El lápiz de Dios
Ignacio Uría
Definición de sí misma

        Pocas cosas son más humildes que un lápiz. Cuestan muy poco y apenas les damos valor. Si no están bien afilados, enseguida los abandonamos por cualquier rincón. Si los perdemos, no dedicamos ni un segundo a buscarlos. Sin embargo, los arquitectos los aprecian mucho. Al menos lo hacían antes de que sus estudios fuesen invadidos por el AutoCad, ese frío y preciso programa informático con el que ahora dibujan.

        También algunos pintores han entrado en la inmortalidad con sus lápices. El silencioso Durero, por ejemplo, o Leonardo y sus bocetos o Goya con sus estampas de toros. Ahora bien, el arquitecto más revolucionario, el maestro del lápiz, es, sin duda alguna, Dios. Lo que ocurre es que para pintar sus obras necesita un instrumento dócil.

        Así le gustaba definirse a Madre Teresa. Como el lápiz de Dios. "Un trozo de lápiz con el que Él escribe lo que quiere". Ni siquiera un lápiz completo. Apenas un trozo pequeño y ridículo. La nada de la nada… salvo que lo coja en sus manos un verdadero artista.

El amor y su falta

        Anda estos días por los cines una película italiana titulada "Teresa de Calcuta". Como la santa hindú, la cinta pasa con discreción por la cartelera. No goza, ¡lástima!, de la propaganda de películas de ciencia-ficción -como esa de los vaqueros enamorados-. Sin embargo, al finalizar la proyección, uno sale reconfortado y con la íntima certeza de que puede hacer algo más por los demás. Que no es poco.

        La historia comienza a finales de los años cuarenta. En Calcuta, claro. La Calcuta de las castas, del fin del dominio británico y también del terremoto interior que llevó a Madre Teresa a vestir el sari blanco y azulón. Hábito con el que entró en el mundo de los pobres y del que no salió nunca más. La película cuenta las dificultades por las que pasó, las tentaciones de abandonar, su cabezonería sin límite. La realidad que presenta es dura y, en ocasiones, contradictoria. Pero, en fin, así es la vida, una tensa cuerda floja en la que ser coherente supone ser despreciado, cosa que a ella le importaba poco. "El verdadero desprecio" decía "es la falta de amor y caridad, el terrible pecado de ignorar al que vive nuestro lado, asediado por la explotación, la pobreza y la enfermedad".

No fue fácil y valió la pena

        La pequeña y arrugada albanesa no se detenía ante nada porque su paso era el paso de Dios. Sin doblez, era la misma en los arrabales de la India que en los salones de Estocolmo, donde le entregaron el Nobel de la Paz. Madre Teresa sólo buscaba la voluntad divina y la encontraba poniéndose a la escucha cada día, ya fuese en la oración o cocinando arroz, en la misa cotidiana o limpiando llagas.

        Sin embargo, lo asombroso de esta santa gigante fue que, oculta a todas las miradas, oculta incluso a los más cercanos, su vida interior estuvo marcada el profundo y constante sentimiento de sentirse rechazada por Dios. Ella misma llamó "oscuridad" a esa experiencia interior. Una dolorosa noche del alma que comenzó a la vez que su misión con los más miserables y que continuó hasta el final de su vida. En el camino se quedaron incomprensiones, éxitos y deslealtades, premios, escándalos más o menos reales, amigos fieles y, sobre todo, la íntima sensación de haber sido un lápiz, un menudo y dócil carboncillo en manos de Dios.

        Por eso su ejemplo vale más que mil sermones. Por eso, si puede, guarde en su monedero cinco euros y acérquese al cine a ver "Teresa de Calcuta". Ella se los devolverá con intereses millonarios.