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| Profesional del crimen | Mehmet Alí Agca recupera la libertad. Nunca sabremos cuáles fueron las desquiciadas razones íntimas que lo impulsaron a tirotear, aquel 13 de mayo de 1981, a Juan Pablo II; sí sabemos, en cambio, que, como Lee Harvey Oswald y tantos otros ejecutores pánfilos de designios que ni siquiera llegaron a vislumbrar, Alí Agca era en realidad un hombre de paja al servicio de fuerzas tenebrosas. La prensa lo presentó en su día como un fanático religioso; pero lo cierto es que su biografía no registra episodios de devoción islámica. Por lo demás, ¿cómo un simple fanático sin recursos económicos se las habría arreglado para viajar con pasaportes falsos e identidades apócrifas por los parajes más diversos del atlas (Irán, Bulgaria, Alemania, Suiza, Austria, Túnez, España y la URSS fueron algunas de las escalas de su itinerario prófugo), después de asesinar en febrero de 1979 al director del diario turco Milliyet y escapar de una prisión de máxima seguridad disfrazado de soldado? | |
| Bulgaria y misterio | Su primera reacción cuando fue aprehendido en Roma fue de perplejidad; como Oswald, quizá pensaba ilusamente que quienes le habían ordenado disparar habrían dispuesto su plan de huida. Unos meses más tarde, cuando el juez Santipiachi lo condenó a cadena perpetua, Alí Agca renunció a ejercer su derecho a la apelación. ¿No pensaría, el pobre diablo, que los mismos que lo habían liberado en Estambul actuarían también en Roma? La sentencia del juez Santipiachi, por cierto, consideraba demostrado que Alí Agca no había actuado solo, sino que había ejecutado "con frialdad casi burocrática una tarea que le había sido confiada por otras personas, dentro de una conspiración oscurecida por el odio", si bien reconocía que no había sido posible "desvelar la identidad ni probar los motivos de los conspiradores". Durante el juicio, Alí Agca reconoció haber adquirido la pistola con la que había atentado contra el Papa en Bulgaria; también que, durante su breve estancia en Roma, había mantenido contacto con funcionarios búlgaros. Dada la férrea sumisión que la Unión Soviética imponía a los países satélites del Pacto de Varsovia, resulta inverosímil pensar que un funcionario búlgaro pudiera actuar en asuntos tan delicados sin la anuencia de Moscú. | |
Lo que en realidad sucede |
Desde su primera visita a Polonia, en el verano de 1979, la prensa soviética
se había encargado de señalar a Juan Pablo II como "un
enemigo ideológico astuto y sumamente peligroso". El pueblo
polaco, reducido a la más cabizbaja esclavitud, había
hallado en la figura blanca y robusta de Wojtyla el emblema de una nueva
era. El comunismo, esa burocracia de la muerte, se había topado,
en la figura de Juan Pablo II, con un enemigo mucho más acérrimo
que las divisiones militares. Naturalmente, los burócratas de
la muerte se revolvieron con furia contra la amenaza vaticana: el KGB
de Yuri Andropov urdió a buen seguro la conspiración;
y los servicios de inteligencia búlgaros se habrían encargado
de atraer al testaferro turco. Pero las balas no pudieron con el Espíritu.
La noche anterior al atentado, en su oración de completas, Juan Pablo II leyó un versículo de la primera epístola de San Pedro: "Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar". Ya sabíamos, por el Deuteronomio, que el nombre del Diablo es legión; aquella tarde del 13 de mayo de 1981 supimos también que la legión infernal no podría vencer jamás al Espíritu. El Papa Wojtyla viviría para celebrar el naufragio de una ideología que seguramente hoy seguiría apacentando sombras de no haber mediado su intervención. Aquella pregunta jocosa de Stalin ("¿Cuántas legiones tiene el Papa?") había obtenido al fin respuesta. En el infierno se escuchó su rugido de león agonizante. | |
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