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| Pero al pensar claro las cosas no cuadran |
Ergo, prescindimos de Dios, y lo sustituimos por la diosa razón, o por el dios progreso, cultura o bienestar. Peligrosísimo reduccionismo del hombre, su vida y la sociedad, tanto más cuanto que cada uno se va conociendo a sí mismo, y nos damos cuenta de las limitaciones que tenemos tanto a nivel individual como social. Echar a Dios de nuestras vidas y de nuestra sociedad supone que tenemos que reinterpretarlo todo de nuevo y de distinta manera, porque está claro que somos seres intelectuales, y a las cosas hay que darles explicación. Y cuando nos dejamos llevar sólo de nuestro propio conocimiento, de mi yo en grado absoluto al que acompañan sesgos de conocimiento y de afectividad, y visceralidades diversas, las interpretaciones que obtenemos de lo que es el hombre y la sociedad son muy curiosas. Además,
la postura de la autosuficiencia del hombre que no tiene necesidad
de Dios choca contra los sentimientos más profundos que tenemos
la mayor parte de personas, independientemente de su credo religioso
concreto. | |
| La pretendida "ventaja" de sin Dios | Pero,
si aceptaramos el laicismo, los ciudadanos seríamos más
iguales, más manejables, y se podría hacer con nosotros
más fácilmente lo que se quiera, porque no tendríamos
los mecanismos interiores críticos que reclamen nuestros derechos
y que desarrollen nuestros deberes, porque no sabríamos qué
somos ni qué se espera de nosotros a nivel personal y social,
tanto desde una concepción existencial como trascendente. Porque
esos 'ciudadanos iguales' van a reclamar sólo los derechos que
previamente se les han adjudicado, y no los que les corresponden por
ser personas.
No se trata de
que los curas manden en la sociedad civil, porque ésta tiene
su propia y legítima autonomía, y quienes tenemos que
gobernar la sociedad somos los ciudadanos y no la estructura eclesiástica
de la Iglesia Católica. Pero para ello tenemos que estar correctamente
formados respecto a qué somos, qué es el bien común
y cuáles son los medios lícitos para obtenerlo. Me parece que todos queremos vivir de acuerdo con lo que somos, tanto a nivel individual como social. Por lo tanto, gobernar pensando en los mitos utópicos del avance sin límites de la ciencia, la cultura o la economía como supremos valores sociales, al margen y por encima de los auténticos valores humanos que todos sentimos y apreciamos, es una apuesta arriesgada para una sociedad que puede dejar de ser lo que es, perdiendo su identidad, y a la que se va a despojar de lo que más necesita: humanidad. | |
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