, sino que logramos ser sinceros con nosotros mismos. Ya he contado al principio de este relato que antes de venir al Japón se me produjo un neumotórax y tuve que hospitalizarme casi un mes. Cuando le comuniqué a José Ramón que se retrasaba mi llegada al Japón, me escribió una carta muy cariñosa y en correo aparte me llegó un libro titulado Japonés en cuatro semanas. El título me gustó, pero la primera lección empezaba con una lista de vocabulario en que, junto a palabras como apple y uncle, aparecían unos signos endiablados que me dejaron perplejo y desesperanzado. Nunca aprenderé japonés, me dije. Gracias a Dios enseguida recuperé la fe de que aprendería japonés, pero decidí dejar el estudio del japonés hasta que llegara al Japón. Nada más mudarnos a aquella pequeña casa el 1 de febrero de 1959 nos pusimos a estudiar japonés por nuestra cuenta. La única escuela de japonés para extranjeros estaba en Tokio, a más de 800 kilómetros. Tenía ya experiencia de haber estudiado italiano e inglés y, aplicando la lógica de José Ramón sobre la comida japonesa, pensé que el idioma que hablan cien millones de japoneses sería posible llegar a manejarlo con codos y la ayuda de Dios. Me hablaron de un joven profesor de la Universidad de Osaka de Estudios Extranjeros que sabía inglés y tenía experiencia de dar clases particulares de japonés a extranjeros. Además vivía cerca de nuestra casa. Le llamé por teléfono para ir a verle pero insistió en venir él a nuestra casa. Durante dos meses vino a darme clases privadas por un precio muy razonable. Luego me enteré que su insistencia por venir él a nuestra casa se debía a que vivía en un piso pequeñísimo y tenía un niño recién nacido. Me consiguió un libro de texto que, sin pretender enseñar el idioma en cuatro semanas, era muy asequible y noté que progresaba. No pudo seguir viniendo, pero continuamos estudiando por nuestra cuenta muchas horas al día. Cuando me enredaba y no entendía, le preguntaba a José Ramón, que progresaba más rápido que yo. En aquellas primeras semanas, el momento más esperado para nosotros era la llegada del cartero. El descifrar aquellas tarjetas postales era todo un suspense. Primero teníamos que poner la tarjeta de pie, y no pies arriba. Aunque por aquel entonces no había todavía código postal, no era difícil distinguir el lado de nuestras señas del lado del mensaje. El siguiente paso era buscar números, que ya habíamos aprendido. También sabíamos manejar un diccionario de caracteres chinos. Buscábamos los que venían en letras más gordas, y nos enterábamos que se trataba, por ejemplo, de la factura de la electricidad. El siguiente paso era más difícil porque se trataba de distinguir la cifra del número del contador del precio de la factura. Al cabo de un buen rato coronábamos nuestros esfuerzos y llegamos a estrecharnos las manos para felicitarnos por nuestra hazaña. Quizá sea una exageración, pero tengo la impresión de que aprendimos tanto japonés gracias al cartero que con los libros de texto. Mientras estudiaba Derecho en Roma intentaba aprender inglés. Gracias al diccionario logré leer algo de inglés, pero no veía forma de llegar a hablarlo. Un irlandés compañero de estudios, que hablaba varias lenguas, me dio el siguiente consejo: Mira Fernando, lo que tienes que hacer es leer un libro interesante sin mirar el diccionario. ¡Pero qué dices!, ¿sin diccionario? Así como lo oyes, ¡sin diccionario! Haz una prueba: pon una rayita a lápiz en el margen de la línea en que haya una palabra que no entiendes, y luego escribe a pie de página cuántas palabras no has entendido. Lo decía tan seguro de sí, que decidí probar. Al principio más bien para demostrarle que estaba equivocado. Pero resultó que escogí un libro muy interesante y, según avanzaba, pude comprobar que la cifra de palabras desconocidas bajaba. Hacia la página 30 ya sólo había dos o tres palabras. Acabé por darme cuenta que no se trataba de poder traducir al español cada una de las palabras sino de entenderlas en el contexto. Al año y medio de llegar al Japón decidí aplicar este método al japonés. Primero me enteré de la novela de detectives que más se vendía. Adquirí un ejemplar y me puse a leerla. Para enterarme de quién era el criminal logré llegar al final, sin usar el diccionario. Me di con canto en los dientes y bendije a mi amigo irlandés. Desde entonces he seguido leyendo libros en japonés. Hace unos diez años hice un impreso titulado Libros recomendados por el P. Acaso. Lo reparto a diestro y siniestro porque se trata de libros que pueden ayudar como introducción al cristianismo. Lo reedito cada año. Acabo de cambiar el título; ahora es Libros y DVDs recomendados por el P. Acaso. Ahora mis lecturas están más bien orientadas a poner al día este impreso.
En un libro de Minoru Hamao leí algo que cambió mis hábitos de lectura. Minoru Hamao, católico muy ferviente, fue preceptor del actual emperador. Cuenta en ese libro que su única distracción era comprar libros al salir de sus servicios en el Palacio Imperial. Era también lo único que compraba, porque desde sus calcetines a la crema de afeitar se lo compraba su esposa. Pero un buen día se encontró con que tenía en casa muchos libros que no había llegado a leer. Le pareció un despilfarro, se propuso moderar su impulso al comprar libros, y se fijó el siguiente lema: Esperar una semana antes de comprar un libro. Cuando encontraba un libro que le apetecía leer, se apuntaba el título en la agenda, y pasada una semana, muchos libros ya no le parecían tan interesantes. Este consejo me lo apliqué a mí mismo, y no sólo para comprar libros. Me ha dado muy buen resultado. Minoru Hamao también aconsejaba otro principio: Si empiezas a leer un libro tienes que acabarlo. Dudé si seguir este consejo. Ciertamente hay muchos libros que empiezo a leer, y si me resultan aburridos los dejo. Pero si me proponía este principio, iba a coger miedo a empezar a leer un libro. Seguía con estas dudas y pedí consejo a un amigo. Éste me dijo que él seguía otro principio: Si empiezas a leer un libro, no lo dejes hasta la página 35. Le pregunté por qué hasta la página 35 y no hasta la 40 o la 30. Me dijo que no lo sabía; que así le aconsejó un profesor en el bachillerato y que a él le había dado buen resultado. Empecé a seguir este consejo y le estoy muy agradecido a aquel amigo. Me ha ocurrido varias veces que al llegar hacia la página 20, el libro me parecía un tostón y me daban ganas de dejarlo, pero he seguido hasta la página 35 y me ha resultado entretenido hasta el final. ...Pero con frecuencia al llegar a la página 35 he dejado de leer muchos libros. Tanto al aprender italiano como inglés, noté que los refranes son muy útiles para transmitir un pensamiento. También al estudiar japonés busqué refranes y me encontré con un Diccionario de Refranes. Algunos, como El tiempo es oro, parecen ser comunes a todos los idiomas. Pero también me encontré con algunos peculiares del Japón. Un amigo que supo de esta afición mía me preguntó: ¿Cuál es el refrán japonés que más le gusta? Casi sin pensarlo le dije uno que se podría traducir así al japonés: Los hoyuelos que deja la viruela en las mejillas son como los hoyuelos de una sonrisa. Recuerdo que cuando me encontré con este refrán no lo entendí. Sobre todo porque aparecía por primera vez el carácter chino para los hoyuelos que deja la viruela. Y cuando lo busqué en el diccionario me quedé asombrado de que en japonés y chino, se pudiera decir tanto con un solo carácter. En un diccionario más extenso de refranes encontré la explicación: el refrán original era más extenso. A ojos enamorados, los hoyuelos que deja la viruela en las mejillas son como los hoyuelos de una sonrisa. Pero ¿por qué respondí sin demora que este refrán era el que más me gustaba? Es que me di cuenta que este refrán venía a decir lo mismo que unas palabras del Fundador del Opus Dei que llevo grabadas en el corazón desde mi juventud; es el número 463 de Camino. Más que en dar, la caridad está en comprender. Por eso busca una excusa para tu prójimo las hay siempre, si tienes el deber de juzgar. Esto es lo que llevo intentando practicar y enseñar a los demás. Gracias a este refrán me parece que he podido hacer este pensamiento más asequible a los japoneses. La religiosidad de los japoneses es un tanto curiosa. En las encuestas Gallup que comparan la religiosidad de varios países, un noventa por ciento de los japoneses contestan que no creen en Dios. En este sentido es el país más ateo del mundo. Pero en las estadísticas que presentan anualmente todas las asociaciones religiosas reconocidas por la ley (y con este reconocimiento evitan pagar casi todos los impuestos), la suma de los afiliados a las distintas religiones suman doscientos millones, casi el doble que la población. ¿Cómo es esto posible? Es que casi todos los japoneses tienen dos religiones. O más exactamente, que la mayoría de los japoneses se casan con un rito shintoista y los entierran con un rito budista. (Un conocido mío, poco respetuoso con las religiones japonesas, me decía que el Shintoismo es el negocio de las bodas, y el budismo el negocio de los funerales). Otra de las preguntas de la encuesta Gallup es sobre la religión preferida. ¡Un tercio! de los japoneses contestan que la cristiana. El resto está dividido entre muchas religiones. El Shintoismo y el Budismo apenas llegan al diez por ciento. Voy a relatar un sucedido en el que se refleja lo que acabo de escribir. Un joven arquitecto se disponía a viajar un par de años por el mundo, antes de montar su estudio en Tokio, y vino a practicar inglés conmigo. Nos hicimos amigos y me llevó a ver lo mejor de la arquitectura clásica japonesa en Nara y en Kyoto. Sólo por esto le estoy muy agradecido. Yo aproveché para hablarle sobre el cristianismo pero no mostraba el menor interés. Al cabo de dos años volvió al Japón y vino a verme. Me dijo que había conocido a una japonesa en París y pensaban casarse. Me pidió que bendijera su matrimonio, delante de sus familias y amigos, en la sala del hotel donde se celebraba la boda. Le pregunté por qué quería una ceremonia cristiana y me contó que, cuando decidieron casarse, lo primero que hicieron fue comprar dos cruces de oro con cadenitas, entraron en una iglesia donde no había nadie, se las pusieron uno al otro en el cuello y le rezaron a Dios. También me dijo que de momento no tenían intención de hacerse católicos, pero querían sellar su fidelidad hasta la muerte con la bendición del sacerdote católico. Le dije que me dejara pensarlo dos o tres días. Fui a ver al arzobispo y le pedí consejo. Me dijo que aceptara y me enseñó cómo podía ser la ceremonia. Los banquetes de las bodas en Japón son muy ceremoniosos y solemnes. Durante la mayor parte del tiempo sólo hay discursitos ingeniosos y graciosos que llevan preparados algunos invitados a los que se les ha pedido con anterioridad. Por supuesto que no hay baile, y lo que menos importa es la comida. En mi caso la boda fue aún más solemne, antes de que sirvieran la comida, todos siguieron el rito de la bendición nupcial con gran respeto y devoción. Luego habo los discursitos de rigor. La joven pareja se instaló en Tokio y les visité un par de veces. Todavía nos escribimos por Año Nuevo, pero siguen sin dar señales de bautizarse. Pocos años después de aquella boda, la Conferencia Episcopal obtuvo permiso de la Santa Sede para oficiar matrimonios entre no cristianos en las iglesias.
Hoy día el dólar fluctúa alrededor de los cien yenes. Pero cuando llegamos al Japón se mantuvo en los trescientos sesenta yenes muchos años. Como veníamos de América, al ir de compras hacíamos el cálculo en dólares y todo nos parecía muy barato. Fíjate, un corte de pelo solo cuesta 30 centavos. Y estos calcetines menos de un dólar. Hasta que un día, José Ramón, al volver de un viaje a Tokio, nos contó lo siguiente. Un amigo suyo americano que había trabajado bajo las órdenes MacArthur durante la ocupación del Japón, se había establecido en Tokio y tenía una compañía de exportación e importación. Le contó a José Ramón que un domingo fue con su familia de paseo al campo y se fijó en una familia de campesinos que se dedicaban a hacer escobillas delante de su casa. Le parecieron un primor y les preguntó: Serán muy caras ¿verdad? Sí, cuestan diez yenes cada una. Aquel americano se quedó sorprendido. Aquellas escobillas, auténticas piezas de artesanía, costaban sólo tres centavos de dólar. Después de que José Ramón nos contara este sucedido, empezamos a calcular en escobillas. Fíjate, estos calcetines cuestan 36 escobillas. ¡Qué caros son! El Fundador del Opus Dei seguía con todo detalle nuestros primeros pasos en Japón y en sus cartas se preocupaba de todo lo nuestro, con corazón de padre y de madre. Nos dijo que procuráramos descansar en el verano. El verano en Japón es de los más calurosos de toda Asia, y la humedad muy alta. Y entonces los acondicionares de aire en casas privadas eran un lujo sólo asequible a los muy ricos. Antes de seguir adelante, voy a hacer un inciso, sobre el parecido entre Japón y Europa. De niño aprendí de mi madre que la canícula es de Virgen a Virgen. Es decir, los días de más calor son desde la Virgen del Carmen, 16 de julio, a la fiesta de la Asunción de la Virgen, 15 de agosto. Pues resulta que en Japón dicen que la canícula es del 15 de julio al 15 de agosto. Durante la canícula no veíamos nada fácil irnos a descansar. Los extranjeros entonces éramos muy llamativos. Nos miraban como a bichos raros y susurraban a nuestras espaldas. Una vez fuimos a bañarnos a una playa, pero no nos quitaban ojo de encima. Los japoneses tienen un bronceado perpetuo, pero los occidentales somos de un blanco que parece que nos han hervido, y los hombres tenemos pelos en las piernas, los brazos y el pecho. Los chicos pequeños en vez de mirarnos de reojo se nos plantaban a un metro de distancia, sin el menor recato, o se alejaban llorando. Así no hay forma de descansar. En éstas estábamos cuando un amigo nos habló de Nushima, una isla diminuta en el Pacífico a unos diez kilómetros de la costa. Viven allí un centenar de pescadores y no hay por supuesto ningún hotel u hostal. Pero el bonzo había alquilado el verano anterior parte del templo al cónsul francés. Nuestro amigo se puso en contacto con el bonzo y fuimos a darle un vistazo a Nushima. El viaje fue una odisea: tren, barco, autobús, barquichuela. Nos llevó dos días ir y volver, pero valió la pena. Nushima nos pareció un paraíso y en el poblado parecía que todavía discurría el siglo XIX. La casa que nos alquilaba el bonzo tendría sus trescientos años y no tenía ni una silla. Era muy amplia y tenía mosquiteras que se colgaban del techo sobre las colchonetas y dejaban pasar la brisa pero no los mosquitos. Desde el segundo verano después de nuestra llagada al Japón, nos dividimos en dos grupos y pasamos unos diez días cada grupo en este paraíso. La mujer del bonzo nos pasaba unas bandejas con las comidas. Casi todo el día lo pasábamos en una playa para nosotros solos. Allí estudiábamos y dábamos clases de Catecismo. Porque vinieron con nosotros aquellos residentes y amigos que se preparaban para el bautismo. Los pescadores lugareños le llevaban a la mujer del bonzo raras especies de pescado para que nos lo sacara para la comidas. En la isla había un solo receptor de televisión en el sacro del templo, y por las tardes venían algunos pescadores ancianos a ver el sumo (una especie de lucha libre pero menos muy popular en Japón). Al tercer verano quisimos apalabrar de nuevo aquella casa, pero el bonzo nos dijo muy amablemente que no. No nos dio razones, pero sospechamos que a los altos jefes de su secta no les pareció bien que se celebrara Misa todos los días en uno de los edificios del templo. Buscamos otro lugar y encontramos una pequeña casa, anexo de un hotel, junto al estrecho de Naruto. Por aquel entonces el Fundador del Opus Dei nos animó a buscar unos terrenos en un lugar fresco y tranquilo donde tener durante todo el año convivencias y cursos de retiros. Después de muchas pesquisas dimos con una zona en la cordillera detrás de la ciudad de Ashiya que estaban urbanizando. Pocos meses después se inauguró Okuashiya Study Center. Tiene habitaciones individuales para veinte personas, y está situado en el centro de un bosque de pinos. Junto a este Centro hay un pico, que se llama Gorogoro, con vistas magníficas. Les preguntamos a varios amigos qué significaba gorogoro, porque no venía en ningún diccionario. Es que cuando truena en estos montes resuena en la costa con el ruido gorogoro. Nos quedamos satisfechos. Pero un día vimos que en la cima de este pico había este cartel: Pico Gorogoro, 565,6 metros sobre el nivel del mar. Y caímos en cuenta que la cifra 5656 admitía la lectura gorogoro. El alquiler de Seido Juku en Ashiya era caro, y para aumentar los ingresos tuvimos que aceptar dar clases de inglés por las mañanas en empresas públicas y privadas. Todas las semanas iba a enseñar una de estas clases en el centro de Osaka y tenía que tomar el metro. Desde la estación en que me bajaba tenía que recorrer un largo pasadizo hasta salir a la superficie. Un día vi que al final de aquel pasadizo había un hombre tumbado en el suelo. Por la vestimenta era obvio que no se trataba de un mendigo. Tuve el instinto de correr hacia él, pero iba en el medio de un pelotón de unas cincuenta personas que nos bajamos en aquella estación, y no pude adelantarme. Mi sorpresa fue que los que me precedían ¡pasaron de largo sin hacerle caso! Unos que iban antes que yo, por fin se agacharon a atenderle. En parte me alegré porque por entonces mi japonés era muy deficiente. Me alegré más aún cuando aquel hombre abrió los ojos y se puso en pie. Parece ser que sólo fue un mareo. Pero... ¿Por qué pasaron de largo tantas personas? Esta pregunta empezó a angustiarme, incluso durante la clase de inglés. Nada más volver a casa le conté a José Ramón mi desconcierto. Mira Fernando, nosotros nos hemos criado en un país de tradición cristiana milenaria y llevamos en la sangre el imperativo de amar al prójimo como a uno mismo. Sin embargo, para los japoneses el primer mandamiento es no molestar al prójimo. Y en eso con frecuencia nos dan lecciones a los cristianos. Además, estas inhibiciones se deben, en parte, porque al querer ayudar al prójimo hay el peligro en entrometerse indebidamente y causarle molestias. A esto se refiere quizá ese proverbio de que hay amores que matan. ... Pero no hay duda que con omisiones no basta. Lo que has presenciado es ciertamente lamentable, pero ¡para eso precisamente hemos venido al Japón!: a ayudarles con el cristianismo a elevar sus principios morales. Después de bastantes años, cuando ya vivía en Nagasaki, un profesor de medicina que había hecho estudios en Suiza, me invitó a comer con el profesor suizo que había dirigido sus investigaciones y que se encontraba de viaje por Japón con su mujer. Ésta era católica y su marido ateo. Nos contaron sus impresiones del Japón. Hacia el final de la comida el profesor le dijo a su mujer. Tu siempre intentas acercarme a la Iglesia Católica, pero fíjate en los japoneses. Casi todos son budista agnósticos, pero ¡qué lecciones dan a los católicos suizos! Y dirigiéndose a mí, prosiguió. En Tokio mi mujer se olvidó el bolso con los pasaportes y bastante dinero en un taxi, y a las pocas horas el taxista nos lo trajo al hotel. ¡Esto no habría ocurrido en Suiza! Y me peguntó. ¿Qué opina usted? Después de una pausa, le conté lo que presencié en el metro de Osaka. Me escuchó muy atento y, cambió de conversación. En estos últimos años he podido observar en los japoneses más iniciativa para ayudar al prójimo. También han creado muchas organizaciones de voluntariado que están haciendo mucho bien dentro y fuera del país. Pero no cabe duda que la evangelización potenciará aún más este amor al prójimo.
En el primer verano en Japón, 1959, el arzobispo de Osaka, Mons. Taguchi, me pidió que acompañara al P. Yasuda más tarde arzobispo de Osaka a la Asamblea Nacional de la Federación de Estudiantes Católicos, que ese año tuvo lugar en Yokohama. Esta Federación fue disuelta por la Conferencia Episcopal en 1970 por razones que pienso explicar, pero entonces tenía gran vitalidad. En las vacaciones de primavera había convenciones diocesanas, y en el verano asamblea nacional. En agosto de 1959 se reunieron cientos de universitarios durante tres días en Yokohama. Para mí fueron de gran interés las reuniones de capellanes que se celebraban al mediodía. Todos aquellos sacerdotes me recibieron con auténtica cordialidad fraterna, y el P. Sawada me explicaba en inglés los temas que trataron. Por aquellos años, en muchas universidades había un Club Católico, con reuniones semanales en las que los universitarios estudiaban la Biblia y rudimentos de teología. Cuando me fui a vivir a Kyoto asistí a estas reuniones en dos universidades, fui con ellos de excursión y les celebré la Misa. Con ocasión del Vaticano II, noté que algunos estudiantes decían cosas que se pasaban de la ortodoxia. Se lo advertí pero no me hicieron mucho caso. Y lo que es peor, el ambiente se fue politizando, porque se dejaron influir por las corrientes marxistas tan extendidas entre los estudiantes en aquella época. Con ocasión de la ratificación del tratado con los Estados Unidos, copiando los revuelos de los estudiantes de París, estallaron revueltas violentas en casi todas las universidades. En una refriega sangrienta con la policía en Tokio apareció en los periódicos y en la televisión la bandera de los estudiantes católicos de Tokio. Pocos días después la Conferencia Episcopal disolvía la Federación de Estudiantes Católicos. En 1969 la Universidad Nacional de Tokio suprimió, por primera vez en su historia, los exámenes de ingreso. Muchos universitarios de Tokio optaron por la Universidad de Kyoto. Varios chicos católicos de Tokio entraron como residentes en Yoshida Student Center. En este centro, además de la residencia teníamos dos aulas para clases de inglés. Como consecuencia de las refriegas en el campus, algunos estudiantes aparecían con la cabeza vendada. El edificio donde el profesor de filosofía Akira Yamada tenía el despacho fue ocupado por los estudiantes más extremistas, y éste tuvo que interrumpir sus estudios sobre San Agustín y Santo Tomás. El Prof. Yamada, viudo y sin hijos, después de asistir diariamente a Misa de 6 se pasaba todo el día en su amplio despacho rodeado de libros y ficheros. En aquel despacho escribió varios libros que se siguen reeditando. Allí le visité varias veces y tuvimos conversaciones muy sabrosas. Pero los estudiantes más extremistas ocuparon el edificio donde trabajaba. Sin su despacho, el Prof. Yamada estaba como pez fuera del agua. Esta ocasión la aprovechó su párroco para que diera una serie de conferencias. Por no disponer de material de referencia resultaron más informales y amenas. Gracias a Dios las grabaron y, puestas por escrito, se convirtieron en su libro más vendido: Coloquios sobre San Agustín. |