Señor de los políticos
José Ramón Ayllón
Es más de lo mismo

        Parece que los políticos y novelistas de moda se han puesto de acuerdo para escupir sobre el cristianismo. Parece que el pensamiento único quiere dar una vuelta de tuerca y barrer la presencia cristiana de la vida europea. En realidad, esos políticos y escritores repiten la ingenuidad de Herodes, y me temo que tropezarán en la misma piedra, como ya tropezaron sus ilustrados padres. Paul Hazard nos dice que el Siglo de las Luces fue crítico hasta la extenuación, y que el centro de su crítica tenía un nombre propio: Jesucristo. Mucho más que una reforma, querían abolir la Cruz, eliminar la posibilidad de una comunicación entre Dios y el hombre.

        Hazard lo explica en ese libro extraordinario que es El pensamiento europeo en el siglo XVIII, en una primera parte que titula El proceso al cristianismo. Podríamos pensar que exagera si no viéramos lo que estamos viendo, y si Julián Marías no hubiera dicho lo mismo en La perspectiva cristiana, otro lucidísimo ensayo que cobra ahora más actualidad que nunca. Desde que existe el cristianismo –explica nuestro pensador–, el ser humano se ha podido ver de una manera nueva. En primer lugar, creado. En segundo lugar, libre. Y, además, imagen de Dios y amado por Él para siempre, de manera que seguirá viviendo después de la muerte corporal y biológica. Todo ello representa una radical novedad, una innovación histórica de una magnitud incomparable con cualquier otra. Sin embargo, "se puede hablar de un proceso de descristianización en varias etapas, realizado por distintos equipos que se han ido relevando, con extraña continuidad, desde el siglo XVIII".

A precio de negar la evidencia         Por sí algún novelista desea tomar nota, un Dostoyevski ateo dispuso de media docena de años para pensar, preso en Siberia, sobre la vida humana y su sentido. Fruto de esa experiencia es Memorias de la casa muerta, un magnífico relato que inaugura el género de las memorias de presidio. Pero Dostoyevski vivió en Siberia una experiencia mucho más intensa que la carcelaria. Pudo leer el Nuevo Testamento, y en esas páginas descubrió que "nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero, además –y lo digo con un amor entusiasta–, no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, yo preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad".

        En este asunto, el problema de nuestros políticos es que se ven obligados a negar la evidencia, pues está claro que la Historia no ha sido dividida por Julio César o Pendes, ni por Picasso o Fidel Castro. sino por Jesucristo. Y que su autoridad es radical e inaudita: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Hegel y Nietzsche –que no son curas ni profesores de Religión– afirman que la realidad histórica de Jesucristo ha hecho violencia a la Historia hasta convertirse en su quicio, hasta cambiar su derrotero de forma irreversible. Hoy, mientras releo a Hopkins, tan querido y tan bien traducido por Dámaso Alonso, me llaman la atención los títulos y piropos que dedica al Dios encarnado: Orgullo, Rosa, Príncipe, Héroe nuestro, Amor del corazón, Señor de las mareas, del antiguo diluvio, del año que termina ... Y no me cabe duda de que es también Señor de los políticos.