El laicismo, o como conseguir
una sociedad sin Dios

El laicismo del que tanto se nos habla últimamente no es una teoría intelectual nueva ni neutra: ya desde el Renacimiento se pretende imponer. El argumento de fondo que maneja es que el hombre es autosuficiente para gobernarse, y no necesita de nadie, ni de Dios, ni para conocerse a sí mismo ni para saber qué es la sociedad. Por lo tanto, siguiendo este razonamiento, no tiene sentido que el hombre tenga o manifieste creencias, porque la sociedad se basta a sí misma.
Isidoro Cobo Moreno
Pero al pensar –claro– las cosas no cuadran

        Ergo, prescindimos de Dios, y lo sustituimos por la diosa razón, o por el dios progreso, cultura o bienestar. Peligrosísimo reduccionismo del hombre, su vida y la sociedad, tanto más cuanto que cada uno se va conociendo a sí mismo, y nos damos cuenta de las limitaciones que tenemos tanto a nivel individual como social.

        Echar a Dios de nuestras vidas y de nuestra sociedad supone que tenemos que reinterpretarlo todo de nuevo y de distinta manera, porque está claro que somos seres intelectuales, y a las cosas hay que darles explicación. Y cuando nos dejamos llevar sólo de nuestro propio conocimiento, de mi yo en grado absoluto al que acompañan sesgos de conocimiento y de afectividad, y visceralidades diversas, las interpretaciones que obtenemos de lo que es el hombre y la sociedad son muy curiosas.

        Además, la postura de la autosuficiencia del hombre que no tiene necesidad de Dios choca contra los sentimientos más profundos que tenemos la mayor parte de personas, independientemente de su credo religioso concreto.
Dios existe, pero no como un concepto necesario inventado por el hombre, sino como una realidad auténtica que da sentido a la propia vida y a la sociedad. Pretender reducirlo al ámbito de la propia conciencia individual es algo así como poner un potente foco en el interior más profundo de una cueva, sin dejar que ilumine la noche tenebrosa y le indique a los caminantes por dónde deben ir para llegar a sus casas, o a los navegantes dónde se encuentran las rocas que deben evitar para no encallar.

La pretendida "ventaja" de sin Dios         Pero, si aceptaramos el laicismo, los ciudadanos seríamos más iguales, más manejables, y se podría hacer con nosotros más fácilmente lo que se quiera, porque no tendríamos los mecanismos interiores críticos que reclamen nuestros derechos y que desarrollen nuestros deberes, porque no sabríamos qué somos ni qué se espera de nosotros a nivel personal y social, tanto desde una concepción existencial como trascendente. Porque esos 'ciudadanos iguales' van a reclamar sólo los derechos que previamente se les han adjudicado, y no los que les corresponden por ser personas.

        No se trata de que los curas manden en la sociedad civil, porque ésta tiene su propia y legítima autonomía, y quienes tenemos que gobernar la sociedad somos los ciudadanos y no la estructura eclesiástica de la Iglesia Católica. Pero para ello tenemos que estar correctamente formados respecto a qué somos, qué es el bien común y cuáles son los medios lícitos para obtenerlo.
El laicismo es una opción filosófica que no se puede imponer impunemente a una sociedad democrática, presentándola como el prototipo de la modernidad y del progresismo, y que lo contrario es algo arcaico y caduco. Insisto, no es algo nuevo, y desde luego, como todo en la vida, no es neutro porque supone ya una opción vital.

        Me parece que todos queremos vivir de acuerdo con lo que somos, tanto a nivel individual como social. Por lo tanto, gobernar pensando en los mitos utópicos del avance sin límites de la ciencia, la cultura o la economía como supremos valores sociales, al margen y por encima de los auténticos valores humanos que todos sentimos y apreciamos, es una apuesta arriesgada para una sociedad que puede dejar de ser lo que es, perdiendo su identidad, y a la que se va a despojar de lo que más necesita: humanidad.